viernes, 23 de diciembre de 2016

Feliz Navidad y Próspero y Románico Año Nuevo 2017


'La puerta se abre a todos, enfermos e sanos,
no sólo a católicos, sino aun a paganos,
a judíos, herejes, ociosos y vanos;
y más brevemente, a buenos y profanos...'.

Feliz Navidad

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jueves, 22 de diciembre de 2016

Ávila: iglesia de San Andrés


Extramuros de la ciudad y emplazada en el denominado barrio de Ajate, cuyos orígenes se remontan a un arrabal medieval, dedicado, precisamente, a la cantería, la iglesia de San Andrés, datada por los expertos en el segundo cuarto del siglo XII, llama la atención –como en el caso de la iglesia de San Pedro-, por algunos detalles que, en base a su aparente originalidad dentro del románico avulense, la hacen, en este caso, prácticamente única, según comentan los expertos. El principal de ellos, y a la vez, posiblemente también el más evidente, se aprecia en su cabecera; una cabecera, por otra parte, mucho más baja que la de cualquiera de los demás templos de la capital –situados dentro o fuera de sus legendarias murallas-, a la que con posterioridad, se le añadieron dos pequeños absidiolos. Es el principal, no obstante, el que llama la atención, con esos ventanales ciegos, dotados de pequeños capiteles historiados (1), que recuerdan los arcosolios característicos del románico lombardo, estilo que, de cualquier manera, ya tuvo numerosos antecedentes en el románico de otras regiones, siendo quizás digno de mentar, la de algunos templos cercanos a Silos y por lo tanto a su influencia, como podría ser el de Castrillo Solarana, aunque, evidentemente, salvaguardando las distancias. Anclada en un agradable parquecillo, la iglesia de San Andrés dispone, además, de dos entradas: una, orientada hacia poniente, como la mayoría de los templos gallegos afines al Camino de Santiago y otra, situada en el lateral sur de la nave.

Ejecutada en base a ese peculiar tipo de piedra denominado jaleño –como los interiores de la catedral, que le ofrecen un aspecto sumamente singular, hasta el punto de que a consecuencia del color rojizo de la piedra, en muchos ámbitos se la denomina como sangrante-, la portada sur presenta algunas interesantes peculiaridades, siendo, probablemente, una de las más significativas la presencia de todo un símbolo por antonomasia, el crismón, derivado del primigenio lábaro y contenido el anagrama de Cristo. Peculiares, tanto en su belleza como en su ejecución, son, así mismo, los motivos foliáceos de tres de sus arquivoltas, alguno de los cuales, como ya se hizo mención al hablar de la vecina iglesia de San Pedro, recuerdan a aquellos que se aprecian en algunos templos del románico asturiano, enclavados en el entorno de Villaviciosa, la antigua Maliayo. Los motivos de los capiteles, cuadro en total, no difieren de los diseños comunes a cualquier otro templo de su género y muestran leones, grifos y arpías. Es, precisamente, en éste lateral sur, donde se aprecia alguna marca de cantería, así como algunos motivos crucíferos, del tipo generalmente denominado como graffitis de peregrino. Lisos, los motivos de los canecillos absidiales, llama la atención la similitud de la portada orientada a poniente, con la que ya se ha comentado del lado sur, si bien, en ésta, la arquivolta superior muestra también otro motivo interesante: un ajedrezado, del tipo denominado jaqués. En definitiva: un templo, este de San Andrés que, salvo algunos detalles y modificaciones, conserva buena parte de su prestancia y armonía originales.

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(1) Interesante, el simbolismo de alguno de ellos, si hemos de hacer comparaciones. Como ejemplo, citar ese que muestra a dos aves, probablemente águilas, abatiéndose sobre un conejo, animal representativo de Osiris, que nos podría sugerir, en el fondo, una visión cristianizada del culto antiguo a los muertos. Tal vez por ello, y por supuesto, por motivos políticos, este animal fuera considerado impuro entre los judíos.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Avila: iglesia de San Pedro


'Como lágrimas de melancolía cayendo en el abandono...'
[Gustav Meyrinck (1)]

No es baladí ni tampoco desproporcionada, esa curiosa sensación de familiaridad -a medida que contemplamos su portada principal según vamos atravesando el arco de una de las viejas puertas medievales-, que ésta iglesia de San Pedro va provocando en el visitante o en el curioso o incluso en el historiador, o sencillamente en el interesado en el Arte en general que, previa su visita a la teresiana capital avulense, haya realizado otra a esa notable, machadiana y pura cabeza de Extremadura que es la capital soriana, que languidece viendo pasar con infinita parsimonia las aguas caudalosas del viejo Duero a ésta parte de los Montes de Santa Ana y de las Ánimas, y recuerda a esa vieja, inconmensurable gloria, de parentela franca y habilidosas manos poitevinas, que es la iglesia de Santo Domingo -originalmente, de Santo Tomé-, la cual, en palabras de Gaya Nuño, recogería la distribución decorativa más rica, homogénea y armoniosa de la Península. Cierto es, no obstante, salvando lo insalvable, que si exceptuamos la austeridad decorativa -no así, ese formidable y cisterciense rosetón en forma de rueda que comparte protagonismo en el mismo en ambos templos-, y somos, cuando menos objetivos, no escatimaremos homogeneidad ni armonía a un templo que, como aquél, y a pesar del olvido y los ataques con gusto por el derribo y la componenda de tabiques característicos de ciertas épocas, fue ancla de historias y personajes, cuyos blasones en un tiempo figuraron en el éxtasis glorificador de una Historia matrona de la nobleza y hoy abono de archivo, polvo y telarañas cuyas páginas no siempre merecieron el dorado de la gloria.

Posiblemente contemporáneos -se estima hacia el año 1100 la construcción del templo avulense y se sabe que en el año 1170 contrajo matrimonio el rey Alfonso VIII con la princesa Leonor de Inglatera, en el soriano de Santo Domingo-, ambos parecen responder a un patrón de ejecución diferente -al menos en cuanto a técnica y estructura- de aquellas otras manos que elevaron buena parte de los templos de la ciudad, destacando, no como un detalle menor y sí, quizás, como un atisbo de austera elegancia, la desproporción escultórica que hacen de la abundancia, en aquéllos otros casos -como, por ejemplo, la iglesia basilical de San Vicente- un auténtico pandemonio de significados y significandos, sobre todo para un espectador -el moderno-, demasiado alejado de esos míticos arquetipos, vigentes en aquello que muchas veces se considera como la oscura Edad Media. Esa foliácea austeridad, que parece ser el factor predominante y exclusivo en los capiteles de las tres portadas con las que cuenta todavía el templo sampedrense, parecen querer remitir al espectador hacia ese tipo de austera religiosidad -recuperada, en parte, por el Císter-, que caracterizó ese éxodo hacia la Naturaleza de comunidades que a partir del siglo IV -por algo tomaron parte, los denominados Primeros Padres de la Iglesia- fueron siendo gradualmente recicladas otra vez al redil, siendo, probablemente las más destacadas, aquéllas que frustraron los deseos de retiro y soledad de San Fructuoso, en aquél singular Valle del Silencio berciano.

