miércoles, 6 de octubre de 2010

Castañeda, Cantabria: Colegiata de Santa Cruz

Dentro de los pormenores de un viaje corto, pero intenso a esa región especial de la Cornisa Cantábrica, que constituye la Comunidad de Cantabria, Castañeda y las circunstancias que rodean la explotación tiránica de su preciosa colegiata de Santa Cruz, no gozan, precisamente, de mis recuerdos más gratos. Si bien es cierto que la educación y las mejores voluntades por parte de los responsables de mostrar y vigilar el Patrimonio histórico-artístico en numerosos lugares de esta región son dignos de mi más sincero elogio y agradecimiento -mención especial, merecen, sobre todo, las personas encargadas de la Colegiata de San Pedro de Cervatos y de la iglesia de Santa María de Yermo- hacia Castañeda y sus custodios, sólo puedo expresar decepción; y hasta cierto punto lástima, por constituir una sombra sin duda alguna negativa, dentro de un conjunto grandioso y espectacular.
No puedo disculpar, en este caso, el tópico -tan antiguo como la historia del Diluvio Universal- afín a esa mentalidad retrógrada de funcionarios simplistas que, amparada por el yo sólo cumplo órdenes, emborronan y zancadillean todo intento honesto y desinteresado de llegar a estudiar, compartir e intentar comprender las características idiosincráticas que definen a nuestro fascinante Patrimonio nacional. No me sirven -y lamento si hiero susceptibilidades- las posturas intransigentes e inconsecuentes que amenazan con llamar a la Guardia Civil por querer sacar una foto del cartel de la puerta -¡ojo, del cartel de la puerta!- donde pone prohibido hacer fotos, y unos minutos después, viendo que se le escapa la posibilidad de poder hacerse con el impuesto revolucionario del grupo, demostrar una completa falta de respeto hacia los demás visitantes, permitiendo sacar algunas fotos del interior cuando éstos se marchen. No es ético; ni digno; ni justo, ni consecuente. Lo siento, pero tenía que decirlo, aunque el tema ya lo comentó también, en su momento, el bueno del Magister Alkaest, en una entrada de su blog Picota y Cepo, que lleva por título 'Obispado neurótico y feudal'.
Ahora sí. Obviando hacer referencia a unos interiores que, indignado me negué a conocer bajo unas condiciones tan despóticas y desafortunadas, diré que, a pesar de todo, me gustó contemplar este destacado templo, cuyos orígenes, inciertos y vagamente referenciados, como cabía esperar, tienden a situarse a comienzos del siglo XII, un siglo prolífico en este tipo de construcciones, a cuál de ellas más impresionantes, como demuestran las otras tres colegiatos situadas, respectivamente, en Santillana del Mar, en Cervatos y en San Martín de Elines.
Si bien desde sus inicios hasta prácticamente el siglo XVII fueron añadiéndose elementos, destaca, en la parte sur, el añadido adicional de una torre hexagonal, que aunque no es la única referencia, sí constituye, sin embargo, una de las pocas en su género existentes en la región.
Los elementos principales que conforman los motivos de capiteles y canecillos, están basados, fundamentalmente, en animales y vegetales, aunque destaca la presencia de elementos con forma de caras monstruosas, que tanto disgustaban a San Bernardo, al considerarlas sencillamente ridículas pero que, no obstante, representan auténticos iconos dentro del pensamiento de la época en que se esculpieron, formando parte de un mensaje general y secuencial, que aún está por descubrirse en toda su extensión.
Siguiendo con lo que parece ser una constante dentro del románico cántabro-palentino, animales y aves se representan de manera dual y afrontada; es decir, unidas por la cabeza. Destaca, también, la presencia de un elemento relevante y cargado de connotaciones simbólicas, como es la espiral, símbolo universal y mistérico donde los haya, situada en uno de los canecillos del ábside principal. En este mismo ábside, aparte de los rostros monstruoso-animalescos, destacan, así mismo, rostros que pueden ser considerados como típicas de la época, barbados, y en menor frecuencia, femeninos.

