jueves, 6 de agosto de 2015

Vilar de Donas: San Salvador


Metafóricamente hablando, se podría describir este interesante lugar de Vilar de Donas y su templo, dedicado a la figura del Salvador, como el Ávalon lucense, donde Damas y Caballeros, legaron a la posteridad todo un vistoso misterio, digno de las más relevantes historias de caballería de la Edad Media. Decía Álvaro Cunqueiro, refiriéndose a este pragmático establecimiento –que de similar manera a como el Ávalon original quedaba fuera de los principales núcleos donde se desarrollaban las grandes aventuras epopéyicas relacionadas con el Santo Grial, queda también excluido de las lindes del Viejo Camino o Camino Francés, aunque separado de éstas apenas unos dos o tres kilómetros, como ocurre también más adelante, con el emblemático Castelo de Pambre-, ésta frase tan significativa, que no me privo ni me resisto a la tentación de consignar aquí, eso sí, bien referenciada con pelos y señales: Sí, está escrito que ante este pórtico y en el claustro se enterraban los fatigados cambeadores, custodios del Camino, que cabalgaban armados junto al río humilde de los peregrinos, y más tarde vinieron hallar tumba aquí los santiaguistas que alanceaban al moro en los ríos militares de España, el Duero y el Tajo (1). Es decir, que ya en este templo –en los elementos de cuyo pórtico principal, orientado a poniente, se evidencia la presencia inequívoca de ornamentos tradicionales de los viejos cultos celtas, como los cardos y los polisqueles, hasta el punto de que incluso en el pueblo, y a juzgar por los dimes y diretes de los visitantes, no es difícil oír hablar de una posible influencia irlandesa-, los héroes caídos en combate o simplemente abatidos por el poderoso e invencible enemigo de la vejez, recibían culto y atención, por parte de unas atípicas donas –que así mismo, recuerdan a las mitológicas valquirias de la tradición nórdica: aquéllas psicostásicas amazonas que conducían al Valhalla las almas de los guerreros muertos en combate-, que han pasado a la Historia, curiosamente, por su belleza y elegancia, detalle, no obstante, desconcertante, si nos atenemos a la ortodoxia tradicional anexa a cualquier tipo de noviciado, máxime de índole femenino. No es de extrañar, por tanto, que si bien más abundantes las sepulturas de carácter santiaguista, haya miembros de otras órdenes militares –como el comendador hospitalario que, según se comenta, ocupó en tiempos el enigmático templete o baldaquino que se localiza en el interior, o supuestamente, también, miembros anónimos de aquéllos otros que se perdieron, como reza una antigua inscripción en la iglesia de la Vera Cruz segoviana, probablemente refiriéndose a los templarios-, sepultados anónimamente bajo el verde y mullido manto herbáceo que recubre el solar de alrededor. Un solar y unos alrededores –bueno es recordarlo, oportunamente-, que, si bien muy alterados en la actualidad, desgraciadamente, brillaron en el pasado por su riqueza megalítica y celta, antecedentes, que con toda probabilidad vendrían a confirmar la persistencia de la utilización, por parte de los canteros que elevaron tan magnífico templo –e incluso artistas de época posterior-, de numerosas referencias simbólicas afines tan evidentes, hasta el punto de desconcertar al observador.

Ahora bien, yendo por partes, no cabe duda de que lo primero que llama la atención, apenas franqueado el curioso pórtico de entrada, es la riqueza simbólica subyacente en los restos amontonados en la parte derecha, de los sarcófagos que un día albergaron a la flor y nata de la nobleza caballeresca. Pertenecientes, como se ha dicho, a lo más rancio y antiguo de la nobleza gallega, incluidos Calderones y Becerras, observándolos, no es difícil imaginar parte de esa aventura espiritual, digna de las epopeyas de la quest griálica, que vivieron bajo la condición, al fin y al cabo, de los soberbios Milites Christi que en realidad fueron, independientemente del color del hábito que vistieran y el tipo de cruz que lucieran en el pecho, como así parece confirmar la simbología que lucen en sus escudos y sepulcros. Al respecto, baste decir que entre dichos símbolos, destacan aquellos que representan al árbol –como ya aventurara Ramón J. Sender (2), no sólo como uno de los primeros símbolos representativos del Sobrarbe o antiguo reino de Aragón, sino como que el árbol y la cruz han ido juntos desde los primeros orígenes de la historia de la humanidad- y las vacas sagradas o solares, cuyas huellas se pueden seguir por lugares muy relevantes de la geografía de Galicia, como son Noya –sepulcro del enigmático Ioan de Estivadas, en la iglesia de Santa María a Nova, aunque originariamente estaba en una capilla de la iglesia de San Martiño-, y Betanzos, lugar de enterramiento –entre otros- de aquéllos Becerra que, una vez desaparecido a mediados del siglo XIX su panteón familiar, la Capilla de la Quinta Angustia, éstos, sus símbolos, lucen hoy bajo algunos arcosolios situados en la zona lateral izquierda de la nave de la iglesia de San Francisco, por encima de las sepulturas de los Andrade. Más adelante, en la cabecera, parte de las pinturas confirman la elegancia y belleza de las donas a que se hacía referencia al principio.