Ahora bien, esto no significa, en modo en alguno, que la foliácea sea una exclusividad y que otros elementos, menos abundantes, carezcan de interés. Como se ha dicho, basta un vistazo a la portada principal, orientada hacia poniente -quizás apuntando hacia ese simbólico finis terrae del que surgieron sus anónimos constructores- para descubrir ciertos elementos, no todos dispuestos en su lugar original, que sugieren, cuando menos, cierta atención por parte del espectador. Evidentemente, estos elementos se refieren a aquellos que se localizan tanto en el interior como en el exterior del magnífico rosetón. Algunas de las cabezas que se aprecian, parecen corresponder a otro lugar; tal vez formaran parte del tejaroz de la portada o quizás, sólo se apunta lo de quizás, a una serie de canecillos ilustrados que estuvieran originalmente por encima del rosetón.

En los hemisferios centrales de éste, dos figuras -femenina la de la izquierda y angélica la de la derecha-, nos sugieren una alusión a la Anunciación. Por encima de la figura virginal, una cabeza, posiblemente de bóvido, nos recuerda algo más que una alusión astrológica: esa moneda corriente, tan importante como el oro, que el ganado tuvo durante incontables generaciones. Por encima del ángel -presumiblemente Gabriel, mensajero-, un rostro humano nos observa con una expresión aparentemente divertida, pero mostrando unas orejas en un guiño en el que el cantero, es posible que de manera intencionada, quisiera reclamar nuestra atención hacia esa voz de las piedras que, aparentemente muda, se vuelve generosamente elocuente cuando se la presta debidamente la atención. Ésta, sin ir más lejos, debería reclamarnos a contemplar mejor el rosetón y darnos cuenta de los rostros de los personajes que permanecen en los cuatro puntos cardinales de la rueda. La Rueda de la Fortuna, donde el personaje de la parte superior aparece sonriente, satisfecho de su suerte que le mantiene en la cima del mundo, pero sabedor, de que todo, en el fondo es un ardiz y su posición de hoy, puede ser la ruina de mañana, como seguramente nos hubiera indicado el personaje que, a buen seguro, originalmente debió de ocupar el lugar inferior y hoy día, por desgracia, desparecido. Algo que, por otra parte, debían de tener muy presente los reos que se sabe que salían de este templo para enfrentar sentencia e incluso, los personajes ilustres que reposan en los sarcófagos de su interior, sabedores, también, de que al final, la terrible ejecutora de la suerte de la Rueda, la Dama de la Guadaña, iguala a todos.

De la cabecera destaca el ábside principal y los dos pequeños absidiolos, correspondientes a las tradicionales capillas de la Epístola y del Evangelio.  En los capiteles de los ventanales, aparte de los motivos foliáceos, se aprecian motivos comunes a toda construcción de este tipo, relacionados, generalmente, con los conceptos de pecado y orgullo, que en forma de referencias mitológicas, muestran grifos, arpías y sirenas de dos colas. Hay también entrelazados de tipo céltico y dobles espirales y por la forma de algunos de sus motivos foliáceos -hojas-, se pueden observar curiosas coincidencias con motivos semejantes en algunos templos románicos asturianos, lo cual podría suponer un estudio aparte.

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(1) Gustav Meyrinck: 'El Golem', Alianza Editorial, S.A., Madrid, 2016, página 89.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Ávila: iglesia-museo de Santo Tomé


Siguiendo el hilo de Ariadna de las interesantes divagaciones de Unamuno, cuando hablaba de Ávila y de esas metáforicas y dulces huertas interiores de una tierra grave y tan llena de hueso y roca, no se me ocurre mejor comienzo, que repasar en parte su interesante románico, visitando, en primer lugar, ese mustio almacén de sueños olvidados en el que se ha convertido, cuando menos uno de sus templos venido a menos: la iglesia de Santo Tomé. Almacén visitable del Museo de Ávila -como reza el cartel situado en la verja de entrada principal, orientada a poniente, de frente a la calle de los Leales y dominando, de hecho, buena parte de la pequeña plaza de Nalvillos-, atravesar esa portada, presumiblemente del siglo XII y ferozmente custodiada por las arpías y los grifos de sus capiteles, invita, no obstante salvando cualquier resquicio de temor, a embarcarse en un pequeño viaje en el tiempo, remontándose imaginariamente tanto siglos hacia atrás como siglos hacia adelante, según indican los numerosos verracos de piedra, el impresionante mosaico romano que cubre buena parte del suelo de la nave –que recuerda, en muchos de sus motivos a los que todavía causan admiración por su perfección y belleza en la denominada casa de Materno, de Carranque y quizá nos indique también, que esta iglesia fue levantada sobre una antigua estructura, tal vez un templo romano anterior - y una curiosa colección de motivos escatológicos de diferente época y condición, entre los que no falta un carro tradicional, en cuyo frontal, artísticamente elaborados, se aprecian dos interesantes representaciones de un símbolo primordial: el Sello de Salomón. De esa cultura íbera, cuyo gusto por el toro nos recuerda las leyendas platónicas sobre los sacrificios atlantes y la ritualística cretense y minoica tal vez exportada a la Península hace miles de años –todavía presentes en no pocos festividades populares, a pesar de los cada vez más duros enfrentamientos entre los defensores de la Fiesta y los defensores de los animales-, nos alienta la visión de esa pequeña legión de toros y verracos –donde sorprende observar un perfecto símbolo del infinito perfectamente grabado en los cuartos traseros de uno de ellos, que nos induce a proponer interesantes especulaciones acerca del grado de conocimiento real de los pueblos que nos precedieron y a los que llamamos incultamente primitivos-, que acumulan polvo junto a una notable colección de lápidas romanas e igualmente íberas, precedentes igualmente milenarios de una escatología que todavía se continúa utilizando en la actualidad en unas necrópolis que, no me cabe duda, formarán parte de los yacimientos arqueológicos del mañana, legando a las generaciones futuras un espantoso legado etnológico y cultural de un mito universal, sin principio ni final, como es la muerte y la ritualística que siempre la acompaña.

