martes, 31 de marzo de 2015

Pontevedra: de los poblados celtas a las grandes catedrales


No deja de ser, en el fondo, una sencilla cuestión de contrastes, aquélla de ver en Pontevedra, una comunidad donde mayor se sienta esa natural interconexión entre modelos de vida donde lo arcaico de unas costumbres profundamente arraigadas, las celtas, se niegan obstinadamente a desaparecer, conviviendo, quizás con mayor intensidad que en las restantes comunidades –siquiera, si nos atenemos al romanticismo implícito de sus ruinas y en el modus vivendi et operandi de sus pequeñas aldeas-, con el fruto evolutivo afín a otras creencias y filosofías –evidentemente, la cristiana- que, después de todo, nunca consiguieron desarraigarlas por completo. No debería extrañarnos, por tanto, si nos atenemos a este planteamiento, y observamos, en las magníficas construcciones de unos estilos artísticos –el románico y el gótico, principalmente- que se fueron asentando a medida que avanzaba con imparable ímpetu la cristianización de estas tierras, continuas referencias a esos viejos mitos y creencias, que fueron políticamente utilizados por los poderes fácticos, además de para evangelizar a las gentes, para hacerlas entender, también, su triunfo sobre la Vieja Religión. Si bien, en un principio la política de templos paganos arrasados llevada a cabo por ese fanático martillo pilón elevado a la santidad, que fue San Martín Dumiense, privó a la posteridad de congraciarse con la visión de magníficos monumentos -sobre todo megalíticos-, políticas más inteligentes -que no menos pérfidas-, como las llevadas a cabo por el Papa Gregorio el Grande, cuando dio instrucciones al futuro San Agustín para destruir los ídolos paganos, pero respetando sus templos, santificándolos con reliquias cristianas para atraer a las gentes, dieron resultado, también, la utilización por los canteros de los viejos símbolos. De tal manera, que cuando uno se pasea por los templos románicos de la región -concepto extensible, por supuesto, a los de otras regiones- o por sus grandes catedrales, como la de Tui -situada en las inmediaciones de la frontera portuguesa y a escasos 6 kilómetros del antiguo castro celta de La Guardia, con vistas al infinito mar- no ha de extrañarse, si junto a esa cándida interpretación cristiana del Libro, figuran, también, símbolos que tuvieron una especial trascendencia para los antiguos habitantes del lugar, como los misteriosos hombres verdes -representativos de esos primigenios espíritus de la Naturaleza, cuyo recuerdo anida en lo más florido de las leyendas-, nudos, cuernos y calderos e historias, como la de San Ero -réplica de aquélla otra que también se comenta en el monasterio navarro de Leire, acerca del abad San Virila- que posiblemente tengan su origen, así mismo, en las míticas epopeyas celtas.


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