miércoles, 8 de junio de 2011

Artaiz, Navarra: iglesia de San Martín



[Fotografía 1: la parturienta de Artaiz]


Hay quien alude a la magia de la Edad Media, para describir el encanto implícito en sus ferias y mercadillos; otros, sin duda más prolíficos y políticamente cultos, comparan Europa con Jano, posiblemente influenciados por esa doble moralidad con la que se rigen los destinos del mundo. En ocasiones, cuando me encuentro frente a un templo de las características de éste de San Martín de Artaiz, pienso que en el fondo, el románico es un Arte que contiene grandes dosis de esa magia, e incluso de esa doble moralidad, que ingenuamente consideramos como un defecto implícito a nuestra sociedad actual.

La magia, al menos la natural y referida al caso de Artaiz, se localiza fácilmente en el entorno: montes y valles fértiles, que deslumbran en primavera, felizmente saciados con los rigores del invierno. La doble moralidad, bajo mi punto de vista, se deriva de la temática, rica y a la vez extraña en simbolismo, que derrochan sus principales ornamentos, sobre los que hay que centrar toda la atención para no perder detalle. Porque precisamente es eso lo que desborda la imaginería de los canteros que levantaron la iglesia de San Martín: multitud de detalles que conllevan mensajes subliminales, entrevelados, crípticos en la mayoría de los casos, que hay que ir descubriendo con paciencia.



[Fotografía 2: Artaiz, anciano de rostro trifaz]


A la magia del entorno, hay que sumarle, así mismo, la concepción mágico-filosófica del pensamiento medieval: junto a los tres estamentos principales de la sociedad de la época -oratores (1), bellatores (2) y laboratores (3)- cuya representación vemos en cualquier templo de similares características, sobreviven concepciones espirituales -consideradas como vicios y virtudes- representadas por seres fantásticos, unas veces terroríficos pero generalmente mitológicos, que se refieren, en el fondo, al desdén eclesiástico hacia las antiguas religiones o quizás, en contrapartida, a una perseverancia de ritos y costumbres que, después de todo, la Iglesia se vio incapaz de erradicar defitivamente de la memoria de unas gentes demasiado apegadas a sus concepciones ancestrales.



[Fotografía 3: Artaiz, rostro trifaz]


Por eso, por ejemplo, quizás no debería extrañarnos en demasía la intercalación de conceptos como erotismo y esoterismo, que se encuadrarían, se trata sólo de una opinión, dentro del microuniverso general de unas gentes y de un modus vivendi característico de un momento histórico determinado. Esto podría explicar, en parte, desde luego, la presencia de ese singular canecillo en el que el niño recién parido viene al mundo empuñando un cuchillo: la procreación vista como una necesidad para la pervivencia de los reinos nacientes, cuya probabilidad se vería confirmada por la metopa que representa una lucha entre caballeros, situada en el especio existente entre el siguiente canecillo, aquél que representa al hombre con el miembro viril amputado -censura de época moderna, todo sea dicho- y el canecillo que muestra a un soldado, portador de la cruz en su escudo, sojuzgando a un extraño ser con cola de serpiente, que podría aludir, a imitación de las representaciones santiaguistas, al formidable enemigo sarraceno de la época, e incluso a las necesidades de expansión del reino de Navarra, contando con guerreros suficientes para hacerlo. Sin obviar, por otra parte, una posible alusión moralizante relativa a la concepción fuera del ámbito estricto del matrimonio y el fruto de dicha relación, o fruto del pecado.





[Fotografía 4: canecillo Palacio de los Reyes de Navarra, Estella]



Pero la temática desarrollada por los canteros en la iglesia de San Martín de Artaiz, va mucho más allá de un simple mensaje moralizante encaminado a encauzar los destinos espirituales de las gentes del lugar; recordemos, colonos, en su mayoría procedentes del pequeño reino de Asturias, en cuyas ánimas habitaban referencias mitológicas de religiones anteriores, y entre ellas, de forma notable, la celta. Tal vez ésta arraigambre cultual sea, en parte, la culpable de que en ésta iglesia se incluyan referencias inequívocas a dichos cultos anteriores y se utilice, en parte también, un recurso simbólico que, aunque observado en algunos templos, no se puede considerar, a priori, demasiado frecuente y conlleva numerosas disquisiciones entre los investigadores e interesados en el tema; dicho motivo, no es otro que el de las cabezas trinitarias o trifaces, como diría el escritor e investigador Rafael Alarcón Herrera (4).

