viernes, 13 de junio de 2014

Rovoyra Sacrata: un viaje alucinante


El viaje toca a su fin, pero no es un adiós definitivo, sino simplemente un hasta la vista. Es imposible decir adiós a un lugar como la Rovoyra Sacrata. Los sentimientos no lo permiten. Y desde luego, el espíritu tampoco. Aun simplemente viendo una pequeña parte, difícil resulta no sentir nostalgia. La nostalgia, más que una cualidad, es un Don. Sería injusto si sólo pensara en la Rovoyra Sacrata como el único Don de Galicia. Galicia entera, en su conjunto, céltico y ancestral, es el mayor Don con el que uno tiene la suerte de toparse. Por eso, aunque momentáneamente nos despedimos de esta zona privilegiada que une aún más si cabe a la provincias de Lugo y Orense, el Viaje continúa por estas tierras llenas de Magia y de Misterio. El Caminante es como una gota de agua que se deja llevar. Por eso os invito también a dejaros llevar y si con las futuras entradas se consigue llevar a cualquier rincón del mundo un poquito de esa chispa ancestral, de esos enigmas encumbrados, de esas costumbres que todavía perviven en lo más hondo de este pueblo generoso, o incluso de ese Arte, románico o no, que al cabo de los siglos continúa levantando admiración y suspicacias, la fatiga no habrá sido en vano.
Galicia Terra Meiga

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miércoles, 11 de junio de 2014

San Miguel de Eiré



A punto de concluir este breve, pero espero que interesante recorrido por parte de los lugares más significativos de ésta inconmensurable Rovoyra Sacrata en la que comparten protagonismo las provincias de Orense y Lugo, sería imperdonable hacerlo sin dedicar, siquiera unas breves líneas, a un lugar, desde luego, muy especial: San Miguel de Eiré.

No obstante situado tierra adentro, entre Ferreira de Pantón y Monforte de Lemos, la iglesia sobreviviente de lo que en tiempos fuera otro importante cenobio, muestra, en su conjunto, interesantes detalles, cuya composición, desde luego, invita seriamente a la especulación, sugiriendo ciertas presencias en el lugar, que aunque privadas del auxilio y garantía de los testimonios escritos, no se deberían descartar sin más. Sería el caso, por más señas, de la Orden del Temple. Su presencia no nos resultaría demasiado extraña, si se observan determinados símbolos que parecen corroborarlo y además se tienen en cuenta, además, otros factores añadidos, como el establecimiento colonizador de aquélla que en buena ley ha sido denominada como su orden hermana: la Orden del Císter.
Si bien existen ciertas referencias documentales que se remontan al siglo XII, entre ellas, al parecer, su fundación por parte de una dama de la nobleza llamada Escladia Ordóñez y una donación realizada en 1129 por el rey Alfonso VII, algunos elementos que se conservan en el interior -como una ventana bífora con arcos de herradura, según comenta Luis Díez Tejón (1)-, sugieren la existencia anterior de un establecimiento de origen visigodo, del que no existen referencias, pero que indica, no obstante, la importancia sacra que ya tenía el lugar desde tiempo inmemorial. Ahora bien, como en el caso de San Fiz de Cangas, también aquí, en San Miguel de Eiré, se tiene constancia de una comunidad de monjas benedictinas, que en el año 1507, al ser suprimido el monasterio, fueron trasladadas a San Pelayo de Antealtares, pasando sus rentas al Hospital Real de Santiago, convirtiéndose la iglesia en parroquial.

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Por otra parte, si en cuanto a detalles se refiere, el que más llama la atención es la originalidad del conjunto, quizás único, dada su planta cuadrada y quizás una desproporcionada altura para su longitud, no resulta menos llamativo, en absoluto, observar otros pequeños e interesantes pormenores, algunos de los cuales coinciden con los que se localizan en el citado monasterio de San Fiz. Uno de los más llamativos, sin duda, es la losa funeraria que sirve de cancela a la puerta de la valla exterior que salvaguarda el acceso al recinto. Una losa, por añadidura, que tiene como único detalle de identidad, un símbolo muy determinante y significativo: la espada. Es decir, que esa losa, anónima, por más señas, debió de pertenecer inequívocamente a un caballero. Así mismo, hay varios sepulcros de piedra, arrinconados a escasos metros de la portada sur; una portada, que contiene numerosos elementos de interés, independientemente del motivo principal del tímpano, constituido por diversas cruces del tipo patée o patado, inmersas en sus correspondientes círculos y entrelazadas entre sí, de forma similar a como lo están los aros que conforman el emblema olímpico. Por encima del tímpano, como eje y a la vez, comparativamente hablando, axis mundi en el centro del conjunto, la figura inequívoca de un Agnus Dei o Cordero de Dios, nos recuerda el simbolismo asociado de holocausto, martirio y sacrificio. Un simbolismo, que incluso se ve resaltado, también, en las arquivoltas, sobre todo en aquella que, magistralmente labrada, reproduce el tronco de una palmera y que debería recordarnos, por instinto asociativo, el episodio de la huida a Egipto, recogido tanto en los Evangelios como en algunas suras del Corán: santuario, refugio y alimento. Los restantes once elementos que, acompañando al Agnus Dei constituyen el entramado simbólico de la arquivolta principal, representan diferentes motivos florales, en los que, aparte de jugar con la relevancia de los números –no olvidemos, que la numerología tenía una gran importancia en la cosmogonía medieval-, en cuanto al número de hojas se refiere, el cantero también alternó diversas representaciones de otro símbolo primordial: la cruz. Parte de estos motivos, se vuelven a reproducir en las metopas del ábside, junto a unos canecillos, en mayor o en menor medida afectados por la erosión y posiblemente también por la acción humana, en los que no faltan alusiones de tipo erótico, foliáceo y zoomorfo. A este respecto, y en referencia a ésta última clasificación, cabe mencionar, así mismo por su rareza y originalidad, algunos de los capiteles que rematan los contrafuertes del ábside, y que representan cabezas de animales desplegadas longitudinalmente a todo lo largo y ancho de la pieza, como si de una concha o vieira abierta se tratara.
En definitiva, un lugar que merece la pena visitar, no sólo por la belleza del entorno en el que está situado, sino también por su mediática rareza y originalidad, además de ser exponente de numerosas claves simbólicas y enigmas ancestrales, que sin duda resultarán interesantes, ofreciendo, además, un valor añadido a la idiosincrasia propia del lugar.
(1) Luis Díez Tejón: 'El románico en la provincia de Lugo', Ediciones Lancia, S.A., León, 2008, página 52.