miércoles, 2 de octubre de 2013

Santa María de la Oliva: piedra, alquimia y simbolismo


Uno de los focos más importantes del Principado de Asturias, en cuanto a elementos destacables del llamado Arte Asturiano o Prerrománico, e incluso también del Románico, se localiza en esta denominada Comarca de la Sidra, la antigua Maliayo; es decir, el Concejo de Villaviciosa. Cuna de hombres ilustres, como el poeta Canedo -cuya casa, escudo incluido, todavía se mantiene en pie- y de fijosdalgos de antiquísima estirpe -como demuestra ese simbólico lenguaje de los pájaros, que subyace en la variada y rica componenda de sus escudos nobiliarios-, el casco urbano de Villaviciosa conserva, como un verdadero tesoro histórico, no sólo aquél remoto casón de referencias góticas donde pernoctó el que sería el primero de los insaciables Austrias que gobernaron el país -Carlos I de España y V de Alemania-, después de que una tormenta obligara a la nave en la que viajaba a refugiarse en el pintoresco puerto de Tazones, sino también, una de las grandes joyas del románico asturiano, que aún se conservan, más o menos intactas, no obstante las múltiples vicisitudes sufridas en determinados periodos de la Historia: la iglesia de Santa María de la Oliva.
Situada a escasos metros del Teatro Riera -en la actualidad, reconvertido en Oficina de Información y Turismo-, a pie mismo de esa encrucijada de caminos, que dirige a propios y extraños en direcciones como Oviedo o Gijón -en realidad, la cercanía de la Autovía de Santander, la convierte en un punto estratégico desde el que recorrer de una punta a otra la magnífica costa asturiana-, la iglesia de Santa María de la Oliva, datada a finales del siglo XIII, no sólo conserva en su advocación sospechosas referencias que recuerdan a otras construcciones similares erigidas en diferentes puntos de la Península, sino que también, en base a su extraordinario parecido, permite incluso especular con la posible autoría de cierta orden religioso-militar de triste recuerdo, como fue la Orden del Temple, cuya presencia en Asturias, a decir verdad, y ante la terrible escasez de documentación, no es plenamente compartida por los historiadores, que prefieren obviarla por regla general. Es por ello que, en base a su parecido, así como al detalle, curioso, de compartir advocación, es mencionable el templo portugués de Santa María de la Oliva o dos Olivais, y en menor escala, pero guardando cierta similitud en algunos detalles, el de San Felipe, situado en la población alcarreña de Brihuega, y cercano, conviene decirlo, al Santuario de una Virgen Negra: la Virgen de la Peña (1).
Dejando aparte la proliferación de cruces paté -unas ocho, aproximadamente- grabadas a lo largo y ancho de los sillares exteriores de la nave, cuya función consagracional podría aceptarse sin más, no deja de ser un detalle curioso, además, observar la presencia de símbolos ajenos, entre los que destaca, sin lugar a dudas, la estrella de David o Sello de Salomón, perfectamente esculpida en un lateral del pórtico principal de acceso. Motivo que, curiosamente, también figura en un lateral del pórtico principal de acceso de la iglesia de Santa María del Azogue, en Betanzos, localidad coruñesa donde los freires del Temple tuvieron una importante encomienda, dependiente de la bailía de Faro, detalle que podría poner de manifiesto, una vez más, esa aparente predilección que sentían los freires templarios por instalarse en las cercanías de lugares ciertamente heterodoxos, entre los que cabría mencionar, desde luego, las juderías. Pero lejos de intentar resaltar la autoría o pertenencia de este magnífico templo a orden militar alguna, cabría centrar el interés, en la cantidad de detalles que a la manera de un breviario genialmente esculpido en la piedra, se acumulan tanto en el exterior como en el interior del lugar.

