miércoles, 18 de enero de 2012

Románico Asturiano: Santa María de Valdedios, monasterio cisterciense

Antes de finalizar, al menos de momento, este pequeño ciclo dedicado al arte románico asturiano, faltaba una entrada que, a mi juicio, puede resultar sin duda interesante: el monasterio cisterciense de Santa María de Valdedios.
A diferencia del monasterio de Coria, no hay constancia legendaria, que yo sepa, que afirme que lo construyesen los ángeles y lo bajaran a tierra valiéndose de unas sólidas cadenas de oro. Pero sí debe de ser cierto, no obstante, que algo del buen hacer celestial debían de poser la mente, el corazón y las manos de los canteros que un día, aplicando precisamente las leyes universales de longitud, proporción y medida -entre otras- levantaron esta joya que, situada a escasos metros de la maravillosa iglesia prerrománmica de San Salvador -el popular Conventín- conforman, por antonomasia, las dos indiscutibles maravillas arquitectónicas del Valle de Boides, situado en el concejo de Villaviciosa; o lo que viene a ser lo mismo, la antigua Maliayo. Fue fundado por el rey Alfonso IX de León y su esposa Berenguela, quienes lo cedieron al Císter. Se sabe que las obras comenzaron en 1218, bajo la dirección del Maestro Galterius, según consta en la inscripción fundacional que todavía a día de hoy se puede ver en la portada norte, precisamente aquélla que se orienta a la explanda de San Salvador, y por tanto, se sitúa enfrente del Conventín. Este mismo rey, dicho sea de manera anecdótica, también legó una encomienda a los templarios, a principios del siglo XIII, en Betanzos, Galicia, que fue permutada en 1255 por el rey Alfonso X el Sabio, a cambio de otras posesiones en Aliste y Alcañices. Y recordemos, que cistercienses y templarios, fueron órdenes hermanas.



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No deja de ser curioso, por otra parte, que teniendo fama las construcciones cistercienses de modelos de austeridad, en las portadas de este monasterio encontremos una riqueza simbólica hasta cierto punto desconcertante, que incluye, entre la característica temática foliácea, la presencia de unos elementos que parecen estar muy presentes en el románico astur: los Hombres Verdes. Junto a ellos, cabe reseñar la presencia, así mismo, de unos enigmáticos indiviudos, representados de torso para arriba, uno de los cuales, el principal, por su tamaño, porta en la mano uno de los objetos característicos de la imaginería mariana medieval: la bola. Esta representación, como dato informativo, se localiza también en la excelente portada de una iglesia cercana: San Juan de Amandi.


Es una lástima, sin embargo, que se hayan perdido numerosas claves artísticas. Se es consciente de ello, cuando se tiene la oportunidad de penetrar en el interior, y siquiera compartiendo como mal menor las prisas inherentes a una poco menos que obligada visita guiada, se tiene el tiempo justo de percatarse de algunos detalles. Sin duda, una de las claves que harán reflexionar a toda persona observadora que acuda alli por primera vez, sea la simbología de origen arábigo-hebraico, en la que no faltan las referencias al célebre Sello de Salomón, que se observa en los medallones sobre los que inciden las nervaduras de la bóveda. Pero mi aserto, va aún más allá y reincide en un tema que, aunque por desgracia incompleto, justifica con su repetitiva presencia en el Principado, uno de los grandes mitos medievales de todos los tiempos: el Santo Grial.


Aún se ve, con su forma tradicional de copa o jarra, en uno de los absidiolos que acompañan al ábside principal: el de la derecha. Significativamente, del suelo y hasta una altura de medio metro, aproximadamente, se conserva, perfectamente definido un curioso ajedrezado con los colores principales del célebre bauceant templario: el blanco y el negro. No tengo más remedio que mencionar el tema, porque uno de mis objetivos era localizar la supuesta tumba templaria que, según el fallecido investigador Xavier Musquera (1), se localiza en el suelo del claustro, siendo su símbolo identificativo una espada. Y en efecto, como ocurre con otra tumba similar que se localiza en Valdeande, provincia de Burgos, la tumba con la espada existe en el claustro. Como también existe, apenas uno pone los pies en el suelo de la iglesia entrando por su portada norte, otra tumba con un escudo de armas. Tampoco falta en el claustro -un claustro austero, sin adornos y probablemente rediseñado en los siglos XVII-XVIII, la presencia de la Dama por antonomasia del Císter: la Virgen Blanca.


De vuelta al exterior, advierto a la persona cuya curiosidad le induzca a tratar de ir más allá, que no encontrará evidencias del túnel que, se supone, unía el monasterio con el Conventín. Observará la entrañable y curiosa forma del viejo molino y también el pequeño puente de madera sobre el cauce de un riachuelo seco. Pensará en la suerte del peregrino al poder disponer de unas cómodas dependencias que le provean de un merecido descanso, y observando el extraordinario rosetón, se preguntará: ¿no es muy parecido a aquél otro que he visto en el también monastero cisterciense de Santa María de Huerta?.





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(1) Xavier Musquera: 'La aventura de los templarios en España', Ediciones Nowtilus, S.L., 1ª edición, abril de 2006, página 153.