lunes, 24 de abril de 2017

La Lugareja de Arévalo


No podía faltar en este blog, una referencia a la que quizás sea, después de todo y en referencia a la práctica totalidad del conjunto castellano-leonés, la joya de la corona, por excelencia, del románico mudéjar: aquélla, que emplazada en las afueras de Arévalo, es conocida popularmente como La Lugareja. En efecto, situada aproximadamente a dos kilómetros de Arévalo, tomando la carretera comarcal que desde el mismo centro de Arévalo se dirige hacia Palacios Rubios, La Lugareja es la parte afortunada –si tal comparación es posible-, de un monumental poema de magia artístico-geométrica, que ha sobrevivido hasta nuestros días, sin duda para hacernos meditar, con el sabor amargo que tiene siempre la nostalgia, en todo aquello cuanto se ha perdido, arrastrado por ese violento cierzo destructor que se llevó de un zarpazo buena parte de la hermosura de un pasado al que el poeta francés François Villon denominaba, entre hipos y suspiros, las nieves de antaño. Sus orígenes, si bien inciertos, nos invitan a remontarnos, desde su imperioso silencio, a un imaginario viaje en el tiempo, para situarnos en un siglo, el XII, en el que, aun consolidados los fundamentos del monacato Benito, hubo órdenes, no obstante, que probablemente tomando como ejemplo a los andariegos monjes irlandeses, abandonaban su centro primordial, para ir ampliando su influencia en círculos cada vez más extensos, de un modo similar a como los antiguos pueblos megalíticos lo hacían, documentando su camino con los laberintos y las espirales que grababan en las rocas. Tal sería el caso, por ejemplo, de la Orden del Císter, que, si bien se sabe que no fueron los fundadores, parece ser, sin embargo, que se establecieron aquí, cuando menos en el año 1240, existiendo documentación, por demás señas, que avala, con anterioridad a ella, la presencia de canónigos regulares, detalle que puede haber inducido la sospecha de que entre sus constructores y primeros moradores figurara la siempre apasionante pero a la vez polémica Orden del Temple. Fuera o no éste el caso –no siendo tampoco éste el momento y lugar para debatirlo-, sí hay constancia de que en la referida fecha de 1240, estaba establecida aquí, en este monasterio de Santa María de Gómez Román, como se llama en realidad, una rama femenina de la Orden del Císter.

Declarada monumento histórico-artístico, con fecha 4 de junio de 1931 y enclavada dentro de una finca particular cuya visita está únicamente  restringida a los miércoles y en horario de 13,00 a 15,00 horas, aunque no posea de su antiguo esplendor monasterial, apenas poco más que una hermosa cabecera, en la que destacan sus tres ábsides, sí parece conservar, o cuando menos recordar, en parte de la estructura aneja, a las antiguas basílicas visigóticas, encontrándose, así mismo, ciertos detalles que inducirían a comparar, y por defecto a especular, con algunas enigmáticas estructuras que se localizan, generalmente, en los extraordinarios edificios del denominado arte o prerrománico asturiano,  las cuales responderían al nombre de capillas de San Miguel, habitáculos sin acceso, el objeto de cuyo sentido y utilidad, levantó en el pasado no pocos e interesantes debates, estando relacionados, quizás, con la antigua costumbre de abrir una abertura en el tejado de los hogares para la salida del alma del difunto, siendo un probable precedente, así mismo, de las denominadas linternas de los muertos, que se localizan en determinadas ermitas funerarias, como son la de Santa María de Eunate y el Santo Sepulcro, situadas en Navarra y Logroño respectivamente. Hipótesis más o menos fascinantes aparte, merece la pena fijarse en las tallas de las ménsulas que decoran el cimborrio, en las que se aprecian cabezas humanas y fantásticas brotando de flores a modo de corolas. Es, precisamente un poco por encima de este cimborrio, situado en el ábside principal, donde se aprecia una pequeña ventana que induce la sospecha de poder ser, en el fondo, esa capilla de San Miguel a la que se hacía referencia. Como único mobiliario, mencionar un pequeño retablo barroco, en el que se aprecia, entre otra imaginería, una alegoría de la Virgen y San Bernardo.

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