Pero no sólo las pinturas de las donas han de llamar poderosamente la atención, pues en pocas representaciones historiadas que se localicen en tan sacro lugar, podrán verse símbolos tan inequívocamente relacionados con la Antigua Religión, en esos magníficos hombres-verdes representados a media altura, junto a la figura central del cuerpo de un Cristo que no sólo muestra los estigmas de la Pasión, esas simbólicas Cinco Llagas, sino que, además, exhibe, junto al sepulcro que teóricamente lo albergó hasta el tercer día en que resucitó, todos los elementos de la misma, posteriormente adoptados por las hermandades de canteros y masones, así como un curioso nimbo crucífero cuya cruz, en el fondo, es del mismo tipo patado que aquéllas otras, perfectas, que tanto abundan en el interior del templo. Un templo, en el que también se localizan curiosas e interesantes marcas de cantero, así como numerosas referencias céltico-solares en sus rosetas y polisqueles, acompañadas de aves y serpientes, distribuidas indistintamente como representaciones acompañantes de los motivos foliáceos, e incluso, sin preguntarlo, el amable guardián –recurrimos, una vez más, a los dimes y diretes- indicará, a todo el que esté dispuesto a escucharle, señalando hacia el árbol de seis ramas que se localiza en la basa de la columna de la izquierda, que según la opinión del párroco local, es un árbol del demonio. Y otros muchos más detalles, que es preferible que el peregrino, el curioso o simplemente el interesado, vaya descubriendo por sí mismo.

Vilar de Donas: en definitiva, todo un apasionante enigma a la vera del Camino Francés.

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(1) Álvaro Cunqueiro: 'Por el camino de las peregrinaciones', Alba Editorial, S.L.U., primera edición, Barcelona, 2004, página 98.
(2) Ramón J. Sender: 'Ensayos sobre el infringimiento cristiano', Biblioteca de Heterodoxos y Marginados, Editora Nacional, Madrid, 1975.

lunes, 3 de agosto de 2015

Portomarín: la iglesia de San Nicolau o de San Xoan


Bien sabía de lo que hablaba Álvaro Cunqueiro –cronista por excelencia de la brumosa Galicia-, cuando, refiriéndose a ésta impresionante iglesia-fortaleza de San Xoan o de San Nicolau, que por ambos nombres se la conoce, decía aquélla certera frase de: las piedras labradas con ejemplar perfección por los maestros canteros del mil doscientos, quienes sabían, con la imaginación y el corazón, que construían una iglesia (1). Ahora bien, Portomarín, en la actualidad, no es sino un espejismo en el viejo Camino Francés hacia Santiago de Compostela; una villa reconvertida, aún más, si cabe, en mariñeira o en mariñana cuando se llevó a cabo la creación del embalse de Belesar, bajo cuyas aguas -que despiden lentejuelas de púrpura y plata al lavarse en ella la cara los primeros rayos del sol- y en un lecho de limo y eterno olvido, yacen para siempre muchas de las casas del pueblo original: aquél que conocieran bien los peregrinos de antaño, férreamente custodiado por los aguerridos monjes-guerreros hospitalarios, de hábito negro, rojo en ocasiones, y cruz blanca, de las denominadas de ocho beatitudes, en el pecho. Por eso hablamos de espejismos al referirnos a él, porque poco o nada es lo que parece, puesto que incluso su monumento histórico-artístico más destacado, ésta monumental iglesia de San Nicolau o de San Xoán, como es más conocida, tampoco está en su emplazamiento real, sino que fue trasladada piedra a piedra de su lugar original, en la ribera, junto a la orilla del río. Y aun así, no obstante, seamos sinceros, quien visita Portomarín, sube por su calle principal y se detiene a contemplar ésta insigne maravilla, que en tiempos formó, nada más y nada menos que una de las encomiendas más importantes de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén en la provincia de Lugo, miente o se engaña a sí mismo, si afirma que no le impresionó. Y es que, contemplando la soberbia estructura de templo-fortaleza que tiene tan emblemática joya arquitectónica, cuyos orígenes se remontan a los siglos XII y XIII, es difícil, cuando no imposible, no pensar en los modelos compostelanos y escuchar, siquiera sea en la imaginación, divino tesoro, el sonido maravilloso de las prodigiosas campanas de su catedral, reconquistadas a la morisma siglos más tarde de la terrible razzia del fatídico Almanzor, que alentaron con su dulce tañido las sublimes creaciones de Maestros, como Mateo. Porque aquí, en la belleza y en la perfecta factura de sus tres pórticos vemos, cuando menos, parte de esas sutilezas anímicas e imaginativas de uno de los más grandes Maestros, al que injustamente en tiempos modernos se llegó a calificar como de oscuro arquitecto de la corte del rey Fernando II de León, así como el paso de una Escuela que, a base de perfección y de equilibrio, fueron situando estratégicamente diferentes lecciones de simbólica e incluso se podría afirmar también que de gnóstica sabiduría, para maravilla y ejemplo de unas gentes, peregrinos principalmente, que acudían al remoto y añorado Campus Stellae sabiendo -o mejor dicho, esperando cuando no intuyendo (2)- que en su duro camino se encontrarían con los mensajes trascendentales de un colegio subliminal, especialmente preparado, cuya gramática y rima, pura y universal, se basaba, principalmente, en la fuerza que conlleva el rey supremo de los arquetipos que subyacen en lo más profundo del alma colectiva de los pueblos desde el alba de los tiempos: el Símbolo.

