lunes, 14 de septiembre de 2009

Luz y Oscuridad para un Apocalipsis: el Beato de Liébana


'Ego sum alpha et omega, principium et finis, dicit Dominus...'
(Yo soy alfa y omega, primero y último, principio y fin)
[Apocalipsis, 21:6 y 22:13]
No ha de extrañarnos, en modo alguno, que siendo el más críptico de los evangelistas, el Apocalipsis de San Juan constituya una de las visiones más surrealistas de cuantas nos ha legado una Edad Media condicionada por un mundo en el que el símbolo conllevaba una forma de educación y de enseñanza conceptuales, acorde con unos tiempos marcados por el choque entre civilizaciones, donde el factor fundamental, cuando no el detonante, lo constituía la Religión.
La historia de esta joya medieval, universalmente conocida y apreciada, está ligada a la propia historia de un enclave que ha llegado hasta nuestros días más o menos intacto y convertido en un importante centro de peregrinación y jubileo, y que en sus inicios -oscuros e intranscendentes, perdido en un rincón de la inmensidad de los Picos de Europa-, se conocía como San Martín de Turieno. Estamos haciendo referencia, pues, a aquellos nebulosos años del siglo VII, posteriores a la invasión musulmana de la Península y la desintegración del reino visigodo.
Fue a continuación de dicha desintegración, cuando surgieron peculiares personajes, de cuya vida nacieron mitos, leyendas y cultos, muchos de los cuales han pervivido hasta nuestros días. Extrañas historias, que se localizan en numerosos lugares, y hacen referencia a nobles de origen godo que un buen día deciden repartir sus bienes entre los pobres y convertirse en eremitas, retirándose a cuevas que conservarían su carácter sagrado a lo largo de los siglos y serían foco de devoción y romería. Ahí tenemos, por ejemplo, al propio Santo Toribio, y otros casos dignos de mención, como son San Saturio en Soria y San Frutos, en Segovia, cuyas festividades continúan celebrándose, puntualmente, los días 2 y 25 de octubre, respectivamente.
Nobles que, investidos de la gracia divina, fueron los ejecutores de incomprensibles milagros y los artífices de conservar aún viva la llama de una fe que parecía estar siendo borrada de la faz hispánica por el paso incontenible de los ejércitos invasores, que combatían bajo el estandarte de la media luna, al grito de Alá es Grande. Tiempos de herejías, de catástrofes y de oscuridad, que necesitaban urgentemente revulsivos -o milagros, llámese como se quiera- para no fenecer. Tiempos de incertidumbre, en los que los cimientos de la Iglesia se tambaleaban, a pesar del acontecimiento trascendental que supuso, trescientos años antes, el descubrimiento de la tumba del Apóstol Santiago, dando lugar a una sobreperegrinación que en sus orígenes, célticos para más señas, se extendía hasta Finisterre, la Finis Terrae o el Final del Mundo conocido. Ese mundo conocido, pues, desmoronándose; preludiando el anunciado Apocalipsis; el Juicio Final que parecía abatirse como una plaga sobre los reinos cristianos de Occidente...
En realidad, ¿quién fue Beato de Liébana?. ¿A qué personaje veneramos cada 19 de febrero?. No es mucho lo que se sabe de él, a excepción de que fue un monje en el Monasterio de San Martín de Turieno; que algunos historiadores suponen que procedía de alguno de los principales centros de cultura visigóticos, como Toledo, Córdoba, Mérida o Sevilla, de donde se trajo su biblioteca; que combatió contra la herejía de Arrio; que escribió varias obras, aunque la más conocida sea su Commentarium in Apocalypsin, y que, al final de sus días, se retiró al Monasterio de Valcavado, en Palencia, donde sería nombrado abad, hecho éste no compartido por todos los historiadores.


