lunes, 24 de abril de 2017

La Lugareja de Arévalo


No podía faltar en este blog, una referencia a la que quizás sea, después de todo y en referencia a la práctica totalidad del conjunto castellano-leonés, la joya de la corona, por excelencia, del románico mudéjar: aquélla, que emplazada en las afueras de Arévalo, es conocida popularmente como La Lugareja. En efecto, situada aproximadamente a dos kilómetros de Arévalo, tomando la carretera comarcal que desde el mismo centro de Arévalo se dirige hacia Palacios Rubios, La Lugareja es la parte afortunada –si tal comparación es posible-, de un monumental poema de magia artístico-geométrica, que ha sobrevivido hasta nuestros días, sin duda para hacernos meditar, con el sabor amargo que tiene siempre la nostalgia, en todo aquello cuanto se ha perdido, arrastrado por ese violento cierzo destructor que se llevó de un zarpazo buena parte de la hermosura de un pasado al que el poeta francés François Villon denominaba, entre hipos y suspiros, las nieves de antaño. Sus orígenes, si bien inciertos, nos invitan a remontarnos, desde su imperioso silencio, a un imaginario viaje en el tiempo, para situarnos en un siglo, el XII, en el que, aun consolidados los fundamentos del monacato Benito, hubo órdenes, no obstante, que probablemente tomando como ejemplo a los andariegos monjes irlandeses, abandonaban su centro primordial, para ir ampliando su influencia en círculos cada vez más extensos, de un modo similar a como los antiguos pueblos megalíticos lo hacían, documentando su camino con los laberintos y las espirales que grababan en las rocas. Tal sería el caso, por ejemplo, de la Orden del Císter, que, si bien se sabe que no fueron los fundadores, parece ser, sin embargo, que se establecieron aquí, cuando menos en el año 1240, existiendo documentación, por demás señas, que avala, con anterioridad a ella, la presencia de canónigos regulares, detalle que puede haber inducido la sospecha de que entre sus constructores y primeros moradores figurara la siempre apasionante pero a la vez polémica Orden del Temple. Fuera o no éste el caso –no siendo tampoco éste el momento y lugar para debatirlo-, sí hay constancia de que en la referida fecha de 1240, estaba establecida aquí, en este monasterio de Santa María de Gómez Román, como se llama en realidad, una rama femenina de la Orden del Císter.

Declarada monumento histórico-artístico, con fecha 4 de junio de 1931 y enclavada dentro de una finca particular cuya visita está únicamente  restringida a los miércoles y en horario de 13,00 a 15,00 horas, aunque no posea de su antiguo esplendor monasterial, apenas poco más que una hermosa cabecera, en la que destacan sus tres ábsides, sí parece conservar, o cuando menos recordar, en parte de la estructura aneja, a las antiguas basílicas visigóticas, encontrándose, así mismo, ciertos detalles que inducirían a comparar, y por defecto a especular, con algunas enigmáticas estructuras que se localizan, generalmente, en los extraordinarios edificios del denominado arte o prerrománico asturiano,  las cuales responderían al nombre de capillas de San Miguel, habitáculos sin acceso, el objeto de cuyo sentido y utilidad, levantó en el pasado no pocos e interesantes debates, estando relacionados, quizás, con la antigua costumbre de abrir una abertura en el tejado de los hogares para la salida del alma del difunto, siendo un probable precedente, así mismo, de las denominadas linternas de los muertos, que se localizan en determinadas ermitas funerarias, como son la de Santa María de Eunate y el Santo Sepulcro, situadas en Navarra y Logroño respectivamente. Hipótesis más o menos fascinantes aparte, merece la pena fijarse en las tallas de las ménsulas que decoran el cimborrio, en las que se aprecian cabezas humanas y fantásticas brotando de flores a modo de corolas. Es, precisamente un poco por encima de este cimborrio, situado en el ábside principal, donde se aprecia una pequeña ventana que induce la sospecha de poder ser, en el fondo, esa capilla de San Miguel a la que se hacía referencia. Como único mobiliario, mencionar un pequeño retablo barroco, en el que se aprecia, entre otra imaginería, una alegoría de la Virgen y San Bernardo.