Más relacionado con el tema que nos ocupa, sobreviven, en los capiteles interiores de la cabecera del tempo, unos motivos románicos originales que, por su naturaleza foliácea y en cierta manera austera, contrastan en gran medida con la explosión de personajes y referencias que caracterizan a esa pequeña colección de metopas y canecillos, acumulada junto a otros elementos de diversa índole y estilo artístico, en el espacio que originalmente ocupaba el altar, y cuya visión nos abre la perspectiva de pensar en la misma técnica y el mismo género escultórico que caracteriza a los canteros que participaron en la construcción de la imponente iglesia basilical de San Vicente, situada en las proximidades, frente a la puerta de la muralla medieval que lleva su nombre. Interesante, así mismo, resulta la portada sur, en cuyos capiteles y a pesar de la acción corrosiva del tiempo, todavía se aprecian algunos elementos mitológicos, como la sirena de dos colas, las arpías o los grifos, presentes también, como se ha dicho, en los capiteles de la portada principal.

Cabe destacar, por último, los detalles esculpidos en una de las arquivoltas centrales –personajes, animales e incluso un dragón-, muy similares y comparativamente hablando, a parte de los elementos contenidos en esa aparente alusión al poema de Luciano, la Psicomaquia, de la portada de Santiago, en la iglesia de San Salvador de Cifuentes, en la provincia de Guadalajara; o aquéllas historias mudas, en cuya estatuaria algunas fuentes ven algún tipo de alusión estelar, de las portadas de Eunate y Olcoz,  lo que podría indicar no sólo a unas referencias simbólicas comunes utilizadas por los canteros, sino también parte de una probable simbología afín al Camino de las Estrellas: el Camino de Santiago.

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martes, 15 de noviembre de 2016

Románico de Ávila


Hablaba Unamuno en una sus crónicas, refiriéndose precisamente a Ávila y aludiendo inevitablemente a aquélla extraordinaria viajera del subconsciente colectivo –como diría Jung- que fue, en el fondo, Santa Teresa de Jesús, de esas metafóricas y dulces huertas interiores de ésta tierra grave y tan llena de roca y hueso, y no puedo dejar de preguntarme, si dentro de ese pequeño huerto, o de esa roca o de ese hueso que compone, transforma y altera el adn de Ávila, parte de su inspiración no se vería definitivamente acompañada en sus solitarios paseos por la mediática tentación que supone el románico de la ciudad. Un estilo, también, en el que, como en el caso de la vecina Salamanca, no es difícil apreciar, en conjunto o en parte, unas manos firmes y laboriosas tendidas hacia el Ocaso. O hacia los vericuetos iniciáticos del Camino, si se prefiere. Porque es el avulense –mi opinión, mea culpa-, un románico que sorprende, que tira la piedra y esconde la mano, que inspira y a la vez expira vaharadas de humo viciado que huele a lidias y liturgias promovidas en antiguos altares. Un románico que extiende su sombra a la luz de un sol mortecino, macerando frutos prohibidos en honor de viejos ecos hermenéuticos, como así cabría pensar de su catedral –en una de cuyas portadas, la de poniente, dos auténticos reyes de bastos montan la vieja guardia- o la iglesia basilical de San Vicente, donde, también en su espectacular portada de poniente y antecediendo varios siglos a las corralas, contemporáneas de la Santa y su Siglo de Oro, unos personajes interpretan, con la impasibilidad que ofrece lo eterno, una historia imposible, cuyo secreto –como el de las catedrales, que promulgaba Fulcanelli- se pierde en la noche oscura de los tiempos y posiblemente también en las retortas oxidadas de olvidados atanores que, como la historia del Grial de Flegetanis, apuntaban a las estrellas.

Menos permisivos, quizás, que en Salamanca, esos vientos –sean de tempestad o de guerra, que hasta hace pocas generaciones, en España siempre se libraba alguna-, han permitido, no obstante, y en cuanto a bizantinismo se refiere, la conservación, más o menos feliz de un número determinado de templos, cuya mediática idiosincrasia todavía conserva hogaño la suficiente fuerza emocional de antaño, como para permitir un feliz camino a la siempre atendida pero pocas veces compartida voluptuosidad de la especulación.

Con promesas especulativas, pues, no puedo menos que invitarte, amigo lector, a los próximos viajes por el románico de Ávila capital.

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domingo, 13 de noviembre de 2016

La catedral vieja de Salamanca


Poder disfrutar, aunque sólo sea en parte, de este magnífico y metafórico ulises que es la catedral vieja de Salamanca, tal vez no se deba tanto a una cuestión de suerte, y sí, quizás, a un momento de debilidad piadosa de esa inflexible hilandera de circunstancias, causalidades y destinos que gobiernan los abismos más profundos del inconsciente humano, que ya los grandes genios clásicos nos presentaban como Parca. Parca sería, si aplicamos los sinónimos de pobre, corta o escasa, esa parte de románica idiosincrasia que, no obstante, con un sólo vistazo, nos induce a soñar o cuando menos a imaginar, cómo pudo ser, en todo su esplendor, una grandiosa obra de arte levantada ad maiorem gloriam Domine, siguiendo los patrones sagrados del tratamiento de la piedra, cuyo modelo básico lo constituía el arquetipo divino de aquél que, con posterioridad al año 70 a. de C. fuera arrasasado por las legiones romanas y la posteridad consideró como el templo de templos: el templo de Salomón. Seguramente inspirados en los mismos principios masónicos utilizados por los artífices fenicios que proveyeron también de mano de obra y materiales al artífice de ese hermoso y a la vez esotérico Cantar de los Cantares, lo cierto es que los canteros que justificaron los posteriores comentarios de admiración unamunianos, cuya pluma alababa la melancolía de esa piedra pulida dorándose al sol, debieron de incorporar, en su mítico deambular, parte de ese manierismo compostelano o arquitectura del Camino, algunos de cuyos efectos todavía pueden ser contemplados en templos y catedrales cercanos, como pudieran ser la propia catedral de Ávila, así como también la avulense iglesia de San Vicente, cuya janística o bífora portada de poniente, seguramente nos recuerde las creaciones del maestro Mateo o de aquellos otros que intervinieron, cuando menos, en la portada de Platerías. Así mismo, el magnífico cimborrio de aspecto oriental, nos conmina a buscar la huella de aquéllos otros canteros, cuando no los mismos, que legaron a la posterioridad la brillantez de unos cimborrios igual de maravillosos, que no son otros que los que lucen la catedral de Zamora y la colegiata de Santa María de Toro.

