martes, 3 de noviembre de 2015

San Pedro de Angoares


Localidad situada entre Mondariz y Ponteareas, Angoares conserva uno de los templos más interesantes e incluso exóticos –como ha llegado a denominarlo algún autor-, del románico de Galicia: el de San Pedro. Situado a escasos metros del cementerio municipal, se sabe que el templo de San Pedro de Angoares tuvo carácter monasterial, al menos hasta mediados del siglo XV, detalle por el que también es conocido como Mosteiro. La tilde de exótico, que se comentaba al principio, le viene dada, porque, independientemente de las numerosas reformas y añadidos que se han ido produciendo a lo largo del tiempo, conserva un detalle, que le hace único en su género, cuando menos en Galicia: la combinación de la planta en forma de cruz y el ábside cuadrado, más típico, probablemente, de construcciones de índole prerrománico y visigodo. Si bien se ha perdido la portada principal, que como muchas otras construcciones, estaba orientada hacia el oeste, siguiente la trayectoria que realiza habitualmente el sol en su descenso al inframundo, aún con diferente estado de conservación, todavía mantiene buena parte de la ornamentación exterior original, referida, principalmente, a unas series de canecillos, que reproducen, en resumen, una generosa proyección de la motivación arquetípica, común a la práctica totalidad de los templos de su época y ámbito artístico.

De forma resumida, éstas nos introducirían en cuatro de los modelos básicos, que se podrían definir como: motivos antropomorfos –entre los que no faltan alusiones de marcado carácter erótico, si bien, curiosamente, es la cabeza del individuo y no su miembro, la que ha sufrido los efectos del martillo censor y también escatológico en algún caso, así como algún contorsionista-, motivos animales –donde, por su repetitividad, se da relevancia a la interesante figura de los bóvidos-, motivos geométricos y, naturalmente, las referencia foliáceas o vegetales que vendrían a motivar, entre otras, alusiones al concepto medieval del jardín o paradisum, que en el caso de los grandes monasterios, vendría a identificarse con aquellos jardines anexos a los claustros. Más allá del erotismo mencionado en algunas de las figuras antropomorfas de los canecillos de este templo de San Pedro de Angoares, llama la atención encontrarse con la figura en solitario del músico y su viola, detalle que quizá nos induzca a remontarnos a la música en la primeras épocas de la peregrinación, donde los salmos de alabanza fueron dando paso, con posterioridad, a una picaresca subida de tono, que posiblemente nos sea más familiar, por su abundancia, en las representaciones del músico –suele éste representarse, bien con la viola bien con un arpa-, y la sensualidad desplegada por la bailarina contorneándose que siempre le acompaña, donde se tiene un modelo muy particular del que quizás se fueron copiando los demás: el del Maestro de Agüero.

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