martes, 4 de abril de 2017

Sueño mudéjar de una mañana de invierno


Escarcha en las manos y cielos que al amanecer se convierten en pétalos de rosa; piedra y ladrillo que se transmutan en ocres filosofales al ser alcanzados por los primeros rayos del sol; sutileza y elegancia; sencillez, silencio y olvido: la herencia mudéjar de la Vieja Castilla.


viernes, 24 de febrero de 2017

Arévalo: iglesia de Santo Domingo de Silos


‘Notable obra, que se atribuye, aunque sin confirmar, a Pedro de Salamanca (bastante activo en Arévalo, por lo que se ve), es el Cristo ‘verde’ al que acompaña una Dolorosa. No sólo se puede especular con ese necrófilo realismo del cuerpo muerto, que realmente impresiona, sino también con el detalle de que ese color, el verde, suele estar asociado con la figura de la Diosa. Recordemos al respecto, que a las antiguas Maters se las encendían velas precisamente de ese color. Se encuentra situado en uno de los retablos laterales de la iglesia de Santo Domingo de Silos, en Arévalo. Templo visitable, por cierto, y donde se recomienda proveerse de monedas de 50 céntimos para iluminar parte de la nave y los retablos’.
[Cuaderno de Notas del Caminante, Arévalo, 28 de diciembre de 2016]

Situada a escasos metros de la iglesia del Salvador, pero en el fondo, como aquélla, lamentablemente muy reformada, no es de extrañar que en lo referente a ésta iglesia de Santo Domingo de Silos, llamé más la atención la delicada, magnífica y a la vez estremecedora obra atribuida a Pedro de Salamanca –bastante activo, según parece, tanto aquí en Arévalo como en la capital avulense-, que se puede apreciar en uno de los retablos de la nave principal. Inerme y descansando en decúbito supino sobre una roca –cual cordero expiatorio en el altar de sacrificio-, el aspecto cadavérico, resaltado por ese color verdoso que preludia el comienzo del proceso de descomposición, mella el alma con la angustia de la mortalidad. Frente a ese lamentable signo de humana decadencia, enfrentados a esa omega al parecer sin parangón, resulta difícil no preguntarse qué motivó la decisión del artista de sustraer, o cuando menos contrarrestar, el sentido divino de una personalidad, que si bien algunos, como Ortega y Gasset dudaban de su existencia, amparándose en el acusador silencio de los historiadores de la época, reconociendo, no obstante sin tapujos, la grandeza insuperable del mito de Cristo. Hasta tal punto de que, fueran suyas las palabras o no, pero siguiendo parte de sus tomasianas reflexiones, con posterioridad se llegara a afirmar aquello de que la Iglesia sabe lo suficiente de Cristo, como para protegerse de Cristo. Lejos, pues, queda la idea -contemplando ese cuerpo que está a punto de comenzar el proceso de descomposición para convertirse en materia prima apenas se devuelva al atanor de la madre tierra-, de la visión solemne y divina, de aquél otro que, según los Evangelios, caminaba sobre las aguas; multiplicaba los peces; convertía el agua en vino; curaba enfermos y decía, entre otras muchas muestras de sabiduría, aquello de: transformaos de piedras muertas en piedras vivas. Ésta obra, por cierto y como dato curioso añadido, volvemos a encontrarla representada en la vidriera que se levanta por encima del coro, aunque, evidentemente, perdido todo el dramático realismo de la escultura de Pedro de Salamanca. 

Otras obras interesantes, contenidas en esos continentes de impenetrable follaje que son, general y comparativamente hablando, los retablos barrocos, serían un San Antón, de espaldas al mundo –metafóricamente hablando- y con la vista perdida en las inmensidades cabalísticas del libro que mantiene abierto en su mano; un San Isidro, que permanece en postura militar, manteniendo la azada en vertical con su pierna derecha y la mano izquierda a la altura del corazón, como aprestándose a cumplir la orden de roturar la tierra, trabajo que, según la tradición, ángeles y bueyes hacían por él; un San Roque, vestido de peregrino; una curiosa representación arabizante de San José con el Niño y dos interesantes óleos, representativos de la Virgen con Niño y San Bernardo y de una santa, recostada, portadora de un libro cerrado, y por lo tanto, hermético y una cruz patriarcal en la mano, que pudiera ser una alusión a Santa Casilda, puesto que de tal manera está también representada en su Santuario de La Bureba.

