viernes, 6 de julio de 2012

Las Rozas: ermita de San Bartolomé



'Los celtas creían que la cabeza, al modo de una nuez, una vez separada del cuerpo, conservaba las aptitudes, la fuerza y la esencia vita de la que disponía su oponente para protegerse y defenderse de las desgracias' (1).

Si abandonamos momentáneamente la costa -a la que volveremos más adelante, para hablar de dos auténticas joyas, como son la colegiata de Santa María y la ermita de María Magdalena- y ponemos rumbo con dirección a Arriondas, Cangas de Onís y el espectacular entorno que conforman Covadonga y los Picos de Europa, encontraremos auténticas delicias románicas, que nos harán estremecer bien por su rústica sencillez, bien por su elaborada y compleja técnica. De rústica sencillez, podríamos calificar a esta curiosa ermita de San Bartolomé, que se enclava sobre un pequeño y pinturesco promontorio, a cuyos pies el río Sella, espectacular y camaleónico en las tonalidades de sus aguas, forma una curva de ballesta sobre la pequeña población de Las Rozas. Se localiza ésta, a pie de esa tortuosa carretera general que conecta Oviedo con Cangas de Onís, mal llamada Autovía Minera, y dista, aproximadamente, 3 ó 4 kilómetros de Arriondas y 7 de Cangas.
Los contrafuertes, situados en su parte frontal o zona oeste, lugar en el que hemos de situar también la entrada, le dan al templo un curioso aspecto, dejando en evidencia unas proporciones, en apariencia poco asimétricas, que parecen ignorar esa búsqueda de la perfección, que caracterizaba, generalmente, las construcciones románicas. Se vislumbran dos cabezas de piedra, con toda probabilidad canecillos sobrevivientes de su antigua fábrica, situados a la derecha, por encima del umbral; de ahí la comparación con esa antiquisima costumbre celta de colocar en los dinteles las cabezas de sus enemigos. Salvo éstos, no parece haber rastro aparente de más ornamentación, aunque un vistazo al interior de la nave -eso sí, a través de una pequeña abertura situada en la puerta- deja entrever otras dos posibles cabezas situadas como pie de apoyo de las nervaduras absidiales que se aprecian junto al altar, aunque probablemente pertenezcan a un periodo arquitectónico posterior.
video

Sobre el altar, se vislumbra una figura que, aún representando al santo bajo cuya advocación se encuentra la ermita, San Bartolomé, desprende cierta aura druídica con su larga túnica, halo santífico en la cabeza, libro en su mano derecha y largo báculo o bastón -signo de iniciación y magisterio- en su mano izquierda.
San Bartolomé, un santo especialmente venerado por órdenes religioso-militares, como la del Temple que, según la tradición despellajaron vivo y que representa, desde un punto de vista eminentemente heterodoxo, esa idea serpentina de renovación, de muerte y resurrección; en definitiva, de iniciación. Un santo muy apreciado por el pueblo llano que, junto a otros enigmáticos maestros de los caminos -considérese bajo este apelativo, santos como San Roque, San Antón, Santo Domingo de la Calzada o el propio discípulo, San Juan de Ortega- dejaron una impronta de sabiduría, que rondaba, en muchas ocasiones, esa frontera marginal a que habían sido relegadas las antiguas religiones.
Su festividad, celebrada el 24 de agosto, suele constituir parte de las romerías con más carisma que aún se celebran en numerosos lugares de la Península.

(1) Petra van Cronnenburg: 'El misterio del monte de Odilia', Grupo Editorial Ceac, S.A., 2000, página 210.


video