Dignas de admiración, y no menos importantes, después de todo, son esas impresionantes obras maestras de la pintura románica, que todavía perviven entre los claroscuros de una nave cuya elegancia constituye ese paso de gigante hacia un nouveau faire, el gótico, en el que algunos ven la aplicación práctica de ese lenguaje de la piedra o lenguaje de los pájaros, como Fulcanelli, y otros, el desarrollo lógico a la solución de unos problemas técnicos, que habrían de dejar obsoletos estilos anteriores. Magnífico ejemplo de plasticidad, alegoría y arquetipos, son los frescos de la Capilla de San Martín. Y junto a éstos, el no menos artesano y fascinante conjunto de méritos y mementos que generaron una fehaciente industria en ésta y otras interesantes zonas de Castilla y León: los sepulcros medievales.

En definitiva: la catedral vieja de Salamanca: un universo histórico y artístico digno de descubrir.

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lunes, 31 de octubre de 2016

Salamanca: iglesia de San Marcos


'Más allá del azar y de la muerte
duran, y cada cual tiene su historia,
pero todo esto ocurre en esa suerte
de cuarta dimensión, que es la memoria...'.
[Jorge Luis Borges]


La cuarta dimensión y la memoria; quizás, en esos elementos tan subjetivos del poema de Borges, estén algunas de las claves que nos desvelen el fascinante misterio que rodea a este singular templo; a este verdadero poema, escrito en el lenguaje de los sueños, que es la piedra, poco o apenas conocido fuera de los ámbitos de las guías y el estudio del románico en general, pero que se presta, por su naturaleza y su singularidad, a un sin fin de alardes y especulaciones. Poco menos que único en su género, al menos en lo que se refiere al ámbito peninsular, este peculiar templo, de planta circular y bajo la advocación del evangelista Marcos -recordemos, puesto que los arquetipos son importantes, que su símbolo o daimon era el león- constituye, a día de hoy, un complejo enigma, cuya belleza y singularidad merecen figurar en un glorioso capítulo aparte. Capítulo aparte son, así mismo, las numerosas marcas de cantería -no exentas, además, en su interior- que se pueden advertir en este inconcebible ouroboros pétreo, cuyos orígenes se remontan al siglo XII -independientemente de algunas fuentes que los suponen anteriores, en el XI-, considerándose el año 1178 como fecha probable de su construcción o consagración. Ahora bien, si su exterior nos sorprende por ese círculo perfecto de aproximadamente 18 metros de diámetro, su interior no es menos sorprendente e interesante. Consta de varias hercúleas columnas diseñadas para soportar la cúpula o el tejaroz y, curiosamente, se constata la existencia de tres ábsides, lo que conlleva, cuando menos, algunas interesantes especulaciones: ¿fue diseñada así desde el principio o, por el contrario, como ocurre con otra interesante ermita conquense –la de la Virgen de la Cuesta (1)-, los ábsides, en un principio, pudieron haber sido pensados para figurar externamente?. Y de ser así, ¿por qué y en base a qué se decidió ocultarlos?.

Una auténtica belleza, por otra parte, son los restos de pinturas -datadas por los expertos en el siglo XIV, aunque yo no descartaría que hubiera habido frescos más antiguos-, recuperados con relativa fortuna, donde sobresalen un mosaico geométrico, una fenomenal representación de San Cristóbal -recordemos su función sine quanum de Christóphoro o Portador de Cristo; es decir, la Antigua Religión portando a la Nueva Religión, simbólica y metafóricamente hablando-, una Anunciación y una Coronación. Pero si las artes plásticas -en algunos casos, descubiertas o mejor dicho, redescubiertas en época moderna- realzan una belleza ya de por sí singular, no lo es menos la escultura del Cristo gótico que corona el altar central. Un Cristo gótico, de cuyas características destaca un detalle, cuando menos extraño y singular: su pie izquierdo, clavado al derecho, forma un ángulo imposible de noventa grados. De su imaginería mariana, dan testimonio dos hermosas imágenes: una Virgen románica del siglo XII, al parecer procedente de la parroquia de Valdemierque, en cuyo pedestal se puede leer la leyenda Madre de la Iglesia –quizás para diferenciarla de aquélla otra Mater venerada desde el Paleolítico y suplantada en los altares- y una reproducción perfecta de una Virgen Negra por excelencia, la de Montserrat, cuya presencia no deja de sorprender en lugares foráneos también, como pudiera ser el convento de San Antonio, en la pequeña localidad de La Cabrera, próxima a Somosierra. Independientemente de éstas dos, la iglesia de San Marcos cuenta, además, con una magnífica talla de la Inmaculada, fechada en el siglo XVI, siglo en el que, dicho sea por añadidura, se le añadió la espadaña que desvirtúa sobremanera el conjunto y otra, posiblemente también de la misma época, representativa del titular, San Marcos.

Si bien, dejaremos para otro momento y lugar la polémica levantada por el arquitecto francés Viollet-le-Duc sobre los modelos de arquitectura templarios, referentes, sobre todo, a este tipo de templos de planta circular, no deja de ser interesante el detalle de que una iglesia tan pequeña y tan humilde, gozara de tanta prebenda y protección real. Por eso, desde el siglo XII, según aseveran las fuentes oficiales, se la define como Real Capilla de la Clerecía, estando su historia unida a personajes reales relevantes, como Alfonso VI, su hija Doña Urraca o el rey Alfonso IX.