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En base a este rico y sutil simbolismo, en el que no faltan las referencias cinegéticas, bastante presentes en el románico del Norte, tanto asturiano como gallego (2), unidas a otras interesantes representaciones, no sería difícil especular con ese doble sentido a que tan aficionados eran los canteros medievales como seguidores, según se piensa en algunos círculos, de corrientes herméticas, derivadas no sólo de un paradigma referido a un Conocimiento Superior, que se remontaría al alba de los tiempos y del que se fueron nutriendo progresivamente las diferentes civilizaciones, sino también de determinadas posiciones intelectuales o filosóficas, que estarían dirigidas a todos aquellos individuos -ajenos o pertenecientes a los propios y a la vez herméticos gremios- capaces de comprender conceptos completamente alejados del Literalismo a ultranza, impuesto y defendido con saña por la Iglesia romana. Afín también, y en determinadas escenas unido al tema de la caza, como puede verse en la figura del batidor (3), los músicos nos conectan con un tema muy presente en el románico en general y en el Camino de Santiago en particular, donde el peregrino románico entonaba una serie de salmos o cánticos (4), que fueron derivando en una picaresca poco acorde con el sentido piadoso propio de la peregrinación y que a la postre, pudo ser parte de esas chispas de incendiaria intolerancia, que entroncaría en periodos posteriores con el concepto de goliardo y libertinaje y la condena generalizada de todo aquello que tuviera relación con la música y el baile y no fuera encaminado a ensalzar a Dios y la misoginia de la Iglesia.
Más enigmáticos, posiblemente, podrían resultar otros capiteles, que se caracterizan por la presencia de dos especies bien diferenciadas y antagónicas, cuyo simbolismo suele estar asociado, así mismo, con el Conocimiento: aves y serpientes. En este sentido, resulta curioso observar dos características claramente diferenciadas: aquélla en la que el ave -difícil de identificar- es engullida por una bestia -recordemos que este tipo de representación, resulta insistente en el románico, con la salvedad de que, generalmente, suele ser una figura humana la que es engullida por la bestia, con lo cuál, aquí podemos hablar ya de una curiosidad-, y aquélla otra en la que aves, en este caso, ocas -detalle importante, sin olvidar por un momento que estamos en Camino de Santiago- desarrollan un singular combate con las serpientes. Dos formas diferentes en entender el Conocimiento, enfrentadas, como, mitológicamente hablando, hubo enfrentamientos de razas, en periodos protohistóricos, entre las que cabe mencionar a la raza ophita, representativa, precisamente, de la serpiente. Curiosamente, y habría que plantearse el por qué, esta misma representación, no sólo aparece en un capitel del pórtico oeste o principal, sino que también, se le encuentra representada en otro capitel de la portada sur. Y no deja de ser significativa, independientemente del detalle de que ésta haya perdido su hierático sedentarismo, la presencia de un elemento sagrado, solar y tradicional, en la mano de la Virgen gótica que se localiza en uno de los cinco -número interesante- arcosolios del interior: el cardo. El cardo, elemento tan representativo de los antiguos pueblos celtas, cuya presencia, en las romerías de lugares situados en el interior, como el Monsacro, sigue siendo muy venerado por las gentes, hasta el punto de que, como dice la coplilla, su regalo sigue siendo un favor. Y no olvidemos, puestos a comparar, que precisamente el cardo, ocupa un lugar de privilegio en el pórtico principal de entrada de otra iglesia no menos significativa e interesante del Camino de Santiago a su paso por la provincia de Lugo: Vilar de Donas.

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(1) A este respecto, cabe mencionar la presencia, a unos siete u ocho kilómetros del casco urbano de Villaviciosa, de otro Santuario Mariano, que originalmente, pudo albergar también a otra Virgen Negra: Santa María de Lugás, o de Llugás, como prefieren decir en bable.
(2) Habiendo mencionado Betanzos, interesante podría ser, por comparación, mencionar la simbólica presencia del tema cinegético, que destaca sobre las demás temáticas, en la iglesia de San Francisco, donde, así mismo, constituye el cuerpo principal del sepulcro de un personaje relevante de la época que reposa en su interior: el de Fernán Pérez de Andrade, denominado O Bo, el Bueno, la empuñadura de cuya espada, para más coincidencia, luce también la referida Estrella de David o Sello de Salomón, mientras el cuerpo principal del sepulcro se levanta sobre dos figuras muy significativas, como son el jabalí y el oso. ¿O quizás la osa?. Precisamente, esa Osa Mayor que define, en el firmamento, el ancestral Camino de las Estrellas, readaptado en el siglo IX, con el descubrimiento del cuerpo del Apóstol.
(3) Por poco que se intente, incluso se podrían encontrar equivalencias alquímicas.
(4) Entre éstos, cabe destacar el conductus -mezcla de encadenado y refrán-, el leixaprén -especialmente entonado durante las marchas-, o la viadeira o viandela, derivaciones, según algunos especialistas, de la escuela provenzal.