sábado, 15 de octubre de 2011

Villanueva de Teverga: la magia interior de Santa María

Apenas unos insignificantes kilómetros separan San Martín de Teverga y la prerrománica concepción de los capiteles de su colegiata, de la intencionada y a la vez increíble madurez espiritual de aquéllos otros que se localizan en la parroquial de Santa María, en Villanueva. Capiteles únicos en su género, por añadidura -los expertos hablan de otros similares en una iglesia suiza- milagrosamente salvados, no sólo del incendio revolucionario de 1934, sino también del apocalipsis pátmico de aquélla desgraciada continuación que fue la Guerra Civil. De hecho, la iglesia de Santa María de Villanueva tuvo que ser reconstruída prácticamente por completo y todavía hoy, más de setenta años después de tan dramático e irreparable episodio, aún se pueden ver parte de sus desastrosos efectos en los agujeros de bala que socaban las pinturas virginales que coronan el hemisferio celeste de su ábside. Quizás por ello, los vecinos sientan cierto recelo cuando ven acercarse a su parroquial a foráneos, teniendo, quizás, plena conciencia de la importancia de lo poco de aquél auténtico legado cultural que ha sobrevivido, y que en la actualidad, procuran conservar como oro en paño.




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Tales recelos, se pueden disculpar, no cabe duda, si bien por suerte o por influencia, se tiene la oportunidad de poder traspasar su sagrado umbral y acceder al magnífico tesoro de su interior. Observando ese tesoro, parido en la imaginación cortés de un anónimo magister muri, uno no puede por menos que pensar, comparativamente hablando, en una parrillada simbólica cuyos elementos se maceran, compulsiva y soterráneamente, en el carbón de una tradición ancestral. Quizás no sea casualidad su presencia en Asturias y su localización en un concejo tan emblemático, como es este de Teverga; y puede que resulte hasta probable una influencia foránea, aunque no obstante ajena a la ambición de Cluny y sus denodados esfuerzos por controlar los cuatro puntos cardinales del Camino de las Estrellas. Cabría especular -la falta de documentación, por desgracia, no dá para más que para eso- con alguna orden militar y las cofradías de canteros a ello asociadas. Y no sería descabellado suponerlo así, si tenemos en cuenta la cercanía del Monsacro, la Sierra del Aramo y los caminos ancestrales de peregrinación, siguiendo las pautas del Camino Primitivo, que no sería otro que el seguido por el rey Alfonso II el Casto y su corte, tras el descubrimiento, en Iria Flavia, de los supuestos restos mortales del Apóstol.

La presencia de ciertos símbolos, y su curiosa repetitividad dentro de los motivos que conforman los capiteles dan óbice, en mi opinión, siquiera para aventurarlo y tenerlo en cuenta. Evidentemente, uno de los símbolos primordiales a los que me refiero, no es otro que el de la pata de oca, cuya presencia en las principales edificaciones religiosas del Camino de Santiago es una constante de importancia capital.


[continúa]



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lunes, 10 de octubre de 2011

San Martín de Teverga: Colegiata de San Pedro

Uno de los concejos asturianos más espectacular e interesante, es éste de Teverga. Vecino de otros concejos no menos espectaculares, como Quirós, Proaza o Santo Adriano, no guarda sólo una naturaleza indómita y espléndida, recorrida por la denominada Senda del Oso, que parte de las inmediaciones de Tuñón y cada verano atrae a más excursionistas, sino que también custodia una larga, antigua historia no del todo conocida, entre la que destacan algunas joyas artísticas de primera magnitud, que bien merecen la pena de una larga, y si es posible, profunda visita. De ellas merecen especial atención, por encima de cualquier consideración, la iglesia de Santa María, en Villanueva de Teverga, y éste auténtico rompecabezas cultural que es la Colegiata de San Pedro, localizada en la población de San Martín, situada, aproximadamente, a dos o tres kilómetros escasos de distancia de la anterior.

No es una cuestión baladí hablar de puzzles o rompecabezas culturales, a la hora de definir los elementos, en su mayor parte foráneos, que definen el entramado arquitectónico del lugar, otorgándole, de paso, caracteres legendarios mucho más antiguos de lo que cabría imaginar en un principio.



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De época prerrománica (1), sin duda, son los formidables capiteles que, cual hercúleos colosos soportan una auténtica montaña de piedra, labrada y colocada en diferentes épocas. Por su longitud, sugieren cierto parecido con aquellos otros que se pueden contemplar en la cripta del monasterio navarro de Leire. No obstante, y a diferencia de éste, los motivos de cuya labra están basados, esencialmente, en universos foliáceos o vegetales, los elementos labrados en los capiteles de ésta Colegiata de San Pedro, conforman un auténtico muestrario, filosófico y antropológico, que ofrecen un variado y a la vez detallado mosaico cultural y cultual -no lo olvidemos- acerca de un pueblo, el astur, siempre reticente a abandonar muchas de sus antiguas costumbres precristianas.