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(1) La ermita de la Virgen de la Cuesta, se encuentra en la localidad de Huelves, a unos 70 kms, aproximadamente, de Cuenca capital, pegada prácticamente a la autovía A40 y a un par de kms. de la autovía de Valencia y la población de Tarancón. Si bien su planta no es totalmente circular, sino elipsoide, puede ser un buen ejemplo, quizás, de las intenciones que en un principio pudieran haber tenido los constructores de esta iglesia de San Marcos. Como curiosidad simbólica añadida, agregar que el río que pasa por la localidad, no deja de remitirnos al fascinante mundo del Camino de Santiago y las hermandades canteriles medievales: Riansares.

jueves, 27 de octubre de 2016

Salamanca: iglesia de San Juan de Barbalos


También del siglo XII y así mismo, perteneciente a la orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, la iglesia de San Juan Bautista o San Juan de Barbalos, conforma otra reliquia románica, digna de ser tenida en consideración. Situada en la plaza que lleva su nombre, no lejos de aquélla otra dedicada a la mística avulense del Siglo de Oro, Santa Teresa de Jesús –lugar, donde, por cierto, a cuya vera aprovechan los hosteleros para colocar sus terrazas en verano-, a diferencia de la de San Cristóbal, su planta nos remite a uno de los modelos básicos del románico en general: ábside o cabecera semicircular y nave rectangular, si bien se aprecian modificaciones posteriores en su lado oeste, con la inclusión de un tramo más, a continuación de la espadaña, que suple lo que en origen podría haber sido la carencia de un espacio para el coro. Es, precisamente, en el interior de este tramo, donde, incomprensiblemente, se puede contemplar, en la penumbra, uno de los Cristos románicos mejor conservados y con fama de muy milagrero de la capital salmantina: el Cristo de la Zarza. De sus portadas –dos, que se puedan apreciar-, sólo cabe hacer suposiciones. Está claro que la portada abierta a poniente, es relativamente moderna y no tiene importancia artística y estética ninguna; detalle, no obstante, que permite preguntarse si el templo, originalmente, contaba con una portada en dicho lugar, y de ser así, qué ocurrió con ella.

Resulta evidente, así mismo, que aunque original, a la portada que se abre en el lado sur de la nave, le faltan, cuando menos, algunos elementos, como los capiteles –labrados, presumiblemente- en número de dos por cada lado inferior del arco. Este lado sur y el ábside, todavía conservan, no obstante y con mayor o menor grado de deterioro, buena parte de los canecillos historiados que formaban parte del mensario original. En ellos, se pueden apreciar elementos conocidos, pero no por ello interesantes, como pueden ser el hombre-verde –que a diferencia del de San Cristóbal, por los dos cuernos que muestra, se podría relacionar con la figura arquetípica de Pan-, el músico y la bailarina, cabezas zoomórficas, entre las que destaca, por su simbolismo, la figura de la cabra, figuras antropomórficas, monstruosas y vegetales. Austeramente foliáceos son, además, los motivos de los capiteles, tanto exterior como interiormente, si bien, en el interior, y además de la referida figura del Cristo de la Zarza, se conserva también una magnífica Virgen con Niño, gótica y coronada, que porta una curiosidad en su mano izquierda: tres pequeñas bolitas de color rojo, que podrían ser, si en los frutos y comparativamente nos basamos, un racimo de cerezas.

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miércoles, 19 de octubre de 2016

Salamanca: iglesia de San Cristóbal


Decía Luis Racionero, durante un ciclo de conferencias sobre los viajes, organizado por la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo en los años ochenta, aquello de que faltan agencias de viajes, porque las iglesias sin misterios y las ciencias racionalistas han suprimido todo devaneo con el más allá, sustituyéndolo por el viaje a Lourdes y la visita de museos, siendo la idea fomentar el viaje hacia afuera para vaciar mejor lo de dentro (1). Bien es cierto, sin embargo, que en su conferencia, el autor describía sus experiencias personales, desde la perspectiva de un tipo de viaje muy particular, el psicodélico, en el transcurso del cual –y pido perdón, por abusar de las citas-, se descubre al verdadero Dante, se entiende el canto gregoriano, se intuye el mito del paraíso, y se entra por vez primera en la arquitectura islámica y gaudiniana (2). En todo esto, reconozcámoslo o no, subyace una gran verdad. Una verdad, a la que constantemente nos enfrentamos cuando nos hallamos frente a unas reliquias que hasta bien entrado el siglo XX se llamaban, muy acertadamente, bizantinas y que hoy en día están en boca de todo el mundo –urbi et orbi-, con el exasperante nombre de románico.

Dejando a un lado algo tan intrascendente, después de todo, como los términos románico o bizantino, y a falta de ese devaneo con el más allá ausente en nuestros templos, al que hacía referencia Racionero, bueno resulta especular con ese conjunto de arquetipos y verdades camufladas, con los que en ocasiones nos sorprenden esta clase de templos. Tal es el caso, no me cabe duda, de ésta intrigante iglesia salmantina –cuyas piedras añoran siglos que fueron y quién sabe si siglos por venir, como diría Unamuno-, dedicada –y su presencia se constata como de cierta importancia en Salamanca-, a la figura de San Cristóbal; o mejor dicho, Christophoro, es decir, el portador de Cristo. Su estructura también llama la atención, y no es la primera vez que, en conjunto, se le califica como de templo extraño. Y en cierto modo lo es. Su ábside semi-circular, se ve acompañado de dos capillas laterales cuadradas, que harían la función de capilla de la Epístola y del Evangelio, respectivamente. Ha perdido su portada original, situada en el lado sur, aunque conserva una interesante serie de canecillos.

Construido a mediados del siglo XII, al parecer, por los caballeros sanjuanistas, que tuvieron una importante presencia en Salamanca, dependía de Paradinas, población situada a cincuenta kilómetros de Salamanca y a once de Peñaranda de Bracamonte, donde posiblemente éstos tuvieron una encomienda. En este sentido, no es de extrañar, que a mitad del ábside, resalte, entre representaciones de carácter antropo, zoomórfico y mitológico la llamada Cruz de Malta o de Ocho Beatitudes. Pero lo sorprendente de la ornamentación de este curioso templo –que puede representar, a su vez, parte de las inquietudes sanjuanistas, como muchas veces se alude a las de la orden rival de los templarios-, no se encuentra precisamente en estas representaciones, comunes y características, por lo demás del estilo imperativo de la época que estamos tratando, sino en ese oscuro y prácticamente inédito conjunto de cabezas humanas que, bien formando duos bien conjuntos trinitarios parecen inducir al espectador a pensar en conceptos de profunda psicología, de los que ya se ocupara, a comienzos del siglo XX, el denominado brujo de los Alpes, el doctor C.G. Jung: ánima, ánimus, sí-mismo, inconsciente colectivo… Situados en el lateral sur –en el lateral norte, no queda rastro, aunque tal vez también tuvieran su réplica en los orígenes-, esos conjuntos hieráticos, alguno de cuyos rostros parece proyectar cierta animalidad, no sólo producen escalofríos, sino que a la vez, recuerdan aquellas otras esculturas, más elaboradas e identificadas por algunos autores como una posible alusión a la historia de Job, que conforman algunos de los capiteles del maravilloso claustro del monasterio aragonés de Santa María de Veruela, situado a los pies del Moncayo y a escasos kilómetros de un pueblo, Trasmoz, famoso por sus leyendas de brujas y diablos

