martes, 3 de enero de 2017

Ávila: la catedral de San Salvador


'Viendo a Ávila se comprende cómo y de dónde se le ocurrió a Santa Teresa su imagen del castillo interior y de las moradas y del diamante. Porque Ávila es un diamante de piedra berroqueña dorada por soles de siglos y por siglos de soles...'.
[Miguel de Unamuno (1)]

No cabe duda de que la catedral de Ávila, constituye una de las más singulares edificaciones en su género, pues no sólo se proyectó como templo, sino también como fortaleza, siendo, además, impreciso el momento de su edificación, si bien la tendencia general tiende a situarlo en el siglo XII, coincidiendo con la repoblación llevada a cabo en tiempos del rey Alfonso VI de León. Imprecisa, también, es la atribución al Magister Muri que intervino en su primera fase y por lo tanto, la más antigua –se baraja la hipótesis de que ésta se levantara sobre los arruinados cimientos de la antigua iglesia del Salvador, tal vez de ahí su advocación-, aunque se baraja el nombre de Fruchel, oscuro arquitecto de probable origen franco, que pudo haber acompañado a las huestes de Raimundo de Borgoña, responsable, aparte de las órdenes militares, de la mencionada repoblación. Considerada como la primera catedral gótica de España, hay quien aprecia en ella muchas similitudes con la basílica de Saint-Denis, si bien ésta última carece de la magia y espectacularidad proporcionadas por esa genuina piedra berroqueña –dorada por soles de siglos y siglos de soles, como afirma Unamuno-, que la dan un aspecto, sobre todo en su interior, definitivamente sobrecogedor, en el sentido más amplio del término. Tal vez debido a ello, sea difícil sentir pereza espiritual –continuando con Unamuno, cuando hacía referencia al concepto platoniano de misología-, cuando se penetra en semejante lugar, ciertamente complejo y misterioso. Un lugar en el que, como en ese bosque sagrado y primigenio, boceto inconmensurable de cuya fuente se nutrió gran parte del sueño gótico, existen lugares sombríos, alejados de la luz diáfana que se filtra a través del vidrio de sus ventanales, pero de ramas apuntadas en dirección a ese Axis Mundi constituido por la girola central, compuesta de un doble deambulatorio, en recuerdo, quizás, de esos modelos orientales, basados en el Sepulchrum Domine de Jerusalén.

Además, como muchas otras catedrales, también ésta catedral cuenta con su pasaje secreto y es bastante más que posible que también aquí, en la capilla más cercana a la segunda entrada -quizá la de San Antolín-, se improvisaran en tiempos hospitales para la atención de los enfermos e incluso se celebraran, con gran ornamento, pompa y circunstancia, ese remedo carnavalesco medieval, simulacro pagano consentido, que era la Fiesta de los Locos. De lo que no cabe tampoco duda es de que, independientemente de la sugestiva magia inherente a un modelo de construcción cuyas columnas y arbotantes se tendían con desesperación hacia los cielos como hacían los brazos de los condenados en los piadosos petos de ánimas, la catedral de San Salvador se ha convertido, a la vez, en arca depositaria de una importante y maravillosa colección de Arte, de diferentes épocas y estilos pero en la que, no obstante, el buscador de singularidades no sólo disfrutará con la belleza inherente a todo aquello cuanto ven sus ojos, sino que, una vez centrada su atención, no tardará en advertir los numerosos arquetipos, gazapos y enigmas contenidos en unos objetos que, bien mirado, contienen algo más que beatas literalidades.

No faltan tampoco, esas sucintas presencias en el exterior, como los monumentales hombres-salvajes de la portada de poniente o esa porta speciosa, cargada de relevantes y neotestamentarios dimes y diretes, cuyo diálogo hay que ir desentrañando poco a poco o esa, por desgracia, incompleta composición de esqueleto y personaje femenino, que podría aludir -es sólo una especulación- a parte de esa Psicomaquia de Prudencio que algunos autores quieren ver también no sólo en la portada de Santiago de la iglesia de Cifuentes, en Guadalajara, sino además, en una curiosa y extraña alegoría contenida en la Portada de Platerías de la catedral de Santiago. Sea como sea, son tantos y tan variados los secretos y maravillas que contiene este inconmensurable pedazo de Historia que es la catedral de San Salvador, que no puedo por menos que, una vez dadas algunas pistas, recomendar una visita pausada a este glorioso laberinto de sutiles y antiguos misterios. 

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(1) Miguel de Unamuno: 'Andanzas y visiones españolas', Alianza Editorial, S.A., Madrid, 2006, página 288.