jueves, 18 de septiembre de 2014

Betanzos: iglesia de Santiago



Betanzos, antigua encomienda que los templarios establecidos en Galicia permutaron en 1255, y a instancias del rey Alfonso X, por las martiniegas reales de Zamora, que comprendían las tierras de Aliste y Alcañices. Una permuta, que seguramente, y después de todo, tuvo un trasfondo oculto dentro de los planteamientos filosóficos de una orden de caballería que durante sus aproximadamente doscientos años de existencia, dio cumplidas muestras de grandeza e ideales, los cuales, en muchas ocasiones, se apartaban de la ortodoxia previamente establecida. Hablar de los edificios sacros más emblemáticos de Betanzos, obliga, cuando menos, a ésta pequeña apreciación, pues aunque no se puede decir que templos como el presente de Santiago, o los de San Francisco y Santa María del Azogue, que veremos en próximas entradas, fueran de su autoría, sí se podría afirmar, no obstante, que al menos una parte importante de su espíritu, sobrevivió en cada uno de ellos.

En la actualidad, el templo de Santiago ha vuelto a resurgir de su lánguida placidez, como diría Verlaine, en torno a los dimes y diretes que historiadores, arqueólogos e investigadores mantienen con relación a una curiosa inscripción que se localiza en uno de los contrafuertes de su ábside -bueno es recordar, en primer lugar la forma hexagonal de éste, y a continuación, fijarse en que, a escasos centímetros de la susodicha inscripción, perviven varios símbolos que no sólo son idénticos a los que se pueden encontrar en la cercana iglesia de San Francisco, sino también entre los muchos que se constatan en las losas que se custodian en la iglesia de Santa María a Nova, en Noya-, de la cual, unos afirman su naturaleza netamente gótica y otros, quizás no sin fundamento, mantienen la hipótesis gaélica, que no sería en modo alguno antinatural, si recordamos ciertas referencias de valor, como podría ser, yéndonos a la vecina provincia de Lugo, el magnífico templo de San Salvador de Vilar de Donas y sus plausibles orígenes irlandeses. Por ignorancia, me abstengo de tomar partido por una u otra teoría, detalle que no me impide, sin embargo, aventurarme en el magnífico universo de la probabilidad hipotética que otros muchos símbolos, contenidos principalmente en la portada principal del templo, ofrecen a cualquier investigador, se juegue o no con la sacrosanta especulación.
 
No es especulación, por otra parte, constatar que -entre otros- uno de los símbolos más trascendentales que se repite en este templo dedicado al Sanctus Hispaniae Patronus, no es otro que esa perfecta unión de los principios masculino y femenino, representada por el Sello de Salomón, también conocido, vox populi, como Estrella de David. Y subrayo lo de David, porque a este linaje pertenecía la figura estrella cuya vida, dos mil años después, continúa siendo, a la postre, uno de los mayores enigmas de la Humanidad: Jesús, quizás de Nazareth o quizás, como apuntan otras fuentes de las que se hacen eco numerosos investigadores, el Nazareo, lo cual, aunque parecido, no sería exactamente lo mismo.
 