Comenta Alarcón (5), entre otras cosas, que entre las escasas representaciones del románico hispano donde podemos encontrar cabezas trifaces, hay tres que merecen destacarse. Una de ellas es, naturalmente, ésta iglesia de San Martín de Artaiz; otra, estaría en la iglesia oscense de Santa María, en Alquézar, y la tercera se localizaría en la iglesia de la Trinidad de Tudela. Por supuesto, se puede hablar de alguna más -dato conocido por el autor, como de hecho, me consta- en Guadalajara y Soria, como, por ejemplo, la curiosa cabeza trifaz de la iglesia de San Pedro de Caracena, en la que algunos ven una discutible alusión al misterioso baphomet templario.

Dejando a un lado el tema del Temple -del que cabe mantener ciertas sospechas con respecto a ésta iglesia- lo que sí resulta destacable -y quizás sea éste precisamente uno de los motivos que hacen de San Martín un templo sin duda alguna sigular- es que, aparte del canecillo trifaz (6) situado junto a lo que parece a todas luces una representación del propio San Martín, báculo en mano, existe otra figura trinitaria, curiosísima, que no tiene desperdicio alguno.

La figura en cuestión, ocupa la parte central del segundo capitel de la izquierda del pórtico de entrada, y reproduce a un anciano de luengas barbas, sentado en lo que parece un columpio o balancín, mientras es observado, a ambos lados, por dos figuras incorpóreas, a las que sólo se ve la cabeza, aludiendo, seguramente, a ángeles. Entre éstas, se aprecian unas volutas, que representarían nubes: nos encontraríamos, como muy acertadamente apunta Alarcón, con una representación, convenientemente cristianizada, de Dios, basada en antiguas mitologías, como la celta, cuando no en las concepciones mitológicas greco-latinas donde, aparte de alguna curiosa representación trifaz de Jano, conllevan también una ineludible alusión a Cronos o Saturno, el Tiempo: Presente, Pasado y Futuro.

Respecto a ello, resulta conveniente precisar que no sólo en las mitologías orientales -la mitología hindú, por ejemplo, es pródiga en este tipo de representaciones- y occidentales encontramos este tipo de representaciones, sino que también se localizan entre las, a priori, terribles divinidades adoradas por los aztecas en lo que, por circunstancias basadas en lo tardío de su descubrimiento, se ha denominado Nuevo Mundo. Circunstancia, valga la redundancia, que lleva a pensar en un origen común del mito, cuyas implicaciones, serían extensísimas y darían, por sí mismas, material suficiente como para que se vertieran verdaderos ríos de tinta.

Puede que estos antecedentes hayan motivado que éste tipo de representaciones, desvirtuadas sus concepciones originales aún mucho más en épocas posteriores, hayan servido para hacer de ellas hipotéticas identificaciones diabólicas (7) y fueran perseguidas por los perros de Dios, es decir, por los dominicos de la Santa Inquisición. Aunque algunas representaciones, sobre todo en lienzos que, de forma casi milogrosa, se salvaron de la quema (8); otros, de épocas más recientes y quizás menos conocidos por el público en general, aún se pueden admirar, como el que se conserva en el monasterio segoviano de Santa María la Real de Nieva.

Eso, por no mencionar las consideraciones esotéricas y teosóficas, surgidas a partir del siglo XIX, que implicarían la figura del denominado Rey del Mundo, que algunos identificarían con el Preste Juan medieval e incluso, remontándose a la Biblia, con el misterioso Melquisedec, rey de Salem o el Anciano de los Días (9).





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(1) Las gentes del espíritu.
(2) Las gentes de la guerra.
(3) Las gentes del trabajo.


(4) Para ampliar los conocimientos sobre los diferentes misterios que pueden localizarse en este templo de Artaiz, recomiendo la lectura de las entradas Artaiz, sombras de sospecha (I-IV), a las que se puede acceder pinchando este enlace.


(5) Rafael Alarcón Herrera: 'La otra España del Temple', Ediciones Martínez Roca, S.A., 1988, página 166 y siguientes.


(6) Sobre este canecillo trifaz de Artaiz, creo que merece la pena comentar el parecido razonable que tiene con otro canecillo, monofaz, por cierto, que se localiza en Estella, en el Palacio de los Reyes de Navarra (fotografía 4).


(7) En un pueblo de Guadalajara, cuya referencia me permito el derecho de reservarme por el momento, una representación similar ha quedado registrado en la memoria popular como el demonio de las tres caras.


(8) Rafael Alarcón, op. cit.: pone como ejemplo el cuadro que aún se conserva en el monasterio de Tulebras, Navarra.


