martes, 25 de septiembre de 2012

Corullón: iglesia de San Miguel


Corullón, es otro de esos entrañables e interesantes pueblos bercianos, donde se constata la presencia, en tiempos, de una orden medieval de caballería que, de hecho, tuvo un relevante protagonismo en la zona, siendo receptora de la entrega de numerosos territorios, entre otros monarcas, por parte del rey Fernando II: la Orden del Temple. De hecho, se piensa que ésta iglesia de San Miguel, situada bajo la atenta mirada de águila del castillo que se levanta por encima de la ciudad, fue parte de un monasterio que también les perteneció, hasta que fueron suprimidos en 1312 y sus bienes pasaron, en su gran mayoría, a una orden rival, también presente en las cercanías, la del Hospital de San Juan de Jerusalén. Partiendo de esta base, no ha de sorprendernos, si la formidable estructura del templo, nos recuerda ese tipo de construcción religioso-militar, que servía tanto de lugar de oración, como de baluarte defensivo frente a las embestidas de un enemigo que observaba como sus fronteras se iban reduciendo peligrosamente, desde esos felices tiempos de la invasión del año 711, con la célebre batalla del Guadalete y el desmembramiento del ejército y la monarquía visigoda.
Su situación, a la vera de un monte en el que se localizan varios castros, como el de San Sadurnín y a escasos tres kilómetros de Villafranca del Bierzo y esa espléndida puerta a Galicia que son los altos del Cebreiro -el Mons Februarius de los romanos, el lugar en el que se basó Richard Wagner para recrear su famosa ópera de Parsifal, basada en el milagro del Santo Cáliz de O Cebreiro-, hacen de Corullón un pueblo con arcana historia y de antaño acostumbrado al paso de unos peregrinos, que encaminaban sus pasos siempre hacia el oeste, siguiendo la denominada Senda o Ruta de las Estrellas, marcada en el firmamento por una inmutable constelación, como es la Osa Mayor.
Interesante, así mismo, no deja de ser el tímpano de su portada, conformado por una encrucijada cuadriforme que, se supone, estuvo pintado en tiempos con los colores tradicionales del bauceant o estandarte del Temple: los antagónicos colores blanco y negro que definen, entre otros conceptos, la eterna lucha entre el Bien y el Mal, presente, en todo momento y lugar, en la vida cotidiana y espiritual de estos soldados de Cristo, como así parece representarse, también, de una manera exotérica, al menos, en las curiosas representaciones que conforman los motivos principales de sus capiteles y canecillos. Motivos, obviamente, entre los que no faltan alusiones al pecado de la lujuria, remarcadas por unos aspectos de sexualidad desvergonzada afines a algunos de sus personajes, simbolismo presente, no obstante, en numerosos templos románicos.
Dignas de mención resultan, así mismo, las arquerías ciegas situadas hacia el centro de la nave, por encima del pórtico, donde la simbología de los capiteles se vuelve más críptica aún si cabe, en la que no falta la presencia de testas monstruosas, a modo de elementos guardianes, posiblemente puestos como medio de prevención y abstención de impíos, siguiendo la conocida tradición llevada a la práctica por Salomón, y el demonio guardián Asmodeo. Función que parece incidir, en parte, con la temática necrófaga presente en algunos de los capiteles; temática de carácter ctónico, y en un principio exotérico, posiblemente encaminada a influir en el ánimo del pecador, haciéndole ver una muestra de los terribles tormentos que le esperaban una vez muerto y enfrentado al juicio de Dios. Una simbología que, dejando aparte el profundo significado esotérico que encierra también, resulta harto conocida, por citar un ejemplo, en algunas iglesias de la vecina Asturias, siendo de especial relevancia, por la repetitividad con la que aparece, en el concejo de Villaviciosa y en concejos adyacentes, como Siero y Sariego. También se aprecia en el románico palentino y en el burgalés, y dada una de sus posibles relaciones con esa subjetiva acepción que conlleva, de o relativa a la búsqueda trascendente del Conocimiento, no se podría descartar una más que probable relación con el carácter iniciático, a la vez, que entrañaba el Camino de Santiago.

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