lunes, 19 de septiembre de 2011

El tranquilo recogimiento de Bendones: Santa María



Bendones es una modesta población, situada del casco urbano de Oviedo a similar distancia a como puedan estarlo, sin ir más lejos, otras dos maravillosas joyas del Arte Asturiano -Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo- aunque en otra dirección. Una dirección, ajena a las, en ocasiones desesperantes instrucciones del GPS de turno, en la que únicamente se precisa no despistarse demasiado siguiendo los carteles indicativos que señalan la dirección de los monumentos prerrománicos.

Digo esto, en atención a toda persona que, como yo, no destaque especialmente a la hora de manipular esos endemoniados mapas interactivos modernos y desee evitarse, por consiguiente, la desagradable experiencia de atravesar de una parte a otra la ciudad, dando tumbos como una peonza. Tampoco ha de asustarse, a priori, si tomando la dirección señalada, se tropieza con una pequeña aldeíta llamada Covadonga: que esté tranquilo, porque no ha llegado, ni mucho menos, a las inmediaciones del principal Santuario Mariano de Asturias, ni se encuentra, tampoco, en las proximidades de Arriondas y de Cangas de Onís, ni verá en su camino un río de las características del Sella, que le indiquen la cercanía de una fiesta tan renombrada como la de les piragües.



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Eso sí, verá a mano derecha, poco después de dejar la aldea, un cartel indicativo del monumento que, señalando hacia una carreterilla comarcal sumida en el crepúsculo por el bosquecillo que la flanquea, a uno y otro lado, se pierde en lo desconocido, corcoveando como el cuerpo de ese mitológico cuélebre, tan renombrado en lo más florido de las tradiciones locales. Sentirá apuro, posiblemente, pensando en la aparente estrechez de esas típicas carreterillas comarcales asturianas, deseando no cruzarse con ningún vehículo, al menos hasta llegar a la teórica seguridad del pueblo. Conductor o no de la Meseta, en las casinas del pueblo -apiñadas a un lado y desperdigadas a otro- observará algunos detalles interesantes, como ese antiguo remedio popular para atraer la buena suerte, que no es otro que el derivado de colgar herraduras en la puerta; o verá, deslumbrado por sus colores, pequeños bosquecillos florales decorando rincones y barandas de hórreos centenarios, sin otros símbolos aparentes, tan característicos de estas construcciones en otros lugares y concejos.


Por otra parte, y reposando sobre un mullido colchón de césped, la visión de la iglesia de Santa María le parecerá la de un arca primigenia, a la que un ocasional Noé medieval quiso dotar con un mástil que, bien por necesidad o bien por comodidad, desvirtúa un conjunto nacido con la medida y la proporción previstas en la mente geométrica de un maestro pescador de hombres. Reparará, sobre todo, en esas maravillosas celosías, realizadas artesanalmente en una sola pieza, cuyos motivos, crucíferos y mandálicos, ejercerán sobre su psique señales subliminales de magnética atracción.


Algún viajero, avispado observador de románico peninsular, pensará haber visto alguno de esos mandalas en construcciones independientes, lejanas en el tiempo y ajenas a la provinica y pensará que esa especie de flor nuclear de cuatro hojas, la ha visto en iglesias castellanas, como la de Santa Coloma de Albendiego; precisamente el lugar, situado a la vera de la paradigmática Sierra de Pela, donde algunos historiadores sitúan el probable emplazamiento de la misteriosa Alhándega, el sitio, quebradizo y vital para emboscadas, que significó la debacle total para el ejército moro que se retiraba mal herido de Simancas.


Pero pocos sabrán, que en el fondo, lo que tienen ante sus ojos, es un fiel reflejo del mundo de Maya, el mundo de la ilusión que, por fortuna, le hace mantener un aspecto similar al que tenía antes de que las hogueras de la revolución minera de 1934 lo echaran a perder. En el fondo, se puede decir que es toda una suerte, en comparación con la irreparable pérdida de otros templos de similares características, como el de la cercana Santolaya.



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