Alentado, quizás, por esa música celestial, que desafiando al tiempo, al espacio y a la imaginación, parecen interpretar los veinticuatro ancianos del Apocalipsis –he aquí, uno de los símbolos recurrentes y que con mucha se frecuencia se encuentra en el denominado románico del Camino, aparte de otro tipo de alusiones musicales más terrenas- en peremne sinfonía desde las arquivoltas celestes de su portada oeste o principal -recordemos que como en el caso de las iglesias del entorno de O Cebreiro el peregrino entraba, simbólicamente, de la muerte al renacimiento, del ocaso a la luz-, haciéndole el coro a una figura evangélica –posiblemente, el santo titular-, contenida, como Cristo, en una mandorla, el peregrino sabe que su próxima etapa queda tan sólo al tiro de piedra que suponen los 9 kilómetros que lo separan de Paradela y los veintitrés de Sarriá. Pero no los recorrerá, Dios mediante, sin antes echar un vistazo al resto de elementos –principalmente, las otras dos portadas-, que han de ser clave y quién sabe si llave, para abrir no sólo las puertas de su percepción, a flor de piel después de las etapas recorridas, sino también, y no menos importante, las de su imaginación. De las dos, posiblemente la más trascendente, por su rareza, sea la curiosa Anunciación que destaca en el tímpano de la portada norte. Una Anunciación, en la que las figuras del mensajero Gabriel y de María, se encuentran separadas por un elemento atípico –tal vez fuera sustituido con posterioridad, por la jarra florida que se encuentra en casi todas las representaciones alusivas y es, así mismo, emblema de los monasterios cistercienses- como es un arbor vitae de cinco ramas, como los lados del pentágono, figura que, aparte de otros aspectos simbólicos, se asocia, generalmente, a la figura de Nuestra Señora. Recordemos, como curioso al menos, el detalle de que éste árbol, en otros lugares cercanos, como la iglesia de San Salvador de Sarria e incluso la homónima de Vilar de Donas, está representado con seis ramas o con seis hojas, hasta el punto de que, precisamente en éste último lugar, y a instancias parroquiales, por dicho detalle, se denomina el árbol del demonio. El tímpano de la portada sur, está ocupado por tres figuras, una de ellas portando una davidiense arpa, siendo, probablemente la del centro, alusiva a la figura del otro santo titular: San Nicolás, aunque aquí, probablemente por una cuestión de espacio, se obvie el elemento dágdico que siempre le acompaña, que no es otro que el cubo o caldero, en cuyo interior se representan, generalmente, las figuras de tres niños, símbolo de renacimiento, regeneración o, en definitiva, inmortalidad. 

Es, precisamente, en este lado sur, donde tanto el peregrino, como el curioso, como el viajero, encontrarán una gran y variada profusión de marcas de cantería y donde también son, quizás más abundantes las representaciones de monstruos antropófagos, oficialmente devoradores de pecadores, pero que, simbólicamente, están relacionados con las penurias y peligros que conlleva siempre toda búsqueda del Conocimiento. San Xoan de Portomarín: después de todo, todo un hito en el camino del peregrino.

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(1) Álvaro Cunqueiro: 'Por el camino de las peregrinaciones', Alba Editorial, S.L.U., primera edición, Barcelona, febrero de 2004, página 82.
(2) Uno de los casos más conocidos, aunque en algunas fuentes también es cierto que se califica como de imaginario o simbólico, es el que pretendidamente realizó el famoso alquimista francés Nicolás Flamel.