sábado, 18 de julio de 2015

Santa Comba de Bande


Es indudable de que tienen algo especial, no sólo por ser los últimos vestigios de un mundo definitivamente perdido en los tenebrosos meandros de una historia, cuyos orígenes continúan siendo un completo enigma, sino también porque representan, silenciosamente y a su manera, parte de esa luz venida de oriente que alumbró, siquiera sea con luces de candil las oscuridades surgidas con el colapso de un Imperio Romano, cuyos antepasados fueron primero siervos y después señores. Los godos, o si así se prefiere, los visigodos, dejaron en la Península, antes de ser defenestrados con las primeras invasiones árabes del año 711, unos singulares templos, de planta netamente basilical, en cuyos detalles se constata conocimientos matemáticos y astronómicos sorprendentes -como la utilización del número áureo-, para una cultura absurdamente calificada de bárbara. Santa Comba, en el concejo orensano de Bande, es un pueblecito anclado misteriosamente en la nostalgia. Nostalgia en la que, a juzgar por los vestigios arqueológicos repartidos por sus alrededores, debió de tener una importancia bastante más que relativa en aquellos oscuros tiempos. Situado a una veintena de kms. de Celanova y a otros tantos, kilómetro más kilómetro menos, de Portugal, parte de su ancestral historia está ligada a esos primeros tiempos del Cristianismo, en los que incluso el Apóstol de Apóstoles, ese Santiago Boanerges, desesperaba por sus fútiles intentos de convertir a unas gentes rehacias a abandonar los misterios de sus primitivas religiones y al que según la Tradición, recibió consuelo y ánimo de esa figura mariana, pequeñina y galana -como dirían en la vecina Asturias, refiriéndose a su homóloga de Covadonga-, que hoy preside los altares mayores de la basílica zaragozana que lleva su nombre, pero cuya imagen campea por casi todas las iglesias, dentro y fuera de este bastión celta: la Virgen del Pilar. De hecho, la basílica visigoda de Bande, mantiene una estrecha relación con uno de los primeros discípulos santiaguinos, en una de cuyas capillas, todavía conserva el sepulcro de piedra, sencillo y poco honeroso, que supuestamente, contuvo sus restos mortales: San Torcuato.

Por otra parte, y aunque en su interior no faltan los típicos entrelazados, racimos de uva, aves, orantes y danielesianos leones típicos de la ornamentación visigoda, ésta pequeña joya -una de los escasos supervivientes gallegos de su género-, contiene otro pequeño tesoro en su interior, aunque no importa -o al menos, así me lo parece- el detalle de haber sido realizado en una época posterior: las interesantes pinturas románicas, que un admirable estado de conservación, sorprenden por la fuerza de su simbolismo. Situadas hacia naciente, en la cabecera o sancta-sanctorum del templo muestran, en primer lugar, y a uno y otro lado del pequeño ventanal, utilizado a modo de pequeña hornacina para contener una imagen de San Torcuato ataviado de obispo, una Anunciación, con la figura de Gabriel, el ángel mensajero, a la izquierda y la de María -incluida esa ave isíaca, posteriormente representativa del Espíritu Santo- arrodillada, con la mano izquierda sujetando un Libro abierto y la derecha en el pecho. Pero quizás más sorprendente, es la representación que, bajo un cielo estrellado, representa un auténtico Pantocrátor Trinitario, escoltado por las figuras simbólicas representativas de los Cuatro Evangelistas, donde el Hijo aparece una vez aceptado el Cáliz Amargo presentado por el ángel en el Huerto de los Olivos; es decir, crucificado. Pero crucificado, quizás, sobre una cruz Tau, la misma que más abajo, en el mundo que se mantiene a sus pies, y pintada de rojo, separa las tres partes conocidas de la Tierra en esa época: Europa, África y Asia.

Situada o no en ese misterioso Paralelo 32 donde, según investigadores, como Juan García Atienza, parece que se recogen determinados monumentos situados estratégicamente en lugares telúricamente importantes, no cabe duda de que ésta pequeña joya merece no sólo una visita, sino también, una atención muy especial. Y eso sí, por haberlo sufrido y porque de su frecuencia así me lo advirtieron, recomiendo que en la mochila no falte nunca una buena linterna: posiblemente los antiguos manes, celosos de la admiración que el templo despierta en las gentes, suelen jugar malas pasadas con la luz.

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