martes, 14 de agosto de 2012

Románico de León


Durante el pasado mes de enero, tuve la oportunidad, no sólo de conocer, en parte, una región tremendamente pinturesca e inolvidable, como es el Bierzo leonés, sino también de recorrer uno de los ramales más importantes del denominado Camino de Santiago o Camino de las Estrellas y palpar, siquiera de una manera aproximada, esa genuina mezcla de aventura, historia, tradición, misterio, mitología y Arte que encierra ese gigantesco atanor natural, en el que se dieron cita -diríase que como atraídos por un irresistible imán- cátaros, priscilianistas, templarios, peregrinos y gremios compañeriles, entre otros, añadiendo aún más, si cabe, carácter a la región.
Es cierto que me faltó mucho por ver. Posiblemente lo más reseñable o impactante, pensarán algunos -no olvidemos, que por desgracia, incluso para el Arte se editan guías con estrellas similares a las de Michelín y en muchas ocasiones, se valora tan sólo lo macrocósmico monumental y despampanante, desdeñándose el resto- echando en falta monumentos histórico-artísticos de la talla de San Isidoro de León, San Miguel de Escalada o Peñalba de Santiago.
Tal vez el viaje en el que me propongo embarcarles en las próximas entradas, no sea tan espectacular, pero no por ello, piensen que carece de interés. En su conjunto y aún también -por qué no decirlo- en sus carencias, no deja de tener, en el fondo, esa venerable dosis de simbolismo y misterio que hacen de su historia un pequeño desafío a la imaginación.
Y un dato importante: el peregrino que recalaba en ellos durante su viaje hacia la tumba del Apóstol, e incluso algunos más allá, hacia el fin del cámino céltico en el Finis Terrae, leía y aprendía en ellos, como en un libro abierto.

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