sábado, 1 de diciembre de 2012

Templos prehistóricos alaveses


Lo cierto es que los objetos prehistóricos desenterrados nos hablan mucho más de lo que a simple vista parece, de la relación existente entre los aspectos material y espiritual de la vida de nuestros antepasados. Puede decirse que hasta hace poco todas las investigaciones prehistóricas estaban basadas en el estudio a fondo de la civilización material. La base material documental continuará siendo la misma, pero en lo atañedero a su interpretación, en las investigaciones actuales y en las futuras, ocupan ahora el primer plano las cuestiones social y espiritual, y ante todo la religiosa... (1)

No deja de ser una gran Aventura, un auténtico Reto y a la vez un Misterio insondable, intentar penetrar en los abismos desconocidos de esa noche infinitamente larga que es la Historia. Una aventura, un misterio y un reto que, aún al cabo de los miles, millones de años, todavía continúa impenetrable; oculto, quizás, detrás de ese sólido Velo de Isis, vetado con obstinación a la contemplación de los mortales. Han pasado cincuenta años desde que Maringer escribiera la obra cuya reseña encabeza la presente entrada. Cincuenta años en los que, independientemente de los sucesivos descubrimientos de lo que él, muy acertadamente denomina la base material, apenas comenzamos a preguntarnos sobre la base espiritual y religiosa que alentaba a estas asombrosas civilizaciones humanas que, en nuestra prepotencia e ignorancia, hemos convenido en denominar como primitivas. Reacia, por supuesto, a la hora de invertir una serie de consideraciones mantenidas como inquebrantable pilar dogmático, la Ciencia apenas comienza a arañar en este aspecto fundamental de la aventura humana. Tal sensación, la tuve hace algunos meses en las impresionantes cimas del concejo asturiano de Teverga, donde los pastores del Neolítico dejaron numerosas representaciones, fundamentalmente esquemáticas, en los abrigos de las montañas que rodean el término municipal de Fresnedo. Curiosamente, la mayoría de esas representaciones, a falta de una explicación mejor, están consideradas como ídolos. Pero, ¿realmente lo son?. O por el contrario, ¿representan algo más profundo, más técnico y sensitivo, que aún hemos sido incapaces de entender y descifrar?. Posiblemente, estos misteriosos antepasados que levantaron estos complejos megalíticos de Aitzkomendi y Arrizala -como tantos otros, repartidos por Euskadi y Navarra-, fueran también los mismos que dejaron huella en muchos lugares de la Cornisa Cantábrica, e incluso enigmas prácticamente imposibles de investigar hoy en día. Uno de tales enigmas, se refiere al dolmen de Campos, en el que investigadores como Fernández y Menéndez de Luarca (2), afirmaban -allá por lo siglos XVIII-XIX, cuando la arqueología era poco menos que una moda entre las clases nobles y pudientes- haber descubierto una inscripción vasca que decía, textualmente, JAINKUA. El término JAINKUA, según T. Echevarria (3), sería una variante de JAUNGOIKUA; es decir, de DIOS. Pero, dado que la raíz JAUN significa también Señor, cabe la posibilidad de preguntarnos, si ya hubo otros 'apostolados' repartidos por el mundo, antes de la llegada del Cristianismo y con él, de un auténtico enemigo de los monumentos megalíticos y de los cultos anteriores, como San Martín Dumiense. Lógicamente, todo esto es sumamente hipotético. De la inscripción no queda rastro, y de quedarlo, todavía nos tendríamos que enfrentar a otro problema singular, como es determinar no ya el quién, sino el cuándo se hizo. Lo que sí parece evidente, es que tanto en el dolmen asturiano de Campos, como en estos alaveses de Aitzkomendi y Arrizala, el pueblo continúo celebrando sus ritos, por lo menos, hasta el tiempo en el que los dominicos, no en vano denominados como los perros de Dios, aplicaron la estaca y el fuego a tanta oveja descarriada, hasta el punto de que estos lugares fueron considerados como de demonolatría y a los que participaban en tales ritos -generalmente de fertilidad- se les quemaba en la hogueras, acusados de brujería.

