jueves, 21 de junio de 2012

Románico Asturiano



Asturias es, no cabe duda, una región de contrastes. Una región especial, donde valle, mar y montaña conforman un bloque inexpugnable que contiene numerosos y homogéneos atractivos. Una provincia canalizadora de mitos, leyendas y culturas cuyas raíces se hunden en lo más impenetrable de una prehistoria antediluviana, la gran mayoría de cuyos aspectos, están aún por definir. Su aislamiento ancestral, pudo muy bien haber sido uno de los motivos principales que impulsara el nacimiento de un Arte propio, que rompió moldes hasta estar considerado, no ya como autóctono, sino más bien como único. Me refiero, por supuesto, a ese mal llamado prerrománico asturiano, que dejó a la posteridad obras de excepcional calidad y belleza como Santa Cristina de Lena, Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo (o Liño), Santa María de Bendones o esa auténtica maravilla, pieza clave de indiscutible belleza y técnica, situada en el antiguo concejo de Maliayo, como es San Salvador de Valdedios.
A la sombra de estos imponentes monumentos –y aún lamentando la pérdida de muchos más, de los que ya ni siquiera queda constancia- el románico, propiamente hablando, penetró con mayor o menor esplendor, legando, también, otro conjunto artístico no exento de interés y, en muchos casos, de una calidad excepcional. Prueba de ello, la tenemos, por ejemplo, en los capiteles interiores –por desgracia el templo fue destruido en la Guerra Civil y posteriormente reformado- de la iglesia de Santa María, en Villanueva de Teverga; o en el concejo de Aller y su iglesia de San Vicente de Serrapio; o, para ir situándonos, mirando hacia Arriondas y el entorno tan especial de Covadonga, la extraordinaria calidad de lo que en tiempos fue el monasterio de San Pedro, en Villanueva de Cangas, actualmente reconvertido en Parador Nacional; sin olvidar lugares como Villaverde y Corao, en cuyo término se localiza una legendaria y a la vez curiosa iglesia: Santa Eulalia de Abamia.
Son sólo algunos de los templos más representativos de esta zona –desde luego, no todos, pues las circunstancias mandan y obligan a acortar las rutas- pero al menos espero que sean un buen ejemplo de las maravillas que aún se pueden contemplar y que pretendo ir comentando durante las próximas entradas. Sin olvidar, siquiera sea por un breve acercamiento, a Llanes y su costa, con joyas tan representativas como la colegiata de Santa María o el monasterio de San Antolín de Bedón.
Una pequeña aventura, pues, por parte de un estilo, el románico, y su legado en un terruño desde luego muy especial de la Cornisa Cantábrica: Asturias.


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martes, 19 de junio de 2012

Piérnigas: ermita de San Martín



Para terminar, siquiera sea momentáneamente, estre breve pero apasionante recorrido por algunos de los principales templos del que bien se podría calificar como el románico burebano, no podía faltar esta singular ermita. La ermita de San Martín, con su curiosa estructura dotada de sólidos contrafuertes en sus muros norte y sur, posee unos antecedentes que habrían de remontarla, cuando menos, al siglo XII. En realidad, este templo, que sufrió un lamentable estado de abandono durante muchos años, pertenecía a un pueblo, Villaverde, que fue absorvido por la actual población de Piérnigas. Se localiza en plena campiña, a un kilómetro, aproximadamente, des caso urbano de ésta última. Carente de cualquier tipo de ornamentación -a excepción de un pequeño rosetón que hace la veces de óculo por encima de su portada oeste- llama poderosamente la atención -y en este detalle, posiblemente se lleve la palma- la gran profusión de marcas de cantería que se localizan en sus venerables sillares, siendo la más generalizada de todas, ese simbólica pata de oca, características de algunas misteriosas cofradías de canteros, previsiblemente itinerantes que, como manadas de gansos o jars, tanto se extendieron no sólo por la provincia, sino también por los principales puntos del denominado Camino de las Estrellas o Camino de Santiago.
Toda una rareza, no cabe duda, a la que hay que sumar el detalle no sólo de encontrarse en vías del camino jacobeo, sino también en las proximidades de una parroquia -la de San Cosme y San Damián- que algunos atribuyen a la Orden del Temple, aunque de una forma bastante más que discutible, pues si bien ya con la tradición, propiamente dicha, se generan importantes desacuerdos, en este caso con la presencia, simplemente de una cruz paté, el valor se queda poco menos que aguas de borrajas. Y no obstante, fuera de cualquier especulación que ha de entenderse simplemente como dato a tener en cuenta y no como aseveración fehaciente de veracidad, lo que sí parece acertado es que, por sus características, podríamos decir que nos encontramos ante un ejemplar único en la región. Detalle que, por descontado, hace que una visita merezca realmente la pena.


