martes, 10 de enero de 2017

El románico mudéjar de Arévalo


Abandonamos provisionalmente la capital avulense, ese corazón de misterio y piedra berroqueña dorada con infinita paciencia por siglos de sol, como diría Unamuno, pero a la que no obstante habremos de tornar en breve para continuar solazándonos con sus numerosas joyas culturales, para visitar, no muy lejos de allí, otra histórica urbe monumental, acaparadora, cuando no capitalizadora, de un esplendoroso patrimonio que, aunando la técnica cristiana con el arte islámico -prefiero expresarlo así, y no como se afirma generalmente, de arquitectura islámica cristianizada-, ofrece, cuando menos, un grato soplo de aire fresco en contraposición, quizás, a la, en ocasiones, cansina saturación de la ornamentación inherente a la piedra: Arévalo y su románico mudéjar. Un románico que, lejos de resultar soso o aburrido, ofrece, en contrapartida, una elegancia soberana, basada, a priori, en su aparente sencillez. Una sencillez, desde luego, engañosa, en cuya austeridad los alarifes, hablando con arco y tiralínea, conservaron, en estado puro, los grandes principios de la geometría sagrada. Aun en muchos casos horriblemente modificadas, se podría decir que el grueso de los templos de Arévalo, conserva buena parte de esa fuerza medieval que aunaba la misoginia cristiana, con el exótico refinamiento musulmán; luz y sombra; Oriente y Occidente. Y lo que resulta todavía más atractivo: son, además, arcas depositarias de un tesoro artístico insospechado y desde luego, inconmensurable, que merece la pena descubrir. Sobre todo ahora, que, mediante una encomiable política aperturista, sus principales templos se abren al público. Bienvenidos, pues, al románico mudéjar de Arévalo.

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