Del románico-mudéjar original, aunque muy modificada, sobreviven el ábside, parte de la nave y la torre, en cuya cúspide se localiza una imagen del Sagrado Corazón de Jesús


lunes, 20 de febrero de 2017

Arévalo: iglesia de San Martín


'Situada en la Plaza de la Villa, a escasos metros de la iglesia de Santa María la Mayor. Enfrente, hay una curiosa fuente, gótica y de planta octogonal, conocida como la Fuente de los Cuatro Caños, muy similar a la que se puede apreciar, así mismo, en los jardines del convento de San Antonio, en La Cabrera. Por detrás de la iglesia discurre la carretera del cementerio. No es visitable. Sin embargo, exteriormente, tiene sus singularidades: dispone de dos espléndidas torres y, por su galería porticada, donde todavía sobreviven algunos capiteles románicos, se podría considerar un híbrido de la piedra y el ladrillo. Aunque muy desgastados, algunos de esos capiteles podrían compararse con el vecino románico segoviano, donde se pueden citar, como ejemplo, los chivos afrontados, elaborados con un estilo muy similar al desplegado por los canteros que levantaron la iglesia de la Asunción, en Duratón, Sepúlveda. Siguiendo esa calle (Ignacio de Loyola), está la iglesia en ruinas y actualmente en rehabilitación, de San Nicolás, que fue de los jesuitas hasta su expulsión. Un poco más adelante, un espléndido mirador sobre la ribera del río Adaja'.
[Cuaderno de Notas del Caminante, Arévalo, 5 de diciembre de 2016]

Llama la atención, sobre todo, por esas dos magníficas torres que la confieren, comparativa y metafóricamente hablando, el aspecto de un bóvido hincado de rodillas en el burladero de una plaza, la de la Villa, donde comparte siglos de humillado silencio, junto a la elegante estampa de la iglesia de Santa María la Mayor. Es San Martín, no obstante, un curioso híbrido; un minotauro concebido por mediación de un inesperado pacto, en el que rudos canteros cristianos y hábiles alarifes musulmanes diríase que se pusieron de acuerdo para levantar un cubículo sacro que recogiera sin tapujos las maestrías de unos y otros. De ahí que nos sorprenda contemplar la piedra reducida a la máxima expresión estética, vegetando con igual melancolía con el barro dorado al sol, pero curtidos ambos con el sudor de frentes predestinadas a entenderse. Cierto es, además, que de esa galería porticada que caracteriza y embellece parte de la nave del lado sur, y a pesar de no conservar todos sus capiteles originales y los pocos que restan, no encontrarse en el mejor de los estados de conservación, un vistazo, sin embargo, trae a la memoria –o a la imaginación, si se prefiere-, el recuerdo de esas hordas de canteros que animados por el empuje impetuoso de una Reconquista que avanzaba a costa de grandes sacrificios, animada por el grito de Santiago y cierra España, abandonaron parte de su fatigosa itinerancia, para establecerse al amparo de las nuevas oportunidades que ofrecían villas y burgos en prometedora expansión. Puede que los canteros que elaboraron estos capiteles, de hecho familiares y donde los chivos afrontados desafiándose entre lianas puedan ser una buena pista –o esos otros, que parecen representar asnos tocando el arpa, tema que se localiza en el buque insignia del románico palentino, como es San Martín de Frómista-, fueran o vinieran, dejaran constancia o laboraran en Segovia; quizás, apurando un poco más, de los espléndidos talleres sepulvedanos que con su arte y su labor limaran las asperezas de los rudos eremitorios a la vera del Duratón y sus desérticas hoces.