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domingo, 17 de junio de 2012

Aguilar de Bureba: Santa María la Mayor



'Tocó el séptimo ángel. Y hubo grandes voces en el cielo que decían: el reino del mundo ha pasado a nuestro Señor y a su Cristo. Él reinará por los siglos de los siglos' (1).

En las proximidades del Santuario de Santa Casilda, se localiza otro de los templos que merece especial atención dentro del apasionante mosaico románico característico de La Bureba. Se trata de la iglesia de Santa María la Mayor, situada en la pequeña población de Aguilar de Bureba. Dejando a un lado las especulaciones sobre si pudo o no haber pertenecido a la Orden del Temple en algún momento de su longeva historia, lo cierto es que este templo contiene elementos trascendentes que, de alguna manera, siquiera sea razonablemente intuitiva, inducen, no cabe duda, a la especulación. Cierto es, que su estado de conservación es tan deplorable, que ni siquiera las últimas restauraciones han conseguido aliviar esa imponente carga sobre sus ancestrales cimientos; una carga, que el tiempo, en este caso amigo y aliado de la frágil sensibilidad humana, ha incrementado a lo largo de los siglos, para hacer temer, a todo amante del Arte en general y del románico en particular, un próximo y triste final. Quizás la prueba más evidente, se localice en su ábside, que muestra resquebrajamientos que no auguran nada bueno y que, desde una visión, a la vez comparativa y romántica, semejan la caída del rayo sobre la inerme superficie bizantina.
Por otra parte, y si bien los canecillos que decoran éste muestran interesantes referencias simbólicas -donde no faltan el pez, el diablo, el león, el águila y la oca- la verdadera trascendencia, y de ahí la necesidad de conseguir el acceso, hay que buscarla, no cabe duda, en su interior. No es vana la cita del Apocalipsis de San Juan, si tenemos en cuenta, que el tema se localiza, posiblemente como figura estelar sobre la que gire el resto de representaciones, con el mensaje impactante de sus capiteles, en la figura del Caballero del Apocalipsis o Caballero Cygnatus (2) de la Antigua Religión. Representativo de que nada es inmutable y de que todo está sujeto al ciclo ineludible de la renovación, podemos ver en ese ser grotesco que se debate debajo de los cascos del caballo del guerrero triunfante, una más que probable alusión a la renovación cultual anunciada por la trompeta de ese séptimo ángel, en la que la nueva religión -la religión de Cristo, como dice el pasaje del Apocalipsis de Juan- ha de imperar sobre las antiguas creencias. Éstas, a grosso modo, quedarían representadas en el simbolismo de los motivos que decoran los siguientes capiteles, donde no es difícil encontrar numerosas referencias que señalan precisamente a esos cultos y que, podríamos suponer que acompañaron anímicamente a esos aguerridos colonos cántabro-astures que fueron abandonando la seguridad de sus montañas, estableciendo nuevas fronteras a medida que avanzaba esa sufrida y costosa aventura épica que fue la Reconquista.
Desde este punto de vista, no ha de resultarnos extraño, si en esos motivos, en esas referencias solares, donde no falta, tampoco, la presencia de un animal eminentemente sagrado, como es el toro o la vaca, encontramos paralelismos interesantes con otros lugares ancestrales de la Cornisa Cantábrica, como pudiera ser, por poner un ejemplo, esas cuasi idénticas alusiones que se localizan en los soberbios capiteles prerrománicos de la colegiata de San Pedro de Teverga, los cuales, de alguna manera, anticipan una coexistencia cultual que habría de romperse en siglos posteriores.
Otro dato de interés -aparte de la presencia de ese santo de advocación eminentemente templaria, que es la figura de San Isidro Labrador, presente, como imagen generalizada de veneración popular en profusión de templos- se localiza en su genuino cimborrio, de forma hexagonal, detalle ornamental que apenas se observa en otros templos de la región, y que le confiere, en tal sentido, un carácter poco menos que único.
En resumen, un templo que, aún a pesar de su estado, se recomienda visitar y tomar buena nota de su casuística y la multiplicidad de sus detalles.
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(1) Apocalipsis, 10,5.
(2) Para ampliar conocimientos sobre este tema, se recomienda la lectura del Capítulo VI del libro de Rafael Alarcón, 'La estirpe de Lucifer', Ediciones Robinbook, S.L., 2006.