viernes, 4 de abril de 2014

San Paio de Abeleda




Situado en las inmediaciones de Castro Caldelas y a escasa distancia también de esos impresionantes cañones formados por el eterno discurrir del Sil a su paso por la zona, otro de los cenobios interesantes de la Rovoyra Sacrata orensana, es este antiguo monasterio de San Paio de Abeleda. Mortalmente herido, también, por el tiempo y el estoque certero, metafóricamente hablando, de la célebre Desamortización de Mendizábal, San Paio es una venerable ruina, que no obstante, todavía tiene muchas cosas que contar. Aun así, y a juzgar por lo que se aprecia a simple vista, también el fenómeno de la evolución hizo mella en la antigua fábrica románica, alternando estilos que con el tiempo fueron transformando la idea original, amoldándola a las modas, el gusto, las necesidades y las circunstancias de los sucesivos moradores. Ahora bien, quedan de ésta, sin embargo, parte de su benedictina naturaleza –excentricidades infantiles y estúpido derroche, como pensaría San Bernardo, aquél cruzado cisterciense al que comparativa y metafóricamente hablando, René Guénon consideraba como un auténtico Galahad-, que en forma de terribles monstruos –algunos, con cabeza de cocodrilo-, ofrece, en la temática de sus capiteles, influencias mitológicas clásicas, que todavía estaban muy presentes en la mentalidad medieval, sujetando los deseos de los monjes y los fieles con el recordatorio estigmático del horroroso destino que les aguardaba a los pecadores, sin olvidar, por supuesto, las constantes referencias a una naturaleza sagrada y pródiga, en cuyas referencias, aún resuenan ecos de un celtismo a ultranza, que probablemente todavía latía con cierta fuerza en ese lejano siglo X en el que algunos suponen su fundación; otras fuentes, por el contrario, la sitúan en el siglo XII, probablemente cuando la influencia benedictina, alimentada sobre todo con el fenómeno del descubrimiento de los probables restos del apóstol Santiago, fue decreciendo, sustituida por el ora et labora característico de esa escisión que optaba por la austeridad, llamada Orden del Císter. Nada queda, apenas, de su pequeño y primitivo claustro, aunque en el pórtico principal de entrada a la iglesia, los canteros medievales dejaron las marcas de su presencia, que todavía, al cabo de los siglos, continúan siendo un completo enigma, pero en cuya forma y constitución, pueden intuirse probables itinerarios de éstos, si se las compara detenidamente con las que se localizan en otras provincias.

La iglesia tiene la típica planta en forma de cruz, correspondiendo el brazo horizontal de ésta, a las capillas de la Epístola y del Evangelio, y en la forma cuadrada de su ábside, recuerda a las antiguas estructuras prerrománicas. Por encima de éste, aunque situada sobre el tejaroz del lado norte, se observa una pequeña estructura, con forma de diminuta espadaña, en la que, a falta de campanas, se aprecian dos figuras: una, que podría corresponder al santo titular; es decir, al propio San Paio y la otra, a juzgar por el libro y el cordero que sostiene en sus manos, a la figura primordial de San Juan Bautista. Recordemos que ambos Juanes, el Bautista y el Evangelista conformarían, dentro ya del ámbito cristiano, lo que el pagano dios Jano, el dios de las dos caras de las antiguas tradiciones romanas: determinan o rigen los solsticios y las correspondientes puertas solsticiales. El Evangelista, el solsticio de invierno, siendo su Puerta la Jauna Inferni y el Bautista el solsticio de verano, señalado por la Jauna Coeli y la veneración del fuego en las antiguas culturas.

Queda, así mismo, otra puerta románica –probablemente aquella que daba acceso al claustro-, en cuyo tímpano se aprecia la figura de un Cristo in Maiestas, coronado y con nimbo crucífero y por debajo, a modo de atlantes pegados a las columnas que soportan los capiteles, las figuras de San Pedro y de San Pablo, a juzgar por los atributos: las llaves y la espada. También se sabe que hubo una época en la que la Inquisición emitía sus juicios de fe y conducta, aunque el crucero de piedra que se levantó en una venerable roca de aspecto megalítico que todavía se puede ver enfrente del monasterio, ya no existe. A escasos metros de ésta, curiosamente en un estado de conservación bastante aceptable, todavía se mantiene en pie la antigua cárcel.

Por otra parte, si bien el antiguo monasterio fue comprado en 1872 por la Casa de Alba y durante cierto tiempo se continuó celebrando el culto en su iglesia, el paulatino abandono y las peculiaridades del clima fueron arruinándolo irremediablemente, hasta convertirlo en la práctica ruina que se aprecia en la actualidad, si bien es cierto que adquirido hace unos años por manos privadas, aunque carentes de recursos suficientes como para pensar en una auténtica remodelación, se viene realizando una labor cultural extraordinaria, que no sólo merece respeto, sino también admiración, y en la medida de sus posibilidades, fomenta no sólo la conservación más o menos digna de lo que queda, sino también que su recuerdo no se diluya definitivamente en los ingratos ríos de la Historia y pueda ser apreciado por toda persona amante del Patrimonio, el Arte y la Cultura.

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