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El Commentarium in Apocalypsin o Comentario al Apocalipsis de San Juan, es la obra más conocida atribuida a Beato de Liébana y también, curiosamente, la que, en opinión de algunos historiadores, contendría cierta erudición, aunque sin excesiva originalidad, realizada en base a compilaciones. Si por falta de originalidad entendemos la copia, más o menos literal, del Apocalipsis de San Juan, sí deberemos detenernos, aunque sea de manera breve, en la visión artística y personal con la que Beato ilustró un tema tan subjetivo, visionario y de difícil comprensión, como es el aportado por el Evangelista.
Siguiendo el razonamiento subyacente a esta visión artística, podemos comentar, en un principio, la riqueza simbólica que subyace en unas láminas cuyo colorido llama poderosamente la atención. Son los matices de esa pintura románica tan característica, que a cada color -quizás siguiendo unos patrones similares a los de los iconos bizantinos- dotaba a las escenas de unos significados concretos y predeterminados, que ya contenían un mensaje subliminal en sí mismos.

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domingo, 13 de septiembre de 2009

Ermita visigoda de Santa María de Melque


Si hay un monumento contempóraneo de ese periodo histórico que marcó el fin del reinado visigodo y la invasión árabe de la Península es, sin duda, este extraordinario complejo monástico de Santa María de Melque. Emplazado a 30 kilómetros escasos de Toledo capital, dentro de los límites del término municipal conocido como San Martín de Montalbán, tanto la iglesia como los restos circundantes, ofrecen un apasionante testimonio de la importancia que realmente tuvo, dentro de este confuso periodo al que nos estamos refiriendo, y en el que encontramos un buen ejemplo de monasterio altomedieval.
Muchos historiadores consideran, basándose en la bula de 1181, promulgada por el Papa Alejandro III, que Santa María de Melque constituyó, posteriormente a la conquista del reino de Toledo, uno de los cinco principales conventos que la Orden del Temple tuvo en Castilla y León. Concretamente, aquél referido en la mencionada bula como Santa María de Montalbán. Y otros muchos investigadores son, también, los que opinan que fueron precisamente los templarios, quienes instauraron -o reinstauraron- el culto mariano a Santa María de Melque, una virgen negra, con evidentes connotaciones milagreras.
A juzgar por los abundantes restos encontrados, resulta lícito suponer que el complejo monástico de Santa María de Melque, tuvo una cierta relevancia en la época.
Declarado Monumento Histórico en 1931, la historia de estas ruinas -afortunadamente restauradas y recuperadas en gran parte, al menos en lo que a la iglesia se refiere- no es muy diferente a la de otros monasterios, como puede ser, por poner un ejemplo, el de San Juan de Duero, en Soria. Ambos sufrieron el injusto martirio del abandono, y ambos se utilizaron como corrales para el ganado, cuando no como cantera aprovechable de donde obtener la piedra para las casas y cercados de los pueblos colindantes. Es un mal endémico referido al entorno rural y a las piedras viejas.
Dentro de los antecedentes que rodean el entorno, se tiene la certeza de que el complejo monástico de Santa María de Melque se levanta sobre un montículo que en tiempos constituyó una quinta romana. Hay historiadores, así mismo, que suponen que hubo una paralización en su construcción en tiempos de la invasión musulmana, y una posterior reanudación de obras, que explicarían, por ejemplo, los elementos mozárabes que se pueden apreciar en su estructura, como pueden ser los arcos centrales de herradura, así como los arcos de las ventanas.
Este tema resulta interesante, porque no son pocos los que opinan -de cualquier manera, hipotéticamente hablando, por supuesto- que fueron posteriormente los templarios quienes convirtieron la iglesia en torre defensiva, transformándola en algo similar a la turris romana.
Por otra parte, entre los restos del complejo que han salido a la luz, caben destacar las tumbas antropomorfas localizadas al Este, así como también indicios de barbacanas, que contribuyen a suponer una función militar además de litúrgica, y que corresponderían, muy posiblemente, al periodo de ocupación templaria.

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