(9) Existe un cuadro de William Blake, pintor y visionario inglés del siglo XVII, que, titulado precisamente así, The Ancient of Day -El Anciano de los Días- guarda cierta semejanza con el tema, aunque carece del rostro trifaz.

domingo, 5 de junio de 2011

Arce, Navarra: iglesia de Santa María

'Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo'.

[Jorge Luis Borges (1)]



No faltaría a la realidad, o mejor dicho, a mi realidad, como diría Borges en la frase que aquí utilizo como prólogo y que en realidad es el comienzo de su relato Ulrica, si dijera que uno de los factores que mejor define a esta longeva iglesia de Santa María, no es otra cosa que su, en apariencia, prolongado aislamiento. En efecto, situada a unos dos kilómetros, aproximadamente, de Nagora y las estribaciones del embalse de Yesa-cuyas aguas lamen las cercanías del monasterio de Leire y ocultan las aguas termales del despoblado de Termas, descrito por Aymerich Picaud en el Codex Calistino-, en la denominada Ruta de Muniaín que, entre otros lugares, conduce al Mirador de las Foces, la soledad en la que permanece este singular templo sería absoluta, si no fuera porque, en los prados vecinos, algunos équidos se desenvuelven libremente y en ocasiones el viento trae consigo el eco lejano de sus relinchos. Situada en la cúspide de un altozano, y circundada en sus tres cuartas partes, por una tierra salvajemente roturada -se ignora con qué propósito y fin-, la torre de la espadaña mira hacia unos montes que la Naturaleza, sabia pero también caprichosa, ha querido dotar con la forma de pirámides, chatas en la cima, en algunos casos, sobre las que algunos pueblos, como los celtíberos, gustaban de instalar sus poblados. Eso no quiere decir que sea éste el caso, desde luego, pero cualquier momento es ideal para dejarse llevar por la ensoñación, y el paraje donde se ubica esta iglesia, invita, cuando menos, a ensoñar. Tanto es así, que aproximadamente una treintena de kilómetros más allá, gratamente recorridos entre parajes de ensueño, el viajero se encuentra con poblaciones emblemáticas del Camino Jacobeo, como son Burguete y Roncesvalles; y a veinticinco kilómetros de éstas, con la espectacular selva de Irati.

Como en otros pequeños templos diseminados por la provincia, sobre ésta iglesia de Santa María puede recabarse la sospecha de que no todos sus elementos sean originales, y sí, por el contrario, reaprovechamientos de otros lugares de culto, de ubicación ignorada y echados a perder en época igualmente indeterminada. No olvidemos que Navarra fue, al menos hasta el siglo XI, un territorio de fácil disposición para las contínuas expediciones y aceifas musulmanas, programadas desde el Califato de Córdoba.

Esta particularidad se advierte, sobre todo, en su portada principal de acceso, donde no todos los elementos parecen encajar, llamando la atención, especialmente, el capitel de la derecha, que parece mostrar una continuidad de labra, que en principio hemos de suponer innecesaria. Curiosamente. la parte central de este capitel, muestra la figura de Cristo resucitado en el interior de una mandorla.

Por otra parte, la iconografía, referida al ámbito de los distintos elementos ornamentales -principalmente, canecillos y capiteles- ofrecen un mensario característico del románico que, a grosso modo, podría resumirse en usos y costumbres de la época, y estarían conformados por rostros y figuras humanas -incluidas varias de carácter erótico, así como músicos-; figuras animales y monstruosas (2); otra, repetitiva en otros templos de la provincia (3), ante la que cabe preguntarse: ¿amantes o gemelos?; y por supuesto, entrelazados y variedad de motivos foliáceos o vegetales.




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(1) Jorge Luis Borges: 'El libro de arena', Alianza Editorial, S.A., 5ª edición en El Libro de Bolsillo, 1983, página 15.

(2) Resulta curioso, por ejemplo, que tanto en éste, como en otros templos navarros la figura del demonio devorando a un pecador del que sólo se ven las piernas colgando de las terroríficas mandíbulas, sea utilizado como canecillo. Representaciones similares en templos de otras provincias, suelen ser más comunes -y pongo como ejemplo, el templo de San Miguel de Biota, en las Cinco Villas- situadas en la parte interna de los pórticos principales de entrada, tal vez como alusión a esos demonios que, según la leyenda, guardaban el Templo de Salomón o quizás como recordatorio del trágico destino que esperaba a los pecadores.

(3) Por ejemplo, es un motivo que se localiza en varios canecillos situados en el ábside de la iglesia de Santa Catalina, en Cirauqui.