domingo, 29 de noviembre de 2009

Lecciones en la piedra: Santa Coloma de Albendiego

'Del siglo XII al XV, pobreza de medios, pero riqueza de expresión; a partir del XVI, belleza plástica, mediocridad de invención. Los maestros medievales supieron animar la piedra calcárea común; los artistas del Renacimiento dejaron el mármol inerte y frío'.
[Fulcanelli: 'El misterio de las catedrales']
El románico, una extensa biblioteca de piedra donde se concentra el saber, las creencias y la forma de vida de toda una época. Cosmogonías y mitos encauzados a apresar la voluntad de unos pueblos que, aunque evangelizados en parte -que no escolarizados, de ahí la importancia universal del símbolo- aún conservaban profundamente arraigadas creencias de antiguas culturas, así como recuerdos de cultos a dioses cuyo rastro, perdido en el cementerio de los acontecimientos pasados, a duras penas sobrevive fuera de las enmohecidas páginas de los libros de Historia.
Símbolos y figuras que generaban conceptos e ideas; que hacían de ermitas, iglesias y catedrales auténticas escuelas para un pueblo eminentemente analfabeto, que basaba gran parte de su aprendizaje en la tradición oral, siendo, también, profudamente supersticioso.
Tal vez por este motivo, y aplicando en gran medida el axioma de que si no puedes con tu enemigo, únete a él, el Cristianismo adoptó numerosos de estos símbolos y cosmologías, adaptándolos a su propia conveniencia; mezclándolos con otros, en teoría, de su propia concepción. Concepción que, a poco que revisemos las creencias religiosas de civilizaciones milenarias, como la egipcia, la griega y la romana, observaremos -cuado no exacta- una más que sospechosa coincidencia.
Pero también la tradición oriental, trabajada maravillosamente por hábiles manos de origen mozárabe y mudéjar, influyó, y de qué manera, en numerosos templos, dotándolos de una ciencia hermética de ocultas y complicadas implicaciones. He aquí, en la iglesia de Santa Coloma de Albendiego, provincia de Guadalajara, uno de los mejores ejemplos de ello.
Declarada monumento histórico-artístico nacional en 1965, la iglesia de Santa Coloma llama poderosamente la atención, no sólo por la belleza del lugar donde se asienta -en las cercanías de la Sierra de Pela, a orillas del río Bornoba- como por la exhorbitante riqueza simbólico-geométrica de su ábside, que se presta a multitud de estudios e interpretaciones.
Enclavada a escasos 300 metros del pinturesco pueblecito de Albendiego, se accede a ella siguiendo la encantadora senda de un camino, que produce en el visitante sensaciones parecidas a aquellas otras cantadas en verso por Antonio Machado cuando se inspiraba paseando por las riberas del Duero.
Si algo destaca del paseo -aparte de las crucetas, orientadas hacia lo más alto de la Sierra de Pela, donde se ubica otra no menos curiosa ermita, la del Santo Alto Rey- es la extraordinaria sensación de paz que se respira.
Sensación, por otra parte, que en cierto modo seduce al visitante, haciéndole pensar -y no erróneamente, en mi opinión- que encamina sus pasos hacia un lugar carismático y especial.
En consonancia con esta sensación, no se tarda en divisar la fachada de la iglesia, elevándose, imponente, sobre los muros tachonados de gris y jalonados, a trechos, por sencillas crucetas de piedra, del Cementerio Municipal.
[En preparación]

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