Incomprensiblemente, la iglesia de San Martín no forma parte del circuito de iglesias visitables. En sus inmediaciones, se asientan los cimientos, actualmente en rehabilitación, de la iglesia de San Nicolás, que fuera de los jesuitas hasta su expulsión.


martes, 14 de febrero de 2017

Arévalo: iglesia de Santa María la Mayor


'Impresionantes las pinturas románicas de la cabecera, en las que domina un espectacular Pantocrátor, con multitud de interesantes detalles, entre los que destaca, quizás y para la especulación, esa cruz roja, tipo patado que se aprecia sobre la bola (¿representativa de los tres continentes conocidos en el siglo XII, como dicen los guías, fecha de las pinturas o por el contrario, alusión a los ríos del Paraíso, aunque éstos serían cuatro?. ¿Una referencia al Arca de Noé, como supone el Magister Alkaest?). El artesonado mudéjar, del siglo XVI, también es una obra de arte. Hay una curiosa pieza de piedra arenisca y dibujo lobulado que se encontraron durante la restauración. He especulado, por su parecido, que tal vez, en origen, fuera parte de un tímpano como esos de aquél Maestro desconocido, al que denomino Maestro de los Sansones, cuya obra se aprecia en iglesias de las cuatro comunidades gallegas. Sería demasiado fantástico, pero cabría esa posibilidad, si tenemos en cuenta que en la iglesia de San Juan hay una escultura atribuida al Maestro Mateo. Torre de la iglesia, rematada por una pequeña pirámide...'.
[Cuaderno de Notas del Caminante, Arévalo, 5 de diciembre de 2016]

Posiblemente sea esta iglesia de Santa María la Mayor, no sólo la mejor conservada, en conjunto, de todo el núcleo monumental de esta interesante urbe cultural que es Arévalo, sino también, la más elegante y quizás una de las que mayores enigmas plantee, en cuanto a las fascinantes artes plásticas que aún conserva en su interior y algunos otros detalles, de los que apenas se tiene constancia o referencia. Tal y como se apostillaba en la introducción, una vez superada esa fascinante imagen de equilibrio, sobriedad y elegancia que nos proporciona su planta –recordemos, que su parte oeste está unida a una de las puertas de la villa, cuyo camino más adelante, desemboca en ese hermoso y bien conservado castillo, entre cuyos huéspedes figura la reina Isabel la Católica-, no es de extrañar que el visitante que accede por primera vez al interior del templo, experimente una notable sensación de sorpresa y gozo cuando observa una auténtica reliquia plástica que sobresale como un lucero en su cabecera: un genuino Pantocrátor, cuya escuela o taller, posiblemente interviniera en parte de las delicias plásticas de unos territorios reconquistados que hoy en día conforman comunidades vecinas, como Valladolid, Salamanca y Segovia. Los restos que se vislumbran en los laterales, sin embargo, parecen corresponder a una época mucho más tardía, siendo, posiblemente, barrocos.

De esa corriente artística que pareció recorrer la Meseta castellana a lomos de la Reconquista, pudiera ser, así mismo, la curiosa y a la vez enigmática pirámide que corona la cima de la torre, objeto o elemento bastante corriente en los templos gallegos, tanto dentro como fuera de los senderos oficiales trazados por los diferentes caminos jacobeos que confluyen en Santiago. De esa, entre comillas posible conexión, y sin que se sepa exactamente qué era y en qué lugar concreto se localizaba, un curioso objeto de piedra arenisca que se encontró durante los últimos trabajos de restauración, invita, tentador, a la especulación. Por sus características y la forma lobulada de su diseño, pudiera haber sido, quizás, un tímpano, muy similar al marco en el que el anónimo Maestro de los Sansones –bautismo propio de un enigmático personaje-, dejó una impronta muy personal del sansoniano jinete de leones en los tímpanos de al menos siete templos repartidos por la cuatro comunidades gallegas, como el de Santiago de Silleda, en Pontevedra, muy cerca de la frontera con Orense o el de Santa María, en Taboada dos Freires, Lugo, templo éste, por cierto, asociado a la Orden del Temple.