Interesante, así mismo, es la presencia de un elemento no menos curioso, y en principio, podría pensarse que de escultura quizá algo más refinada que el resto: el hombre-verde, de cuya boca surgen las ramas o lianas alusivas a esa figura universal, representativa del inconsciente colectivo: la Madre. Canecillo y motivo que, curiosamente, se localiza por encima de la actual portada, más o menos, aproximadamente, en el lugar que ocupa en el templo, sanjuanista también, que veremos en la próxima entrada: San Juan de Barbalos.

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(1) Fernando Sánchez Dragó y otros autores: 'Finisterre. Sobre viajes, travesías, navegaciones y naufragios'. (Ciclo de conferencias organizado por la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo), Editorial Planeta, S.A., 1ª edición, Barcelona, abril de 1984, página 58.
(2) Op. citado, página 55.

martes, 6 de septiembre de 2016

Iglesia de Santo Tomás Cantuariense


Visto en la actualidad, posiblemente no sea el más espectacular de los templos románicos cuya planta, más o menos intacta, sobreviven en la capital salmantina, no obstante si por espectacularidad, consideramos un exceso de escultura y ornamentación, y por consiguiente su simbolismo asociado; pero cuando menos, conserva intacto el honor de figurar en las doradas páginas de la Historia, como la iglesia decana de la ciudad. Es decir, la más antigua, independientemente de que algunas otras, también se levantaran en esa misma y floreciente época: el siglo XII. Otra de sus peculiaridades, como ya podemos haber supuesto por su advocación, Santo Tomás Cantuariense o de Canterbury, reside, teóricamente, en el origen inglés de sus constructores. Un origen, después de todo, que junto con el normando, parece acorde con los movimientos de la Reconquista y cuya presencia volveremos a encontrar en lugares como Ávila o Cuenca, en ésta última, magistralmente presente en su imponente catedral, dedicada a la figura de Santa María de Gracia.

Situada en las proximidades de la iglesia de los dominicos y la de Calatrava -en la actualidad, reconvertida en Seminario Diocesano-, la iglesia de Santo Tomás –obviaremos, de aquí en adelante, lo de Cantuariense o de Canterbury-, conserva, no obstante, algunos curiosos elementos, sobre los que merece la pena recalar, siquiera echando un vistazo superficial. Como en el caso de los templos de San Marcos y de San Juan de Barbalos, que veremos en futuras entradas, una de sus peculiaridades, es que todavía conserva, en sus sillares, numerosas marcas de cantería, si bien no tan interesantes y con tanta profusión como se constata, por ejemplo, en la iglesia de planta circular de San Marcos.

Llaman la atención, por otra parte, la situación de los contrafuertes, en la nave y cercanos al ábside, con la inclusión de pequeños ventanales ciegos, tipo arcosolios, en cuya parte superior –al menos en el lado norte- destaca un atractivo motivo solar o polisquélico, en cuya parte central, como si fuera el eje de una rueda, comparativamente hablando, se localiza una estrella de seis puntas. Austeros y de carácter foliáceo son, sin embargo, los motivos de los pequeños capiteles. Similar diseño, encontramos también en el lado, a la misma altura, aunque con la inclusión, por encima del motivo principal, de una rueda, tipo rosetón o primitivo crismón. Los ventanales centrales, tanto del ábside principal como de los absidiolos, tienen forma de saetera. Precisamente, en el lado sur del ábside principal, se localiza otro arcosolio ciego, de cuyo motivo central, probablemente de carácter polisquélico también, surge una cabeza que, pudiera darse el caso, hubiera sido reutilizada y colocada con posterioridad.

Variado, además, es el tema de los canecillos que decoran la parte superior de los elementos de la cabecera, constatándose en su escultura, temáticas variadas aunque tradicionales, en las que se aprecian motivos foliáceos, rollos de pergamino, cabezas y personajes humanos, formas zoomórficas y criaturas mitológicas, como las arpías. Conserva la portada sur, cuyos capiteles mantienen esa austeridad que caracteriza generalmente a los motivos de índole vegetal, y en cuyos sillares, pueden apreciarse las numerosas marcas dejadas por los canteros, entiendo que siguiendo la costumbre de afilar sus instrumentos de trabajo. Comentar, por último, que los canecillos –siete en total-, que se observan por encima de la portada, vuelven a mostrar los rollos de pergamino como motivo principal, a excepción del central, en el que se aprecia un pequeño instrumento musical, tipo barril.

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sábado, 30 de julio de 2016

Románico de Salamanca


No en vano nombrada Capital Europea de la Cultura en el año 2002, Salamanca, o mejor dicho, su exhorbitante patrimonio histórico-artístico bien merecen una, o dos o las visitas que hagan falta, pues es tan rico y variado, tan espectacular y a la vez extraño, que no resulta fácil asimilarlo, si no es tomando la precaución de ir haciéndolo progresivamente y a pequeños sorbos. Obviaremos, por el momento, una parte importarte de ese patrimonio al que se hace referencia, para centrarnos, siquiera desde la perspectiva que nos ofrece la libre especulación, en ese arte antiguo, al que hasta épocas relativamente modernas se conocía como bizantino -término completamente adecuado, si tenemos en cuenta que fue, precisamente, a través de Bizancio o el Imperio Romano de Oriente, una de las vías, si no la principal, por la que penetraron en Europa una gran mayoría de conceptos y soluciones relativos al arte sacro- y al que, de algunos años a esta parte, todos nos referimos como románico. En relación a ello, no se nos podrá acusar de exagerados, si al ir haciendo una pequeña descripción de los templos sobrevivientes de aquél nebuloso periodo medieval, nos dejamos llevar por la sorpresa y gritamos a los cuatro vientos que, después de todo, éstos, lejos de constituir un ejemplo más de copia y pega, afín a cualquiera de las provincias o comunidades colindantes, ofrecen, por el contrario, elementos realmente interesantes, poco menos que únicos, en cuyas características tenemos, cuando menos, espacio más que suficiente para el noble arte de la especulación.