Si bien en el exterior los canecillos nos ofrecen una detallada idea de la fauna autóctona de la región -las cabezas de lobo, zorro, oso y buey, por ejemplo, conviviendo con una amplia gama de cérvidos, algunas de cuyas especies posiblemente estén extinguidas en la actualidad- los capiteles del interior complementan una visión cosmogónica propia, donde conviven ritos y mitos, usos y creencias, cuyo eje centrípeto se localiza en la facultad expresiva y descriptiva del artista. De tal forma, que llama la atención, por ejemplo, observar la figura de un prócer y un siervo junto a sus bueyes, y entre medias de ambos la presencia, significativa, de una espada corta o falcata, perfectamente definida. El poder eclesial y el terrenal; el sacerdote y el siervo que, en otro momento descriptivo se convierte en caballero villano; o lo que es lo mismo, dispone de armas y cabalgadura con las que acudir a la llamada de su rey para combatir al enemigo, presumiblemente musulmán.


Pero no sólo encontramos fijación por la Naturaleza y sus humores como modelo a imitar, sino también, detalle a tener en cuenta, la convivencia -al menos sobre la piedra- de dos formas de espiritualidad antagónicas: la cristiana y la animista y pagana. Lo podemos percibir en otro de los capiteles, que no tiene desperdicio alguno, en cuyo centro se observa la figura de Cristo con la burra de Balaam y un sol. Recordemos el simbolismo añadido a este noble animal que, junto a la figura del caballo, cumple funciones ctónicas siendo, a la vez, vehículo de Conocimiento. No obstante, lo interesante reside a ambos lados de la figura Crística, en esas dos representaciones humanas que definen las concepciones espirituales mencionadas, en las figuras de un sacerdote cristiano y un probable oficiante pagano revestido con una piel de oso. El santo, con las características hojas de palma y la serpiente están también presentes; como presente está, a ambos lados de la nave, el escudo familiar de los Miranda, que reproduce, con sus doncellas, la leyenda, común a muchos ámbitos cristianos peninsulares, del tributo de las doncellas (2).





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Más misterios aguardan, no cabe duda, en ésta arca pétrea cargada de retazos de Historia. Uno de los más atractivos, se localiza detrás del altar, en el enigmático Cristo. Un Cristo, probablemente del siglo XIV, llamado del Relicario, porque durante una restauración se descubrió en su nuca un cajoncito que contenía arena; arena que, al ser analizada, se determinó que procedía de Jerusalén. En su mano derecha, le falta un dedo, por lo que cabe suponer que fue burlado en algún momento como recuerdo o reliquia.


Aún en lamentables condiciones de conservación, el claustro ofrece también algunos elementos dispersos, pero interesantes, pertenecientes a diferentes épocas y estilos. Prerrománicos podrían ser, por ejemplo, esa flor de lis -recordemos que, según el Libro de los Reyes, Salomón mandó colocar precisamente una flor de lis en el medio de las columnas Jakim y Boaz, en el modelo de los modelos de los Templos, que lleva su nombre- y un caballero, que quizás denoten un origen franco. Destacable, así mismo, es la presencia de los llamados hombres verdes, oscuros, esotéricos, y a la vez guardianes de una arcaica tradición.


Por último, añadir que en una sala anexa al claustro, un pequeño museo, maravilla con la visión de algún capitel románico, de origen desconocido -destaca una Virgen con Niño esculpidos con gran calidad en la piedra-, parte de las joyas donadas por Doña Urraca, o espanta, con la visión de los cadáveres incorruptos de Pedro Analso de Miranda, abad de la Colegiata, obispo de Teruel, inquisidor y consejero del rey Felipe V, y de su padre, el segundo marqués de Valdecarzana.


(1) Los capiteles no son originarios del lugar, sino que pertenecían a la iglesia de un pueblo cercano, despoblado, cuya referencia el guarda no supo o no quiso darnos durante la visita.


(2) Otro de los lugares donde más arraigo tiene ésta temática, es en Carrión de los Condes, en pleno Camino Jacobeo. En Villalcázar de Sirga, en el antiguo hospital de los templarios, hoy en día reconvertido en restaurante, hay un cuadro de época que representa la mencionada leyenda. El nexo de unión, por su culto en el antiguo reino astur y su protagonismo en la historia, serían los bóvidos.