Aunque de época mucho más tardía –siglos XVI ó XVII-, pero digno exponente de esa magia geométrica oriental desde cuyo centro irradia el auténtico lenguaje divino, que es la matemática, resulta el artesonado que remata el coro, comparable, en técnica y estilo, a aquellos que constituyeron el cielo de la Princesa de Éboli, en su cárcel del palacio de Pastrana y muy similar, por cierto, aunque salvando algunas diferencias, al que también se puede ver en la iglesia segoviana de Cozuelos de Fuentidueña.


lunes, 6 de febrero de 2017

Arévalo: iglesia de San Miguel


'Otra de las iglesias interesantes de Arévalo. En la fachada sur, por encima de la portada y muy cerca del tejaroz, dos óculos llaman la atención: el de la derecha está destrozado, pero el de la izquierda muestra una cruz patada. Se sitúa cerca del castillo y casi enfrente del llamado Arco de la Villa, por cuyo puente sobre el río Adaja y en un par de kilómetros se llega a la ermita de la Virgen del Camino, popularmente conocida como la Caminanta. Del interior de la iglesia de San Miguel, destaca el impresionante Retablo Mayor, atribuido a Marcos de Pinilla. En la parte superior, se aprecian escenas de la Pasión, incluyendo la presencia de las Marías, y una curiosa, espectacular María Magdalena en la escena de la Crucifixión, a los pies de la cruz. La parte central, está dedicada a San Miguel, su aparición y sus milagros en el monte Gargano. La parte inferior, reproduce santas, santos y apóstoles. La parte central, la ocupa una imagen de San Miguel'.
[Del Cuaderno de Notas del Caminante, Arévalo, 5 de diciembre de 2016]

Poco más, en realidad, se puede añadir, salvo resaltar el detalle de su imponente aspecto de iglesia-fortaleza, así como también el evidente asalto a su planta original con unas reformas, realizadas durante los siglos XVI y XVII, que le restan buena parte de su primitivo atractivo. De la obra atribuida a Marcos de Pinilla y como recomendación para todos aquellos que sientan pasión por el Arte en general y la magia de la pintura gótica en particular, recomendarles que presten atención a los numerosos detalles contenidos en el Retablo Mayor, donde posiblemente destaque la representación de María Magdalena -a juzgar por la riqueza de su vestimenta-, en una de las facetas menos vista: la de mujer pudiente y perteneciente a una de las familias más ricas y poderosas de Magdala. Esta iglesia, fue fundada y utilizada también con fines de enterramiento, por los Caballeros de la familia Montalvo -Montealbo, Monteblanco, Montalbán...-, uno de los linajes repobladores y forma parte, también, como la de San Juan, del circuito de iglesias visitables patrocinado por la Oficina de Turismo de Arévalo.


viernes, 3 de febrero de 2017

Arévalo: iglesia de San Juan


'Tiene algunos elementos indudablemente interesantes, entre ellos, la escultura de Zacarías, atribuida al Maestro Mateo; un retablo gótico, también muy interesante, del siglo XVI, anónimo y conocido como Retablo de la Asunción, que aparte de otros detalles, muestra algo inusual en la parte superior izquierda: San Roque (con ángel y niño) y San Sebastián. El Retablo Mayor, barroco, muestra en la parte superior una interesante pintura de San Miguel, apreciándose en el centro, una imagen del titular, San Juan Bautista. El escudo de San Miguel, luce un sol. Hay dos Vírgenes, no menos interesantes: la del Rosario (capilla de la Epístola) y la Virgen de las Angustias, en una capilla situada cerca del coro. Ésta última, es obra de Pedro de Salamanca. Pero sin duda, una de las piezas más interesantes, es el Cristo gótico del siglo XIV, entre cuyas curiosidades está aquella de haber sido concebido articulado. El baptisterio esconde la pila bautismal, probablemente de época renacentista y un pequeño óleo con el Bautismo de Cristo en el Jordán...'.
[Cuaderno de Notas del Caminante, Arévalo, 5 de diciembre de 2016]