Tal sería el caso, por ejemplo, del exclusivo templo de planta circular -bien es verdad, que siguiendo el hilo de los comentarios de un querido amigo y maestro, Rafael Alarcón Herrera, este tipo de construcción fue muy popular, aunque desgraciadamente, han llegado pocos ejemplos intactos a nuestro tiempo- de San Marcos; la presencia de paganismos de origen celta, como esa probable representación de Pan que se encuentra en uno de los canecillos de la iglesia de San Juan de Barbalos -que contiene, además, la presencia de un vistoso Cristo románico, el de la Zarza, considerado como muy milagroso-; los cuantiosos y extraños canecillos con forma de bi y tritesta -por denominarlos de alguna manera, pues se presentan bajo la unión de dos o de tres cabezas- de la iglesia de San Cristóbal, comparables, cuando menos especulativamente, con aquéllos otros, más desarrollados que cualquiera puede ver en el claustro del monasterio aragonés de Santa María de Veruela o, la nobleza de una piedra y unos no menos curiosos mensajes gráficos, que desde comienzos del siglo XII todavía continúan llamando la atención en el que se considera como el primero de los templos románicos levantados en una ciudad, de fácil y agradable visita, que no comenzó a ser definitivamente repoblada hasta el año 1085, algún tiempo después de la decisiva victoria de Simancas, por el rey Alfonso VI, y dedicado a la figura de Santo Tomás Cantuariense, el famoso Thomas Beckett o arzobispo de Canterbury, donde todavía se conservan unas pinturas de su asesinato en el defenestrado templo de San Nicolás, en Soria capital.

Sin olvidar, por supuesto, las numerosas maravillas que todavía conserva la catedral vieja, aquélla inconmensurable obra de Arte que se comenzó a levantar en esta espléndida ciudad con posterioridad a estos acontecimientos, pero cuando todavía el peligro musulmán tenía aún mucho que decir, de la quien bien se puede afirmar que sobrevivió gracias a un milagro, pues se planeaba derribarla por completo para levantar la nueva.

Bienvenidos, pues, a un pequeño y especulativo viaje por el románico de Salamanca.  

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martes, 10 de mayo de 2016

Ribadavia: iglesia de Santiago


La iglesia de Santiago, si bien contemporánea de la de San Juan, y aunque de planta y proporciones similares, muestra, no obstante, algunas diferencias en cuanto a estructgura y ornamentación se refiere, incluida, además, la incorporación de un elemento de la que aquélla carece: el pequeño rosetón; un elemento curioso y bastante bien ejecutado, que demuestra una habilidad de la que quizás carezca el resto de ornamentación. De influencia aparentemente compostelana – se podría decir, que la referencia a la escuela compostelana, por no decir mateana es a Galicia lo que la silense poco más o menos al resto de Castilla-, su portada principal, orientada también a poniente, muestra algunos detalles interesantes, que si bien no brillan por la magnificencia en sí de la talla –como se decía, en referencia al rosetón, sino que denotan cierta primitiva tosquedad y la intervención, quizás, de diferentes canteros con desigual grado de habilidad o especialización-, sí lo hacen por la inclusión de un notable simbolismo, en alguno de cuyos exponentes, podrían tenerse en cuenta interesantes comparaciones con otros lugares allende Galicia, pero situados, así mismo, en el norte peninsular. Seis son los capiteles –tres a cada lado- que sustentan las arquivoltas. Los motivos de los tres capiteles situados a la izquierda, muestran elementos foliáceos y la presencia de un tipo de arpía, aparentemente masculina, donde aparte de la cola, larga y enroscada, que en su parte final parece presentar la forma de una cruz, destaca lo que parece ser un casco de forma circular en la cabeza. Este, a priori, puede ser un detalle interesante, porque la serie de motivos que comienzan en los capiteles de la derecha, lo hacen, igualmente, por la presencia de una arpía, en cuya confección ya se denotan ciertas diferencias, no menos curiosas: la presencia de plumaje y la incorporación, en el casco circular, de un pequeño pico o cono, que podría indicar la intención imaginativa del tallista a la hora de representar un ser mitológico que antes de tener escamas, tuvo alas: la sirena. Esto se puede comprobar mejor, si observamos con atención, el pequeño ventanal que se eleva sobre la portada sur del templo, donde se aprecia un ser semejante, incluido el cono en la cabeza y lo que parece ser una inequívoca cola de pez. A continuación de éste, y mostrando como fondo motivos foliáceos, dos aves abrevan en una fuente o pilar. A continuación de éstas, un curioso personajillo, teniendo también el motivo foliáceo como fondo, muestra un libro en sus manos. Este personaje, que en algunos templos de la vecina Asturias –concejos de Villaviciosa y Sariego- se muestra más elaborado, no delante, sino surgiendo de ese otro mundo vegetal, simbólicamente hablando, se suele identificar con el Apocalipsis y la figura del Evangelista. Recordemos que el término apocalipsis significa revelación y en estos diseños, se podría hacer referencia a esa difícil labor evangelizadora, realizada entre unos pueblos tal vez demasiado reacios a abandonar sus antiguas costumbres, muchas de ellas de origen celta y vigentes aún en la actualidad, sobre todo aquí, en Galicia.

Por encima del pórtico, vuelve a detectarse la presencia, entre los canecillos, de la figura del pez; salvo que aquí, en el templo peregrino de Santiago y a diferencia de la vecina iglesia de San Juan, hay dos canecillos que inciden en dicha figura, así como un tercero, éste último localizado en el ábside. Por cierto: los tres están orientados hacia arriba, hacia el cielo; ninguna hacia la tierra o hacia los polos. El ábside  incorpora, además, una pequeña curiosidad: un instrumento musical tan peculiarmente labrado, que la primera impresión que viene a la mente, es la de representar una guitarra. La serpiente enroscada e incluso el ouroboros, también están presentes, si bien la primera en el ábside y la otra formando parte de la imaginería canecística de la fachada sur. Una fachada, que contiene, además, una pequeña portada, precisamente en la que se aprecia otro elemento curioso e inusual: una referencia a ese personaje que, una vez elaborada la leyenda dorada cristiana, sustituyó a la antigua diosa Fortuna: Santa Catalina. Junto al capitel se aprecia una inscripción, de difícil lectura, que no obstante y generalmente, se interpreta como el me fecit del supuesto cantero. Aparte de otras curiosidades, en ese mismo lateral sur se aprecian algunas marcas de cantero, así como un arcosolio que contiene un curioso y anónimo sepulcro, que bien pudiera haber pertenecido a un caballero templario –aunque menor que la sanjuanista, yo no descartaría también la presencia templaria en Ribadavia-, pues muestra una cruz patada contenida en un círculo al principio de lo que podría ser el palo de un báculo.

