martes, 10 de febrero de 2015

San Martiño de Brabío


Situado a apenas dos kilómetros del casco urbano de Betanzos, a cuyo partido y ayuntamiento pertenece, no muy lejos de la antigua carretera de La Coruña y la nueva autovía, y aunque muy reformado en líneas generales, un pequeño templo románico, dedicado a la popular figura de San Martiño, merece, aunque sea breve, un pequeño toque de atención. Conserva, en cuanto a la forma de su diseño, las antiguas características de los templos prerrománicos; es decir, la cabecera o ábside de forma cuadrangular y la nave rectangular. Posee, además, dos pequeños pórticos de acceso: el principal, situado hacia poniente y uno secundario, que se localiza en el lado sur de la nave. De sus funciones de probable capilla cementerial en la actualidad, da confirmación el cementerio anexo. Tanto la iglesia como el pequeño cementerio, están rodeados de un entorno en el que se alterna bosque, y algunas tierras de labor, entre las que destacan la presencia de viñedos.

Los tímpanos de ambos pórticos, están lisos, de manera que se podría concluir que, o bien fueron así desde un principio o si hubo algún motivo labrado en ellos –como sería lo más probable-, en la actualidad ha desaparecido. En la parte superior de las jambas del pórtico principal de acceso, aquél situado a poniente, dos leones de aspecto fiero, aunque bastante desgastados por el efecto del tiempo y la erosión, cumplen su función de elementos protectores. Posee varios pequeños ventanales, tipo saetera, que se distribuyen en ambos laterales y en el ábside. Los laterales, así mismo, ofrecen de su fábrica original, algunos canecillos, de los que destacan sobre todo dos: uno que representa a un músico tocando la viola –faltaría la pareja, es decir, la bailarina contorsionándose- y otro que podría corresponder, con toda probabilidad, a una pareja yaciendo. Y lo podría corroborar, no sólo el aspecto del canecillo en cuestión, sino también el detalle de que la erosión que se aprecia en él, parece más efecto del hombre y la censura del martillo. El resto de canecillos, muestran motivos foliáceos, lisos y geométricos.

No muy lejos de la entrada sur, y en buena parte cubierta por la tierra y la hierba, se vislumbra una curiosa lápida, anónima y probablemente medieval, en la que se aprecia una cruz que, por su aspecto, parece representar las típicas cruces procesionales. Pero en la historia de este pequeño lugar de Brabío, existen algunas referencias a un tema, desde luego muy controvertido, como es el de las monjas templarias. En efecto, hay documentación que así lo asevera, según lo expone Carlos Pereira Martínez (1), en un pequeño texto que reproduzco íntegro: ‘El 20 de junio de 1201 Pedro Rodríguez, y su mujer Gontroda Peláez, venden a Urraca Vermuiz, soror templi, unas heredades junto a San Martín de Bravío (Betanzos). Pocos días después, el 2 de julio, las mimas personas hacen un documento, aunque, en este caso, a Urraca Vermuiz se la llama soror militie templi, por el cual se concierta otra venta, en un lugar junto a la heredad anterior, asimismo en Bravío, entre los ríos Midii et Mandeu; en ese documento figuran como confirmantes, por parte del Temple, don Rodriguo Fernández, comendador de la bailía de Faro, y otros freires, entre ellos un capellán, don Juan, el primero que aparece en la documentación gallega que se conserva’.

Y es que Galicia, después de todo, continúa siendo terra meiga por excelencia y en ocasiones, ciertos lugares, aparentemente sencillos, deparan grandes sorpresas.


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(1) Carlos Pereira Martínez: 'Los templarios. Artículos y ensayos', Editorial Toxosoutos, Serie Trivium, 1ª edición, Noya, junio de 2002, página 76.

San Miguel de Breamo


No sería una exageración, a mi modo de ver, pensar en este templo de San Miguel de Breamo, como en uno de los exponentes más bellos y a la vez más misteriosos de todo el románico gallego. Tal vez contribuyan a ello, factores determinantes como su completo aislamiento, el inconmensurable lugar de poder -o del espíritu- donde se ubica, la protohistoria que se cierne sobre él y ese halo de leyenda donde se intuye, imposible de demostrar, al menos desde el sólido planteamiento de la documentación histórica, la sombra, alargada pero terriblemente escurridiza, de los grandes custodios del Camino y de la Tradición, que fueron los caballeros templarios. Aunque hay fuentes que apuntan en esa dirección, tampoco se han hallado vestigios del castro celta que, se supone, se localizaba en ese preciso lugar donde se colocaron los cimientos de un templo cuya consagración parece coincidir con el año de la mayor catástrofe del Reino Latino de Jesuralén, aquélla que, conocida como la batalla de los Cuernos de Hattin, marcaría el principio del fin de la presencia latina en Oriente y también, de alguna manera, el principio del fin de la propia Orden del Temple: 1225; es decir, 1187.

Un caso parecido, salvando las distancias, aunque con la diferencia de multitud de pruebas aportadas por la arqueología, sería el la iglesia de San Vicente de Serrapio, situada en el concejo asturiano de Aller. Enclavada en un lugar similar, también de poder o del espíritu, en el templo donde los celtas castreños adoraban a sus dioses, los conquistadores romanos elevaron otro templo en honor a Júpiter, como la tradición situaba otro en lo más alto de otro monte sagrado: el Moncayo.

Se ignora, por otra parte, cuándo se instalaron aquí los canónigos regulares de San Agustín, aunque sí se sabe que permanecieron hasta el siglo XVI. De proporciones equilibradas, con planta en forma de cruz, ábside principal y dos absidiolos auxiliares -capillas de la Epístola y del Evangelio-, San Miguel de Breamo, como la colegiata compostelana de Santa Máría la Real de Sar, son lugares donde el misterio parece haberse alojado con una fuerza difícil de superar. Desde aquí, así mismo, la visión de la bahía de Pontedeume resulta, sin duda alguna, sencillamente espectacular.

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