viernes, 13 de julio de 2012

Cangas de Onís: puente medieval e iglesia de la Santa Cruz



'Primeramente el Rey Don Pelayo de gloriosa memoria, el qual está sepultado en la Villa de Cangas de Onís en la iglesia de Santa Eulalia de Bamia, como consta de un libro muy antiguo, que está en la Iglesia de Oviedo, que se titula "Ytacio", y de la Coronica General de España.
Ytem: el Rey Don Favila, su hijo, está sepultado también en Cangas de Onís en la Iglesia de Santa Cruz, que él mismo fundó, como consta del dicho libro, y de la Coronica General de España...' (1).

Más que por su románico, o mejor dicho, por lo poco que ha sobrevivido de él, la hermosa villa asturiana de Cangas de Onís, sea más popularmente conocida por la fuerza de sus leyendas y tradiciones, indivisiblemente unidas a la historia general del Reino de Asturias, así como también por ese celebérrimo descenso del Sella -que congrega todos los veranos a miles de visitantes- acontecimiento lúdico-deportivo, conocido como la fiesta de les piraües. Pero a la vez en Cangas, situada en la confluencia de dos ríos míticos, como son el Sella y el Bueña o Güeña, confluyen varios universos antagónicos, que ofrecen al visitante una vistosa perspectiva bajo la cual se resume una parte importante, en sus estratos temporales, de la íntima idiosincrasia común a toda la región astur.
Bajo esta perspectiva. no hemos, sino de maravillarnos frente a esa visión multicultural que confronta elementos artísticos y antropológicos de diversa época, índole y consideración. El puente medieval -que cumple, con su forma de lomo de asno, los requisitos en cierto modo iniciáticos afines a los grandes pontífices que dejaron huella de su maestría a todo lo largo y ancho del camino jacobeo- y los restos de las antiguas murallas, contrastan, qué duda cabe, con elementos de ancestral tradición, como los hórreos, los palacetes de los indianos -en el bable provinciano, también llamados americanus del pote- que también tienen su monumento en la figura del paisanu que con lo puesto y una maletilla de cartón piedra en la mano, abandona la tierrina para paliar su fame (2) y buscar fortuna en otro país, enfrente de unos pisos de moderna creación, cuya forma de colmena desdibuja los tradicionales moldes de construcción.
Posiblemente, de todas estas consideraciones, el mejor testimonio lo encontremos en la pequeña iglesia de la Santa Cruz, ya que, tanto el edificio como el pequeño montículo sobre el que se levanta, constituyen el mejor ejemplo de historia estratificada, en cuyo conjunto se mezclan, indisolublemente, piezas originales y elementos ajenos utilizados en posteriores reconstrucciones.
Tradicionalmente, se atribuye su edificación al rey Favila o Fafila, hijo de Don Pelayo, que pretendía dar culto a esa Cruz de la Victoria que había utilizado su padre durante la batalla de Covadonga. Esto se ve confirmado -al menos, teóricamente- por la inscripción fundacional, que tiene por fecha el 27 de octubre de 737. Inscripción que, como el resto de sillares que conforman actualmente la estructura de la iglesia, no es original (3). De la iglesia original mandada levantar por el rey Favila -aquél que se recuerda en todo el Principado por su muerte a manos de un animal tremendamente simbólico, como es el oso- tan sólo se conserva un pequeño sillar, en el que se aprecia, inmersa en un círculo, una flor de cinco hojas, a la que popularmente se conoce como flor del agua. Este motivo, simbólicamente hablando, no deja de ser interesante, pues está íntimamente relacionado con los viejos mitos de origen celta, y a través de ellos, también como vehículo tradicional que se localiza junto a las míticas xanas y los encantamientos de la mágica mañana de San Juan. 