Como se aventuraba en entradas anteriores, no sólo destaca Arévalo por ser una de las capitales más prolíficas en cuanto al patrimonio románico-mudéjar en Castilla se refiere, sino también, y he aquí lo sorprendente, por la inconmensurable riqueza artística que atesora, capaz, por sí misma, de rivalizar con garantías de éxito, con cualquier otro de los patrimonios histórico-artísticos ofrecidos por cualquiera de las vecinas ciudades, declaradas, por supuesto que merecidamente, la duda ofende, patrimonio cultural de la Humanidad. Posiblemente, ésta iglesia de San Juan Bautista, sea una de las que con mayor intensidad hayan sufrido los embites furibundos del acoso y derribo al que se sometieron, a lo largo de diferentes épocas históricas, los gustos, las modas y los caprichos de los poderes fácticos del lugar. Y aun así, no obstante tan desafortunada circunstancia -concepto orteguiano que conlleva, en el fondo, ese popular sainete del jódete y baila frente a lo irremediable-, hay que observar con dulzura y conmiseración, esos pequeños o grandes detalles, según se mire, que sobreviven de un templo que en origen debió de ser, sencillamente, digno de admirar

De su cuna bizantina y por defecto de nacimiento, mudéjar la sangre de sus ladrillos, sobrevive parte de la cabecera, embellecida -opinión que posiblemente compartiría aquél gran maestro que fue Antoni Gaudi i Cornet-, por esa pátina de celoso musguillo que la cubre en parte. Llaman la atención -y es un detalle que recuerda las aseveraciones de Erwin Panovski sobre renacimiento y renacimientos, y enseguida veremos por qué-, los dos cimborrios de forma octogonal, que se aprecian en su estructura, tanto el que se localiza a la altura de la cabecera, como aquél otro, más pequeño aunque no por ello menos vistoso, que remata el cubo de la torre. En el lado sur, un pequeño escudo, aparentemente simple, llama la atención: un águila bicéfala sorpotando un Agnus Dei. Por debajo de éste, y en los restos de yeso con los que se cubrió parte de la fachada, aún perviven algunos rastros de antigua simbología, entre los que destaca la presencia de un símbolo solar, como es el polisquel

Excesivamente remodelado, su interior ofrece básicamente el interés de ciertas piezas artísticas de singular encanto, como se aventuraba en el extracto de notas que prologa la presente entrada, siendo, quizás la más impresionante, por su naturaleza, antigüedad y atribución, esa escultura mateana que representa al profeta Zacarías, frente a la que no se puede, sino cuestionar, qué hace en este lugar y sobre todo, de dónde procede.


martes, 10 de enero de 2017

El románico mudéjar de Arévalo


Abandonamos provisionalmente la capital avulense, ese corazón de misterio y piedra berroqueña dorada con infinita paciencia por siglos de sol, como diría Unamuno, pero a la que no obstante habremos de tornar en breve para continuar solazándonos con sus numerosas joyas culturales, para visitar, no muy lejos de allí, otra histórica urbe monumental, acaparadora, cuando no capitalizadora, de un esplendoroso patrimonio que, aunando la técnica cristiana con el arte islámico -prefiero expresarlo así, y no como se afirma generalmente, de arquitectura islámica cristianizada-, ofrece, cuando menos, un grato soplo de aire fresco en contraposición, quizás, a la, en ocasiones, cansina saturación de la ornamentación inherente a la piedra: Arévalo y su románico mudéjar. Un románico que, lejos de resultar soso o aburrido, ofrece, en contrapartida, una elegancia soberana, basada, a priori, en su aparente sencillez. Una sencillez, desde luego, engañosa, en cuya austeridad los alarifes, hablando con arco y tiralínea, conservaron, en estado puro, los grandes principios de la geometría sagrada. Aun en muchos casos horriblemente modificadas, se podría decir que el grueso de los templos de Arévalo, conserva buena parte de esa fuerza medieval que aunaba la misoginia cristiana, con el exótico refinamiento musulmán; luz y sombra; Oriente y Occidente. Y lo que resulta todavía más atractivo: son, además, arcas depositarias de un tesoro artístico insospechado y desde luego, inconmensurable, que merece la pena descubrir. Sobre todo ahora, que, mediante una encomiable política aperturista, sus principales templos se abren al público. Bienvenidos, pues, al románico mudéjar de Arévalo.