Digna de mención, y por último, es la estilizada figura de un león que se localiza en uno de los capiteles de otro de los ventanales situados en la fachada norte. León que, aparte del simbolismo, es notablemente parecido a otro muy poco conocido en general, que se localiza en el interior de la torre de la iglesia de Santo Domingo de Silos, en la pequeña población soriana de Señuela.

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miércoles, 4 de mayo de 2016

Ribadavia: iglesia de San Juan


Uno de los ejemplos más evidentes de la importante presencia de los sanjuanistas en Galicia, lo constituyen ésta hermosa villa de Ribadavia, que todavía, como se pudo apreciar en la anterior entrada, mantiene generosamente preservada su antigua judería medieval, y la presente iglesia de San Juan. Como en el caso de Portomarín, también aquí se denota su presencia en una de las principales vías o rutas peregrinas hacia Santiago de Compostela: aquella que se denomina, precisamente por aprovechar una de las antiguas calzadas romanas, como Vía o Ruta de la Plata. A éste respecto, se sabe que aquí, en Ribadavia, los sanjuanistas mantuvieron una encomienda independiente hasta el siglo XVII, cuando fue definitivamente incorporada a la vecina Beade, en plena comarca del Ribeiro también, donde todavía se conservan numerosos símbolos relacionados con la presencia de la Orden. En líneas generales, se puede afirmar que el templo de San Juan –se estima su construcción, a finales del siglo XII-, es una interesante construcción, en la que sobresalen, probablemente, los detalles referidos a su ornamentación, bastante más que prolífica y críptica que en la cercana iglesia de Santiago. De ella, probablemente la parte más relevante, sea aquella referida a las metopas, donde se aprecia un simbolismo peculiar, que alterna motivos geométricos con elementos zoomórficos y fantásticos, que hacen olvidar por un momento la simple cuestión de estética y pensar en claves, cuyo mensaje resolutivo resulta, cuando menos, harto complicado dilucidar. Este detalle, no obstante, trae, así mismo a colación, no sólo la presencia de ésta orden guerrera y hospitalaria en la zona sino también, quizás, las mismas manos laborando en otros templos donde, a pesar de hallarse muy reformados hoy en día, contienen ciertos elementos sobrevivientes, que así podrían indicarlo y que en su momento, ocuparon las divagaciones de investigadores como Juan García Atienza. De hecho, así se consignaba en las sucesivas ediciones de su Guía de la España mágica, cuando hablaba de los enigmas afines a este tipo de simbolismo, haciendo especial hincapié en la iglesia de Santa María de Xuvencos, que además confundiera con la vecina de San Xulián de Astureses –haciéndome a mí caer también en el error, allá por Semana Santa del año 2013-, templo éste último del que se piensa que fue originalmente templario y que pasó a manos sanjuanistas tras la disolución de esa Orden.

Como muchos otros templos de Galicia, su portada principal está orientada a poniente. En ésta sobresale, en lo más alto del tejaroz, la figura presidencial del Agnus Dei, portadora de una cruz denominada en ciertos ámbitos como de Carlomagno, cuyo diseño resulta bastante popular dentro de la geografía gallega, pues se puede encontrar prácticamente en la totalidad de sus comunidades. Cierta curiosidad tienen, por encima de la portada, algunos de los canecillos, entre los que cabe destacar la presencia de aves unidas por la cabeza, una hermosa cabeza humana barbada –probablemente alusiva a la figura del santo titular, San Juan Bautista-, así como la presencia de uno de los primeros elementos o símbolos del Cristianismo: el pez. Tales elementos, parecen sobresalir sobre los motivos de las correspondientes metopas que, como se aventuraba, muestras diseños geométricos y fantásticos y posiblemente aludan a los vicios y pecados que generalmente se asociaban con todo aquello que tuviera que ver con cultos anteriores. No es de extrañar, por tanto, que similar temática se aprecie, así mismo, en los capiteles –seis en total, tres a cada lado-, cuyos elementos fundamentales alternan arpías y motivos foliáceos o vegetales.

Anexa al ábside, en la puerta de la casa parroquial se puede apreciar, posiblemente de época, un pequeño escudo en cuyo interior se aprecia una cruz de Malta o de Ocho Beatitudes.

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jueves, 28 de abril de 2016

Ribadavia


Cabeza de partido de la comarca orensana del Ribeiro y asentada a la orilla del río Avia, como su nombre indica, Ribadabia a pesar de todo, continúa conservando buena parte de ese esplendor que la hizo ser una de las más interesantes villa medievales, no sólo del antiguo reino astur-galaico-leonés, sino también de la Península Ibérica. No tanto por su belleza, quizás, como por la riqueza inherente a su entorno, fue ya, en su más remoto pasado, foco de interés para numerosos pueblos, entre los cuales cabría destacar la presencia, sugestiva y más cuanto se trata de Galicia, de los celtas. Asaltada por musulmanes y sucesivamente reconquistada por cristianos -todavía se mantienen en pie buena parte de su castillo y sus murallas-, no es de extrañar que intramuros se advierta, aún en la actualidad, la presencia de diferentes etnias culturales que convivieron bajo la celosa vigilancia de las órdenes militares, siendo una de las más importantes y representativas, la judía . A éste respecto, cabe destacar, no obstante, la importante presencia de una orden religioso-militar en particular: la del Hospital de San Juan de Jerusalén, que posteriormente pasó a denominarse, simplemente, Orden de Malta. De dicha presencia dan cumplido testimonio, cuando menos, la magnífica iglesia de San Juan, que marca, de alguna manera, el acceso al barrio judío –donde igualmente se localiza prácticamente intacta la antigua casa de la Inquisición, fácilmente reconocible por los numerosos escudos que adornan su portada-, y la iglesia de Santiago, templo románico no menos interesante que el anterior y de obligada visita para los peregrinos que accedían al lugar, recorriendo el trazado de la denominada Ruta o Vía de la Plata, cuyos pormenores y características veremos en las próximas entradas.


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