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Construcciones ciclópeas que parecen estar orientadas astronómicamente, asentamientos prehistóricos situados sobre "líneas de fuerza" que unen unos enclaves con otros, efigies antropomorfas, círculos de piedra con finalidades mágicas, hipogeos y cámaras con propiedades acústicas...afirmaba Xavier Musquera (4), un gran escritor e investigador de la España mistérica. Y efectivamente, porque, partiendo del emplazamiento de estos dólmenes alaveses, que parecen orientados hacia la magia misteriosa que se desprende de los cercanos montes de Urbasa -hogar de los gigantes jentillak-, la ruta no tiene desperdicio y sí muchas sorpresas que mostrar, no sólo al curioso que un día decide emprenderla, sino también al peregrino que atraviesa esta parte de la llanada alavesa para alcanzar la frontera navarra y llegar a una población tan emblemática del Camino de las Estrellas, como es, y nunca mejor dicho, Estella. Una ruta que pasa por Okariz -un lugar Oca, referencia inequívoca a las misteriosas hermandades canteriles que poblaron el Medievo de enigmas y maravillas- y los interesantes restos románicos de su iglesia de la Asunción; por Contrasta y su iglesia prerrománica de Nª Sª de Elizmendi y por Ullibarri-Arana y su , por desgracia, muy remodelada ermita de Andra Mari, también conocida como Nª Sª de Bengolarea o Benguraldea. Andra Mari, quien, en palabras de Andrés Ortiz-Osés (5), es considerada por el Cristianismo como santa caída, ángel maligno, bruja y diablesa principal. Aunque, palabras mías, se quiera ver en ella, una piadosa asociación con la Madre de Dios.
Creo, y así lo expongo, que para acercarse al románico de la provincia y disfrutarlo en toda su amplitud, primero hemos de acercanos a los antiguos cultos que proliferaron en la región y a partir de ahí, dejarnos llevar por la cálida mano de la intuición. Y con esta intuición, y a pesar de la evangelización a que fue sometido el territorio, veremos que aún hoy día, están muy presentes en el ánimo y la mente vasca, las figuras más preponderantes de sus ancestrales conceptos espirituales: Andra Mari, los jentillak, los baxajaun o señores de los bosques. Y creo también, que cuando miremos estos monumentos megalíticos, deberíamos hacerlo con la mente dispuesta a aceptar que fueron algo más que un montón de piedras colocadas para dar sombra a los huesos de un difunto. Que fueron, en definitiva, auténticos templos de una edad remota, en la que, a pesar de esas preguntas que los historiadores prefieren no hacerse, existió una civilización -la civilización Madre, a la que aludía Xavier Musquera- que desarrolló un alto grado de técnica y espiritualidad.

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(1) Johannes Maringer: 'Los dioses de la Prehistoria', Ediciones Destino, 1ª edición, noviembre de 1962, página 39.
(2) Félix de Aramburu y Zuloaga, 'Monografía de Asturias', Biblioteca Histórica Asturiana, Silverio Cañada Editor, 1ª edición, agosto de 1999, página 54.
(3) T. Echevarria, 'Flexiones verbales y lexicon del euskera dialectal de Eibar', Documento PDF Internet: http//es.scribd.com/doc/8299267/Flexiones-Verbales-EUSKERA  (Las palabras JAINKUA y JAUNGOIKUA se localizan en las páginas 268 y 273, respectivamente).
(4) Xavier Musquera, 'Megalitos, huellas de la Civilización Madre', Editorial América Ibérica, S.A., 1990, página 7.
(5) 'Mitos y leyendas vascos',prólogo y epílogo de Andrés Ortiz-Osés, Jamkana Libros, 1986, página 11.