martes, 3 de enero de 2017

Ávila: la catedral de San Salvador


'Viendo a Ávila se comprende cómo y de dónde se le ocurrió a Santa Teresa su imagen del castillo interior y de las moradas y del diamante. Porque Ávila es un diamante de piedra berroqueña dorada por soles de siglos y por siglos de soles...'.
[Miguel de Unamuno (1)]

No cabe duda de que la catedral de Ávila, constituye una de las más singulares edificaciones en su género, pues no sólo se proyectó como templo, sino también como fortaleza, siendo, además, impreciso el momento de su edificación, si bien la tendencia general tiende a situarlo en el siglo XII, coincidiendo con la repoblación llevada a cabo en tiempos del rey Alfonso VI de León. Imprecisa, también, es la atribución al Magister Muri que intervino en su primera fase y por lo tanto, la más antigua –se baraja la hipótesis de que ésta se levantara sobre los arruinados cimientos de la antigua iglesia del Salvador, tal vez de ahí su advocación-, aunque se baraja el nombre de Fruchel, oscuro arquitecto de probable origen franco, que pudo haber acompañado a las huestes de Raimundo de Borgoña, responsable, aparte de las órdenes militares, de la mencionada repoblación. Considerada como la primera catedral gótica de España, hay quien aprecia en ella muchas similitudes con la basílica de Saint-Denis, si bien ésta última carece de la magia y espectacularidad proporcionadas por esa genuina piedra berroqueña –dorada por soles de siglos y siglos de soles, como afirma Unamuno-, que la dan un aspecto, sobre todo en su interior, definitivamente sobrecogedor, en el sentido más amplio del término. Tal vez debido a ello, sea difícil sentir pereza espiritual –continuando con Unamuno, cuando hacía referencia al concepto platoniano de misología-, cuando se penetra en semejante lugar, ciertamente complejo y misterioso. Un lugar en el que, como en ese bosque sagrado y primigenio, boceto inconmensurable de cuya fuente se nutrió gran parte del sueño gótico, existen lugares sombríos, alejados de la luz diáfana que se filtra a través del vidrio de sus ventanales, pero de ramas apuntadas en dirección a ese Axis Mundi constituido por la girola central, compuesta de un doble deambulatorio, en recuerdo, quizás, de esos modelos orientales, basados en el Sepulchrum Domine de Jerusalén.

Además, como muchas otras catedrales, también ésta catedral cuenta con su pasaje secreto y es bastante más que posible que también aquí, en la capilla más cercana a la segunda entrada -quizá la de San Antolín-, se improvisaran en tiempos hospitales para la atención de los enfermos e incluso se celebraran, con gran ornamento, pompa y circunstancia, ese remedo carnavalesco medieval, simulacro pagano consentido, que era la Fiesta de los Locos. De lo que no cabe tampoco duda es de que, independientemente de la sugestiva magia inherente a un modelo de construcción cuyas columnas y arbotantes se tendían con desesperación hacia los cielos como hacían los brazos de los condenados en los piadosos petos de ánimas, la catedral de San Salvador se ha convertido, a la vez, en arca depositaria de una importante y maravillosa colección de Arte, de diferentes épocas y estilos pero en la que, no obstante, el buscador de singularidades no sólo disfrutará con la belleza inherente a todo aquello cuanto ven sus ojos, sino que, una vez centrada su atención, no tardará en advertir los numerosos arquetipos, gazapos y enigmas contenidos en unos objetos que, bien mirado, contienen algo más que beatas literalidades.

No faltan tampoco, esas sucintas presencias en el exterior, como los monumentales hombres-salvajes de la portada de poniente o esa porta speciosa, cargada de relevantes y neotestamentarios dimes y diretes, cuyo diálogo hay que ir desentrañando poco a poco o esa, por desgracia, incompleta composición de esqueleto y personaje femenino, que podría aludir -es sólo una especulación- a parte de esa Psicomaquia de Prudencio que algunos autores quieren ver también no sólo en la portada de Santiago de la iglesia de Cifuentes, en Guadalajara, sino además, en una curiosa y extraña alegoría contenida en la Portada de Platerías de la catedral de Santiago. Sea como sea, son tantos y tan variados los secretos y maravillas que contiene este inconmensurable pedazo de Historia que es la catedral de San Salvador, que no puedo por menos que, una vez dadas algunas pistas, recomendar una visita pausada a este glorioso laberinto de sutiles y antiguos misterios. 


