viernes, 11 de septiembre de 2009

San Pedro de Tejada


'Con frecuencia los monasterios se rodean de antiguas leyendas que dan a sus muros un aire casi mágico...' (1)
Monasterio, inicios, misterio, leyenda...palabras que, lejos de parecer una fácil y gratuita aportación, a veces sustituyen a unos génesis posiblemente diluidos en esas lagunas que caracterizan las carencias de una disciplina que, lejos de ser exacta, y por lo tanto, con multitud de carencias, convenimos en denominar como Historia. La iglesia que actualmente sobrevive a aquéllo que en el mencionado génesis constituye lo que queda del monasterio de San Pedro de Tejada no es, ni de lejos, diferente en cuanto al contexto, al génesis de otros monasterios. Si de leyendas hablamos, resulta difícil no encontrar un monasterio que carezca de ellas, en relación a unos orígenes lejanos y tremendamente inciertos, cuando no misteriosos.
En algunos, como puede ser el caso del monasterio de Veruela, situado a la vera del Moncayo -y nunca mejor dicho, porque precisamente así se denomina el municipio aragonés en el que se ubica- o en la también aragonesa basílica del Pilar, o incluso en la segoviana población de Santa María la Real de Nieva, estos comienzos, en esencia, hay que situarlos en la categoría de 'divinos', como consecuencia de una aparición y un posterior deseo mariano de constituir en ese preciso sitio un lugar de culto y devoción, que habría de perpetuarse a lo largo de los siglos.
En el monasterio de Santa María de Huerta, no es extraño comprobar, en las publicaciones puestas a la venta que refieren la historia del monasterio, mencionando, de paso, a los hermanos fundadores -Roberto de Molesme, Alberico y Esteban Harding- una desesperanza y unos sueños premonitorios en los que el espíritu de un monje muerto se apareció al primero, aventurándole un próspero devenir, que en cierto modo se cumplió, al menos hasta la célebre Desamortización de Mendizábal.
Tampoco cuesta mucho entender que tan misteriosos antecedentes, actuaran como revulsivo para la fértil imaginación de más de un escritor, a la hora de situar cuentos, historias y leyendas asociadas a lugares de estas características. Tal es el caso, por ejemplo, de Gustavo Adolfo Bécquer y su conocida leyenda El Monte de las Ánimas, que tiene como trasfondo, el histórico monasterio soriano de San Juan de Duero o, sin ir más lejos, esa magnífica recopilación de curiosidades, sensaciones y leyendas anexas a Aragón, y en concreto, al Moncayo, que escribió en Veruela bajo el sugerente título de Cartas desde mi celda.
Situar, pues, el contexto histórico de San Pedro de Tejada, hace inevitable referirse, si no al lugar, sí a la zona geográfica en la que se ubica: las Merindades burgalesas.
Aparte de su espectacular románico -téngase en cuenta iglesias merecedoras de dicho calificativo, como San Lorenzo de Vallejo o Santa María de Siones, por poner un ejemplo- si algo destaca de esta zona situada al norte de la provincia y lindante con Cantabria y el País Vasco, es que muchos apasionados del mito y la leyenda, la identifican como el lugar donde se ocultaría, en realidad, el Santo Grial.
En principio, y en contra de lo que supone mucha gente con lugares como San Pantaleón de Losa, no se conocen referencias que conecten a éste con San Pedro de Tejada. Pero sí hay constancia de una terrible historia, que cuenta el fatal destino de los primeros monjes que lo habitaron: una comunidad de monjes negros o cluniacenses -llamados así, para diferenciarlos del hábito blanco de los monjes del Císter- procedentes de la Borgoña francesa.
Refieren que por aquél entonces -en cuanto a la fecha de fundación del monasterio, existen ciertas discordancias entre los historiadores, barajándose fechas que oscilan entre los años 820 y 850 después de Cristo- la peste asoló la región, muriendo todos los monjes, con el morbo añadido de que el último de ellos incluso llegó a cavarse su propia tumba.


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(1): Esther López Sobrado/Pedro Mª Díaz Pedrosa: 'San Pedro de Tejada', Proyecto Aldaba, 2ª impresión, 2004

jueves, 10 de septiembre de 2009

El Vigo y la iglesia de San Pedro Apóstol

Como decía Mari Trini, que en paz descanse, en éste, uno de sus clásicos, las verdades son sólo palabras que puedes creer o no. Pero creo que se quedó escasa a la hora de limitar el tema de la creencia y la verdad, tan sólo a las palabras. He aquí un buen ejemplo, a mi juicio, de lo que digo: el cantero que labró ésta curiosa, extraordinaria portada, ¿lo hizo basándose en un cuento que le contaron?. ¿Quizás lo leyó?. ¿O tal vez -suponer por suponer- lo interpretó de una manera tan liberal, que sabía que levantaría suspicacias en todo aquél que la viese?. Si ya de por sí es sobrehumano cargar sobre las espaldas un madero de estas características, imaginémonos, por un momento, lo que sería hacerlo de la manera en que lo hace Cristo en la presente portada.
Por si a alguien le quedaba alguna duda, he aquí otro crucigrama románico en el que, aparentemente diciendo lo justo, el genio cantero que lo labró nos está induciendo a hablar de más. Y si ya de por sí el Románico es un Arte que se presta a multitud de habladurías, a multitud de interpretaciones, pues el que quiera, que venga a El Vigo, indague y luego nos lo cuente.
Claro, se me olvidaba. El Vigo es un pequeño, encantador pueblecito perteneciente a la Merindad del Valle de Mena, situado a escasa distancia de otros dos pueblecitos que, a diferencia de esta iglesia de San Pedro, aún conservan, casi intacto, lo que podríamos considerar como el mejor románico de la comarca: sus iglesias de San Lorenzo de Vallejo y Santa María de Siones.


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miércoles, 9 de septiembre de 2009

La Cerca: iglesia de Nª Sª de la Asunción


La Cerca, un pueblecito merindés, asaltado por las canas de la Historia; ruinoso en buena parte de su legado patrimonial; de vecinos temerosos de Dios, aunque conservadores de la siesta tradicional, que consienten -es de suponer que de sobra acostumbrados y porque no tienen más remedio- el cortejo nupcial de unos trovadores asentados a perpetuidad en los campos sedientos de Castilla: las cigarras.
Suele ocurrir, aunque pese decirlo, que pueblos que fueron grandes en el pasado, adolezcan de tristeza y olvido en el presente, sujetos a ese karma, imprevisible y lotero, que constituye siempre el futuro.
Seguramente, estos detalles carecieran de importancia en esa lejana, crucial Edad Media en que este pueblecito era el punto de partida para el fuenteovejuna particular de dos poderosas familias feudales enfrentadas: los Salazar y los Velasco. De aquí partieron las huestes de los primeros, para encontrarse con las huestes de los segundos, y hacer un fratricidio que la posteridad recuerda con el nombre de batalla de Villatomil.
También aquí llegaban -si hemos de fiarnos de las señales que aún no han sucumbido, como la mayor parte del románico original de su iglesia- los peregrinos que, seguramente procedentes de los puertos del Cantábrico, consideraban hacer etapa en su sueño jacobeo y presentar sus respetos a la Asunción, sin olvidar, desde luego, a San Miguel y a un asaetado San Sebastián.


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