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La iglesia, se levanta sobre un elemento precristiano de al menos 4000 años de antigüedad: un dolmen, que todavía se puede contemplar, y que ha sobrevivido a numerosos contratiempos, siendo, quizás, el más deplorable de ellos, la voladura de la iglesia durante los terribles acontecimientos de 1936. La que se observa en la actualidad, fue reconstruída en 1943. Durante mucho tiempo, se pensó que junto al dolmen, existía una cueva en la que reposaban los restos del rey Favila. Tal era la creencia de las gentes en su veracidad que, aplicando la misma fórmula que en el Monsacro con el pozo de Santo Toribio -donde según la tradición, se guardó el arca con las reliquias que éste trajo de Tierra Santa, poniéndolas a salvo de la rapiña sarracena- la gente recogía puñados de tierra, a la que atribuían propiedades curativas. Lo cierto es que, aunque hubo varias exploraciones, en ninguna de ellas se encontró vestigio de la cueva, ni tampoco restos humanos cuya datación hubiera, en cierto modo, confirmado la creencia popular. Esta carencia de restos -exceptuando algunos utensilios, como hachas de piedra, a las que popularmente se conocía como piedras del rayo- opinan los arqueólogos que está motivada por los sucesivos desbordamientos del cercano Sella. Explicación que, a modo particular, no termina de convencerme y que aviva en parte la polémica sobre el verdadero uso y función de estos auténticos templos megalíticos. Sí considero interesante, no obstante, el hallazgo de pinturas y otros extraños e indescifrables signos descubiertos en las piedras que conforman tan extraordinaria construcción. Entre las pinturas -apenas se observan en la actualidad a través de la abertura ovalada que se levanta encima del dolmen y que sirve de planta a la pequeña capilla- destacan aquellas cuyos motivos, lineales y en forma de dientes de sierra, algunos investigadores (4) relacionan con la Gran Diosa Madre. A este respecto, quizás resulte interesante añadir parte de los comentarios reseñados por Félix de Aramburu y Zuloaga (5), en relación a una de las primeras exploraciones del lugar, realizada por Rada en el siglo XIX: 'Una circunstancia notabilísima, tenemos que notar, pues acaso dé motivo a nuevas investigaciones, que pudieran ser de gran interés para la ciencia. La cara interior de la primera piedra lateral derecha, estaba labrada...y aquellas labores, en verdad extrañas, sacadas en relieve, se conocía claramente que estaban hechas con armas de piedra'.
Por último, queda reseñar una curiosidad añadida a esta reconstrucción de 1943; y se refiere a la labra de las columnas que sustentan el tejadillo o porche de acceso al templo: junto a la cruz, se evidencian otros dos símbolos relacionados con las corrientes célticas y árabes que, de una u otra manera, tuvieron tanto que ver en la historia del Reino de Asturias. Estos son, el célebre Cuélebre (6) -que aún persiste en lo más profundo de las tradiciones populares y que equivaldría a la bestia o terrible dragón, que hacen de San Miguel y San Jorge los héroes por antonomasia de la tradición cristiana- y por supuesto, la media luna.

(1) Tirso de Avilés: 'Armas y linajes de Asturias y antigüedades del Principado', Grupo Editorial Asturiano (GEA), Edición conmemorativa IV Centenario de la muerte del Autor (1599), Oviedo, 1999, página 191.
(2) Hambre.
(3) La inscripción fundacional original, se conserva o se conservaba, en el Instituto Arqueológico Alemán de Madrid.
(4) Petra van Cronenburg: 'El misterio del monte de Odilia', Grupo Editorial Ceac, S.A., 2000.
(5) Félix de Aramburu y Zuloaga: 'Monografía de Asturias', Biblioteca Histórica Asturiana, Silverio Cañada Editor, 1ª edición, agosto de 1989, páginas 52-53.
(6) A este respecto, quizás sea conveniente reseñar que la figura de este terrorífico ser, aún mantiene parte de su fuerza ancestral en lugares cercanas a Cangas de Onís, cuyo mejor ejemplo, lo tenemos en la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, en Corao.


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