lunes, 14 de abril de 2014

San Facundo de Ribas de Miño


A escasa distancia de una de las ciudades punteras del Camino de Santiago a su paso por la provincia de Lugo, como es Portomarín, hundiendo sus milenarios cimientos a pocos metros de la orilla de un río, el Miño, que corcovea no exento de gracia y belleza por unos impresionantes cañones labrados por él mismo con la ayuda inestimable del tiempo y la erosión, se levanta uno de los cenobios más curiosos y solitarios de esta vital Rovoyra Sacrata: el monasterio de San Facundo de Ribas de Miño.
 
Utilizando como elementos básicos, la piedra y la pizarra, posiblemente los detalles que más llamen la atención, sean su completa austeridad y la práctica carencia de elementos ornamentales, cuya presencia y temática sirvieran para distraer a los monjes de una vida contemplativa, entregada por completo a la paciente ejecución de la máxima cisterciense -que vendría después- basada en el ora et labora.
 
Para acceder a él, hay varios caminos: un desvío, situado a pocos kilómetros de Portomarín, en dirección a Paradela y Sarria, que termina en una carretera cortada después de unos dos kilómetros y que obliga al intrépido a recorrer los quinientos metros, aproximadamente, que le separan del cenobio, por lo que es necesario ir bordeando a pie la orilla del río y otro desvío algunos kilómetros más adelante, que atraviesa una auténtica encrucijada de caminos rurales, poco o escasamente señalizados, que se caracteriza por la presencia de pequeñas comunidades agrícola-ganadoras y donde no resulta, en absoluto imposible, encontrarse con el ganado cortando la carretera, detalle que, por otra, le ofrece una pequeña dosis de romántica ensoñación a la aventura.

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Ahora bien, no obstante sus orígenes benedictinos y su declaración de monumento histórico-artístico en 1982, su protohistoria más o menos conocida, se remonta, cuando menos, al año 1120, fecha aproximada en la que Pedro el Peregrino construyó un puente en un remanso del río a su paso por la cercana villa de Portomarín -guardada por la orden del Hospital de San Juan de Jerusalén-, en primera instancia, destinado a evitar los abusivos portazgos a los peregrinos, constituyendo uno de los primeros monasterios de la Península en mostrar los caracteres de una novedosa tendencia artística, que con el tiempo terminaría sustituyendo a las obsoletas oscuridades del románico: el gótico.
 
Dentro de la mencionada escasez ornamental -aún posee algunos restos de pinturas góticas de estilo hispano flamenco, según opinión de los expertos- destaca una cabeza, solitaria y burlona que, situada en la zona norte, junto al ábside, probablemente represente, como en muchas otras construcciones semejantes, tanto románicas como góticas -se me ocurre, como ejemplo, la figura existente en la iglesia de Santiago de Agüero, Huesca-, la figura del Diablo, asociada con el misterioso y gélido Norte, de donde antiguamente se pensaba que procedían todos los males.
 
Como no podía ser de otra manera, teniendo en cuenta la zona tan especial donde se enclava, la explotación principal se basaba en el cultivo de la vid.
 
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