jueves, 19 de julio de 2012

Una joya del románico asturiano: el monasterio de San Pedro, en Villanueva de Cangas



'En la catedral de Asturias, los mitos son adornos de sus fuentes, de sus sendas, de sus bosques... Y no obstan a la oración que se levanta en ellos, asombrada como si fuera una alondra' (1).

Imprescindible se hace, al menos para todo aquél que desee contemplar una de las mayores joyas románicas del Principado de Asturias, una visita a la cercana población de Villanueva de Cangas, donde aún se conserva, en relativo buen estado, la iglesia de lo que en tiempos fuera uno de los monasterios más importantes de los noventa o más (2), que se levantaron en suelo astur: el de San Pedro.
Hemos de situar Villanueva, a escasos dos, a lo sumo tres kilómetros de distancia de la regia Cangas de Onís; y como ésta, su fértil tierra se abastece de las primordiales bendiciones del mítico Sella. De hecho, se accede al lugar, atravesando un puente -desgraciadamente moderno- que comunica las dos orillas. Hoy día reconvertido en el Parador Nacional de Cangas, los orígenes de este monasterio han de situarse, cuando menos, en las primeras décadas de la Reconquista, atribuyéndose su fundación al rey Alfonso I el Católico y a su esposa Ermesinda. No obstante, la primera referencia escrita -y por tanto, considerada como documento- nos la ofrece una teja que encontró el párroco José Díaz Caneja, en la que figura una inscripción con el año de 1223, y el nombre del abad de entonces: un tal Rodericus o Rodrigo. No deja de ser curioso que, allá por el año 1075, cuando el rey Alfonso VII ordena abrir el Arca con las Santas Reliquias traídas por Santo Toribio de Jerusalén y que su antecesor, el rey Alfonso II el Casto mandó trasladar desde el Monsacro, lugar donde fueron escondidas para salvarguardarlas de los sarracenos hasta la catedral de San Salvador de Oviedo, estuviera presente -aparte de nuestro Rodericus Campeador- otro Rodericus, de apellido Sebastianiz, frater de no se sabe a ciencia cierta qué misteriosa orden, aunque algunos abogan por el Temple.
Curioso, así mismo, cuando no chocante, resulta el detalle de que la tradición popular no haga referencia de Alfonso I el Católico, y todos vean, en el que quizás sea el capitel más conocido -el de la despedida del caballero- la representación de un rey muy recordado en el Principado. Aquél que, siendo hijo de Don Pelayo, fue muerto por un oso: Fafila o Favila. Hemos de llamar la atención, precisamente sobre este capitel, pues es mucho lo que se ha especulado acerca de él. Destacan, en primer lugar, siendo dignos de mención, la belleza de su labra y su excelente estado de conservación. También podría considerarse como única, la escena del beso entre el caballero y su dama. Interpretado, generalmente, como una partida de cetrería, por el halcón que acompaña al caballero -recordemos al Horus egipcio, así como la función ctónica del ave-, en un sentido más simbólico y profundo, podría entreverse, sin embargo, la inclusión de elementos suficientes como para estudiar la posibilidad de hallarnos ante uno de los denominados caballeros del Apocalipsis o caballero Cygnatus, de la mitología celta, representativo del cambio o revelación; un portavoz, a grosso modo, que anuncia el fin de un ciclo y el comienzo de otro nuevo: el fin de la Antigua Religión y el comienzo de una religión nueva, basada en los principios del Cristianismo emergente. Si bien es cierto, que generalmente uno de los detalles que permite identificar como apocalíptico al caballero en cuestión -a semejanza del tradicional San Miguel- sea la presencia de un monstruo o demonio bajo los cascos del caballo, este elemento, en el caso del capitel que nos ocupa, se localiza en la continuación del capitel, donde se advierte esa terrible sierpe o dragón, que entronca directamente con la mitología propia del lugar, de carácter céltico, en la figura del terrible Cuélebre.
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Las aves, figuras siempre presentes en la iconografía románica, se acompañan, en el capitel que continúa la serie, de un símbolo presente en los arquetipos anímicos de la humanidad desde el alba de los tiempos: la espiral. Pero si la iconografía que conforma el mensario simbólico del pórtico de acceso al templo nos parece rica y sorprendente, es en el interior de éste donde nuestra sorpresa aumenta, al comprobar la variedad simbólica de los capiteles anexos al ábside y a las capillas de la Epístola y del Evangelio, donde el Magister Muri nos reta a una interpretación posiblemente más profunda que esa, en apariencia sencilla definición de vicios y virtudes y en su mezcla de elementos paganos, quizás nos induzca a mirar atrás y recordar ese cambio ya anunciado por el caballero apocalíptico del pórtico de entrada.
La excelente calidad de su labra, donde se perfila que el anónimo cantero cuidó hasta el mínimo detalle -lo cual es fácil de comprobar, por ejemplo, en ese extraordinario capitel que muestra la figura de un mono devorando una piña- recuerda aquéllos otros que se localizan en el interior del templo de Santa María, en Villanueva de Teverga, e incluso, depurando estrictamente el sentido calidad-mensaje, los de San Vicente de Serrapio, en el concejo de Aller. Aquí también, en este monasterio de San Pedro, como en Santa María de Villanueva, en Teverga, la presencia de aves, como la oca, nos recuerda -aparte de su función custodia- que estamos inmersos en ese imaginario tablero iniciático que en el fondo es el Camino de las Estrellas; un camino, que conduce al Campus Stelae y aún más allá, al misterioso Finis Terrae, donde finalizaba el primitivo camino celta.
Por otra parte, y a diferencia de esas serpientes que se nutren de unos pechos femeninos, representativos, generalmente, de la Gran Diosa Madre o Madre Tierra, las serpientes que brotan de la boca de una cabeza monstruosa, sí pueden ser un claro indicio relacionado con el pecado de la lujuria. Otros capiteles, hacen referencia a escenas cotidianas, incluida aquélla de la caza del jabalí, donde aparte de éste, también aparecen animales notablemente simbólicos y de carácter sagrado, como son el toro o la vaca.
Externamente, merece especial mención el interesante simbolismo subyacente en las soberbias filas de canecillos y metopas que se distribuyen en el ábside y los absidiolos -por su rareza, cabe destacar aquél elemento desconcertante que semeja la rueda de un tractor- incluidos los de carácter erótico, e incluso aquel que representa la cabeza de un dragón echando fuego por sus fauces, de idéntica factura al que se localiza entre los canecillos del pórtico de entrada a la iglesia de San Esteban de Sograndio, situada en las cercanías de Oviedo. También sería conveniente echar un atento vistazo a los sillares, donde se pueden apreciar, así mismo, numerosas y no menos interesantes, marcas de cantería.
En definitiva, podemos considerar a este monasterio de San Pedro, no sólo como un soberbio ejemplo de románico asturiano de calidad, sino también como un lugar extraordinario, en el que evadirse y dejar el tiempo correr, sumergiéndonos sin prisa en la exorbitante cantidad de detalles que contiene.

(1) Constantino Cabal: 'La mitología asturiana: los Dioses de la Muerte', edición facsímil de la Editorial Maxtor, 2008, página 15.
(2) Dato proporcionado por Don Félix de Aramburu y Zuloaga, en su obra 'Monografía de Asturias, Biblioteca Histórica Asturiana, Silveria Cañada Editor, 1ª edición, agosto de 1989, quien en el Capítulo III, página 141 se hace eco del dato, recogiéndolo de la Crónica de San Benito, del Padre Yepes.

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