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domingo, 3 de octubre de 2010

Cervatos, Cantabria: Colegiata de San Pedro


Para intentar comprender, siquiera una mínima parte de ese gran enigma artistico y simbólico que es la Colegiata de San Pedro de Cervatos, resulta imprescindible, cuando no necesario, obviar, en primer lugar, el paradigma erótico por el que posiblemente resulte más conocida, y aventurar la mirada hacia atrás; lejos, mucho más lejos de ese siglo XII en el que, se supone, se fundamentan sus cimientos. Resulta imprescindible, necesario aún más, si me apuran, hacer un pequeño ejercicio de imaginación, e intentar que nuestra mente -infinitamente viajera y peregrina- intente acceder a esa Hispania anterior al declive visigodo y la invasión árabe de la Península.
Y dentro de ésta Península, una región de reminiscencias eminentemente mágico-naturales, aislada de la Meseta por una imponente frontera natural: los Picos de Europa. Una región brumosa, de bosques sombríos, impenetrables, y valles fértiles, generosos y fructíferos; una región en la que, de todas las culturas que pusieron los pies sobre ella, destaca una en particular, que supo conectar con el entorno como ninguna otra: la celta.
Posiblemente, a diferencia de las demás culturas, los dioses del panteón celta estaban estrechamente ligados a la Naturaleza; no sólo se sacralizaba el bosque, donde por encima de los demás elementos destacaba la figura del roble, sino que, además, se rendía culto a una serie determinada de seres o espíritus elementales (de las fuentes, de los ríos, del aire, del fuego...) por cuya mediación, el hombre obtenía lo necesario para su subsistencia. No resulta extraño, pues, que éste, a modo de agradecimiento, propiamente hablando, dedicara una serie determinada de ritos y ofrendas, entre los que no faltaban, desde luego, los ritos de fertilidad. Ritos que persistieron con un arrojo fuera de lo común, frente a los que el Cristianismo encontró barreras poco menos que insalvables, y aún considerados como paganos, consintió en maquillar en pro de una labor evangelizadora que, desde luego, tenía muy cuesta arriba. No es de extrañar, por tanto, que en los edificios religiosos sobrevivan muestras que, lejos de desconcertarnos, han de hacernos mirar con otros ojos. La Colegiata de San Pedro de Cervatos, en mi opinión, pertenece a este grupo.
Otro de los revulsivos a tener en cuenta, fue el descubrimiento, en las cercanías de Iria Flavia, de los restos del apóstol Santiago. Revulsivo que, además de suponer un golpe efectivo de fe, abrió otra vez aquél antiguo camino celta de peregrinación, conllevando, además, un germinamiento de construcciones religiosas a todo lo largo y ancho de las numerosas rutas que, partiendo de dentro como de fuera de la Península, tenían como objetivo Compostela, y más allá, ese Finis Terrae.
En efecto, nunca sabremos con exactitud a quien pertenecen en realidad esos huesos, esas reliquias descubiertas en ese campus stellae -incluso la etimología se presta a varias interpretaciones, como campo de la estrella o campo de las estelas, en relación al cementerio alli existente-, no estando nunca, por tanto, seguros de quién yace realmente en lo más profundo de la catedral compostelana. Pero sí sabemos una cosa, y es que, independientemente de que sea Santiago el Mayor o el hereje Prisciliano o cualquier otro personaje, ésta posible inventio constituye el revulsivo que siglos más tarde haría posible la Reconquista y de hecho, ésta proliferación artística que consigue que ahora, a pesar de no entenderla del todo, nos regocijemos de placer con su sola observancia.