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Generalmente cerrada al público, excepto en las ocasiones en las que el culto media para la apertura de sus puertas, su portada oeste o principal, contiene los suficientes elementos simbólicos como para hacer que la especulación a la que se aludía anteriormente resulte, si no un Arte, desde luego, sí al menos un apasionante ejercicio. Ejercicio que podría comenzar, dejando para más adelante el tímpano y los contenidos de las arquivoltas, en la temática de unos capiteles que, por naturaleza y aludiendo a ese oportuno recurso que es también la comparación –por muy odiosa que ésta pueda resultar en ocasiones-, podría ofrecernos la sensación de un figurado descenso a los infiernos, como contraposición a esa deliciosa gloria celestial que envuelve al Cristo en Majestad, que no sólo luce los estigmas de la Pasión bien visibles en manos y pies, incluida en el costado la herida producida por la lanza de Longinos –como ocurre en ciertas representaciones de la prestigiosa escuela de Carrión-, sino que, además, se ve genuinamente acompañado por una serie determinada de personajes, alguno de los cuales, requiere, por su circunstancia, atributos y situación, una especial atención. Pies en tierra, pues, y de frente a los capiteles, no tardaremos en observar que, junto a la presencia de los elementos de índole mitológica y amenazadora que caracteriza, por regla general, a este tipo de construcciones –arpías, dragones, serpientes y demonios que constituían todo un ejemplo, comparativamente hablando, del tránsito del alma por los diferentes estadios del inframundo, como ya lo testimoniaban, entre otros, los respectivos Libros de los Muertos de culturas aparentemente inconexas, como sería la egipcia y la tibetana y que, en definitiva, formarían así mismo parte de esas experiencias, no exentas de moralina-, aparece uno, en particular, cuya repetitividad, sugiere, quizás, una llamada de atención por parte del cantero: el león. No sólo símbolo de carácter solar en su faceta positiva, el león, por alusiones, se relaciona también con Cristo –no olvidemos la referencia acerca del león de Judá-, y la casa real de David, aquél mítico rey cuya música –figurativamente hablando-, deleita a los peregrinos que se detienen a observar su magnífica escultura en la portada de Platerías de la catedral de Santiago de Compostela. Símbolo presente en el Pantocrátor como animal representativo del evangelista san Marcos, el león representa, también, una alusión al Conocimiento. Conocimiento, difícil de alcanzar –recordemos el alegórico camino de espinas que lleva a él-, que en algunas ocasiones es preciso arrancar por la fuerza y cuyos dos ejemplos más significativos, no serían otros que la mansedumbre de Daniel y la lucha de Sansón. Antagonista, en su faceta nocturna y lunar, otro animal no menos simbólico, reclama, así mismo, nuestra atención: se trata del lobo. El capitel en cuestión, nos muestra a una figura arrodillada, en actitud de rezo, a la que parecen acechar varios lobos. La idea más generalizada –y de hecho, la más fácil e incluso convenientemente correcta, según los cánones establecidos-, sería la de ver en ellas una alegoría a la Iglesia y sus enemigos; pero no olvidemos, por contrapartida, que precisamente éstos, aquellos que la Iglesia calificaba de herejes –pongamos como ejemplo, a gnósticos y cátaros, entre otros muchos-, se referían a ella y a sus servidores, como los lobos de Roma. En algunos ámbitos heterodoxos, no obstante, se cambiaba el calificativo de lobo por el de zorro. He aquí, algo para meditar, pues, como bien decía Álvaro Cunqueiro, no estaría de más preguntarse: ¿qué turba el corazón de un santo que pueda también turbar el corazón de un lobo?.
 
 
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Mediador entre los estados celestial y terrenal, la figura ecuestre de Santiago –situados ya en el tímpano-, trae a la memoria las viejas leyendas medievales y la temprana utilización de la inventiva y la propaganda como arma política para alentar a unas masas, las cristianas, que ya para cuando se levantó esta iglesia, en los siglos XIV-XV, se había sacudido buena parte del yugo musulmán que la mantuvo en un puño durante los siglos anteriores, si bien aquí, la típica figura del musulmán sucumbiendo ante los cascos del poderoso caballo del apóstol, se ve sustituida por la de un orante cristiano, posiblemente implorando su intercesión y ayuda. Por encima de él, la imaginería desplegada en las arquivoltas, vuelve a jugar con la suspicacia del observador, atrayendo su atención hacia los personajes situados a ambos lados de la figura central y preeminente, ocupada por el Cristo in Maiestas. Probablemente referencias a apóstoles y profetas –llaman la atención, algunos rostros barbados que parecen materializarse desde lo más profundo de la piedra-, merece la pena fijarse en la figura femenina que ocupa un indiscutible lugar de preferencia al lado del Salvador, por delante de las dos figuras que, por sus atributos, podrían perfectamente corresponder a los dos pilares de la Iglesia: los apóstoles Pedro y Pablo. Portadora de un frasco o recipiente en las manos, ¿a quién podría aludir, sino a un controvertido personaje, cuya figura, muy popular durante la Edad Media, cuyo culto se vio reduciendo progresivamente, sustituido por la figura de la Virgen María?: María Magdalena. Pero hay algo más, curioso, extraño y relevante a la vez, en el diseño y personajes de la arquivolta inmediatamente superior a ésta.
En cuanto al diseño, señalar que la arquivolta en cuestión, está constituida por al menos una decena de elementos que, a la manera de arquillos lombardos –por citar un parecido más o menos razonable-, conforman uno de los símbolos determinantes que aparecen en los crismones: la letra griega omega, que señala el fin, en contraposición al sentido de principio que conlleva su opuesta pero complementaria, la letra alpha. Y lo más curioso todavía, el detalle que nos remite a lo que se comentaba al principio de la presente entrada: ¿no parecen, esas parejas de guerreros que se observan entre los huecos, una alusión, poco menos que inequívoca, a esa orden religioso-militar que, como se comentaba, tuvo una poderosa presencia en Betanzos hasta su permuta en tiempos del rey Alfonso X?.
Estos, sólo son algunos de los intrigantes enigmas que envuelven a esta espectacular iglesia de Santiago, a la que muy bien se podría aplicar aquél refrán popular, que asevera que de aquéllos lodos, vienen estos barros.