(1) Miguel de Unamuno: 'Andanzas y visiones españolas', Alianza Editorial, S.A., Madrid, 2006, página 288.

lunes, 2 de enero de 2017

Ávila: iglesia basilical de San Vicente


'El Ayer me ha dado a Luz. He aquí al Hoy, y he creado los Mañana...'.
[El Libro de los Muertos]

Dejando aparte la catedral, posiblemente sea este templo basilical el más espectacular del románico avulense, no sólo en su ámbito capitalino, sino también en general. Dedicado a una controvertida figura, la de San Vicente, que ya dejara franca huella sobre todo entre los mozárabes andalusíes, artísticamente hablando, constituye un notable compendio de arquetipos, en cuyas características no faltan patrones típicos del Camino o, si se prefiere, de esa peculiar arquitectura, que tomando como ejemplo el precedente de la silense, tiende a denominarse como compostelana. Éstos, quedan suficientemente testimoniados, cuando menos, en la puerta bífora y a la vez principal, situada en el lado de poniente. Puerta bífora, por añadidura, cuyos tímpanos parecen ofrecer un tema poco o nada frecuente con los desarrollados, generalmente, en este tipo de elementos: escenas que, según los expertos, representarían la muerte de Lázaro; una temática, no obstante, con la que se podría especular, metafórica y simbólicamente hablando, con su situación dentro de esa orientación oeste-este, oscuridad-luz, muerte y renacimiento que tanto abunda en los templos gallegos y tan bien conoce el peregrino. Interesantes, así mismo, son los motivos de las arquivoltas –esquivando la presencia del crismón, presente en la portada del lado sur- donde resalta la presencia de un símbolo universal, precedente de la cruz, como son los polisqueles e incluso esos leones atrapados entre zarcillos, motivo que, sustituido por la figura del macho cabrío suele ser bastante recurrente en el románico de la vecina comunidad de Segovia. Notable, tanto por su originalidad como por su ejecución –no olvidemos, que en el fondo, esta portada es toda una porta speciosa-, es la especie de corrala –comparativamente hablando- situada por encima de las arquivoltas, cuyos personajes –cabe destacar el desnudo femenino, tal vez alusivo a la tentación y la lujuria, que al menos de cintura para arriba tiene una gran representatividad-, parecen representar una tragi-comedia, cuyos argumentos y diálogos, de manera intencionada, tal vez quiso el cantero que quedaran a la libre especulación del espectador.

Digna de admirar, aunque sin la profusión ni la profundidad creativa de la anterior, es la portada del lateral sur, entre cuya escultura –dejando aparte la Anunciación y la figura real, que ocupan los lugares más próximos a las jambas- quizás figure alguna alusión al santo titular, si bien se obvian –y cabría preguntarse por qué-, la riqueza de arquetipos asociados –entre ellos, no sólo la figura del cuervo sino también la alusión al mito de Osiris en el desmembramiento y la posterior recuperación de los restos del santo arrojados a las aguas-, que tan bien y detalladamente se describen en unas pinturas murales de una iglesia de idéntica advocación, situada en la zona del Pirón, también en la vecina comunidad de Segovia. Llaman la atención, situados también en lo más alto de este lateral sur, la gran profusión de metopas, continentes, de igual manera, de una gran profusión de rico y variado simbolismo, cuyo intento de interpretación daría material suficiente para todo un ensayo. La cabecera está formada por un ábside principal y dos pequeños absidiolos, correspondientes a las capillas de la Epístola y del Evangelio, entre cuyos elementos caben destacar -muchos de ellos restaurados- los motivos de los canecillos, compuestos por la típica imaginería románica: figuras humanas, vegetales y mitológicas.