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La clave del erotismo de San Pedro de Cervatos podría estar, entonces, directamente relacionada con estos ritos de la fertilidad, sin necesidad de buscar otras complicadas interpretaciones de origen tántrico oriental, que tanto se manejan en algunos círculos. La prueba de ello, quizás la encontremos en numerosas otras iglesias y colegiatas de la región -como Bolmir, Yermo o Argomilla, por citar algunas- cuyo erotismo no es, bajo mi punto de vista, inferior.

Pero si obviamos, o mejor dicho, dejamos en un segundo plano la erótica canecística, veremos que en este monumental templo de Cervatos -una pasada, como acertadamente dijo una amiga, cuya voz, anónima por respeto, se puede escuchar en el segundo vídeo que acompaña a esta entrada- hay otras claves, otros detalles de interés, que enlazan, en mayor o menor medida, con la posible presencia de una orden militar maldita -el Temple- y con un no menos complicado y fascinante tema: el de los canteros medievales y sus posibles rutas de influencia. Porque, continuando con lo que comentábamos al respecto en la entrada relativa a la Colegiata de San Martín de Elines, aquí, en San Pedro, volvemos a presentir la presencia, si no de ese misterioso magister Dom Michael, sí al menos de su escuela. Esto se hace evidente, comparativamente hablando, en las figuras de algunos de los capiteles interiores que conforman los arcosolios absidiales que rodean al altar. La sospecha surge, casi por sí sola, en la forma de las figuras, y sobre todo, en esa particular labra y disposición se las serpientes, tan familiares a las que podemos encontrar en San Martín de Elines y en tierras de Segovia, como en el interior del Priorato de San Frutos.

El elemento serpentario, parece ser una constante en el trabajo de este magister, o bien una continuación, con la misma técnica de enroscamiento, continuada idealmente por su escuela. Ideal o simbolismo, por otra parte, que podría indicar no sólo una alusión al Conocimiento, asociado generalmente a la figura de la serpiente, sino también una posible alusión a esas wouivres galas, que no serían, si no, esas corrientes telúricas que se desarrollan en el interior de la tierra y que, supuestamente, ejercen una serie de influencias determinadas, conocidas desde la más remota antigüedad.

Las figuras humanas -sobre todo aquella en particular que parece mostrar al propio magister, en el capitel de San Frutos y posiblemente a San Pedro, en este capitel de Cervatos- aunque familiares, también difieren, no obstante, en un detalle principal: los ojos. Lejos de parecer una circunstancia casual, parecen haber sufrido una evolución del círculo original al óvalo, comparable a aquellos otros atribuídos al denominado maestro de Agüero y de San Juan de la Peña, en una disposición que en opinión de algunos investigadores, como Juan García Atienza, denota o implica un concepto de trascendencia.

Trascendencia y atención requiere, también, la observación de otro de los capiteles interiores del ábside -y retornamos al mito serpentario- que representa la lucha de San Jorge/San Miguel con una monstruosa serpiente/dragón enroscada. Motivo que se presta a una especial relevancia en la temática -tanto externa como interna- de la portada de la iglesia de Santa María, en la relativamente cercana población de Yermo, y que constituye, en mi opinión, una auténtica rareza. Así mismo, se aprecia una gran calidad en la labra relativa a otras temáticas interiores, como pueden ser los motivos vegetales, los entrelazados célticos, y sobre todo, las aves, generalmente afrontadas y unidas por la cabeza; motivo de dualidad, tanto en lo referida a aves como a otro tipo de animales, bastante común, no obstante, a numerosas iglesias cántabras y palentinas, como tuve ocasión de comprobar este verano.

Con respecto a la posible conexión de la Orden del Temple, honestamente, no hay motivos suficientes para suponerlo, si exceptuamos la presencia de al menos, cuatro cruces del tipo paté: dos, grandes y bien visibles en los medallones de las nervaduras, y otras dos, muchisimo más pequeñas, situadas junto a otros motivos decorativos de probable reminiscencia céltica, que se localizan en uno de los capiteles situados junto al coro.


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