sábado, 29 de agosto de 2009

Escaño: Iglesia de San Salvador


Apenas un kilómetro y medio más allá de Escanduso, y todavía no recuperados del magnífico espectáculo de la diminuta iglesia románica de San Andrés, otro pueblecito, Escaño, nos aguarda, no sólo para alegrarnos la vista con la contemplación del templo considerado como el más antiguo de ésta parte de las Merindades -San Salvador- sino, también, para darnos otra muestra de la hospitalidad y la extroversión de sus gentes.


Posiblemente antes de llegar nosotros, Mariano estaba aplaciblemente dedicado a sus labores cotidianas, allá, en el huerto de su casa, situado a escasos metros de la orilla del río Nela. Como antaño la caballería mora, el tropel de románticos apasionados del románico que formamos, pronto hace que todas las miradas se centren en nosotros.

Al contrario que en Escanduso, en Escaño sí encontramos mozos de longeva edad, que abandonan temprano el calor del hogar para pasear por las calles de un pueblo cuyo corazón se encuentra partido en dos, atravesado por la carretera que continúa, sin menosprecio de otros pueblos y lugares de interés, hacia Puentedey y Ojo Guareña.
Es sobre un montículo que se eleva al pie mismo de la carretera, y de hecho, lo que primero atrae la mirada del viandante que venga en una u otra dirección, donde se levanta la mole fortificada de este antiquisimo templo, algunas de cuyas características, llaman poderosamente la atención.
En términos proporcionales, nos encontramos en ésta iglesia de San Salvador de Escaño, una historia moderna similar a a del pequeño templo románico de San Andrés, en Escanduso, que dice mucho del apego y devoción de estas gentes: el amor de unos vecinos preocupados por su patrimonio y la desidia generalizada e incomprensible de unas autoridades competentes, que en cuestión de respeto, restauración y conservación de monumentos, deja, desde luego, mucho que desear.
Sin duda necesitada de una reforma mucho más estructurada y técnica, es una verdadera pena cómo, aún con la mejor de las intenciones -detalle digno de alabanza, que nadie me mal interprete- las obras realizadas por los vecinos han traído, como consecuencia constatable, el cambio de lugar de buen número de elementos decorativos originales, incluída la piedra con la inscripcón fundacional o aquél otro capitel de un ventanal, convertido en la actualidad en base de sustento de una pequeña pila de agua bendita.



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miércoles, 26 de agosto de 2009

Escanduso, iglesia de San Andrés: posiblemente la iglesia románica más pequeña del mundo

No yerra, en absoluto, Mariano Cano Gordo cuando, en su libro Rutas para descubrir las Merindades de Burgos, afirma rotundamente que casi engullida por la carretera, se encuentra la minúscula iglesia de San Andrés, uno de los templos románicos más pequeños del mundo. Y es que, si hemos de creer lo que ven nuestros ojos cuando apenas dejamos atrás las contadas casas de un lugar que apenas cuenta con un habitante declarado, llegaremos a la conclusión de que allí, detrás de la siguiente curva, hace siglos que unos desconocidos maestros, olvidados para siempre en esos rincones ingratos de la Historia, dejaron en evidencia para la posteridad que Arte y Dimensión no tienen por qué ser, necesariamente, superlativos. Y que un templo, por pequeño que sea, puede ser tan agradable e importante para los ojos de los hombres, como para loor y honor de Dios que, dicho sea de paso, para eso fue creado.

Quien pase por Escanduso, situado a unos doce ó trece kilómetros de Medina de Pomar, deberá hacerlo con la idea en mente de que no encontrará un bar donde parar y tomarse un café; tampoco encontrará doncellas de níveo cabello recogido en un moño por detrás de una frente surcada de arrugas que el tiempo ha ido esculpiendo con su duro e ingrato cincel, como el escultor inflexible que es; ni tampoco verá mozos de edad indefinida paseando lentamente por una plaza inexistente, buscando un rayo de sol. Es posible, incluso, que aún siendo verano, le cueste ver ese sol -detalle que seguramente agradecerá en su excursión- y que incluso una neblina, persistente y en algunos lugares más espesa de la normal, le robe el placer de una visión completa del valle y los montes que lo rodean.
Pero si no se deja llevar por la prisa y se considera capaz de olvidar por unos instantes sus ínfulas de personaje de ciudad, acercándose con humildad a esa casa donde un huerto mimado augura generosos frutos y las gallinas picotean por el suelo, celosamente custodiadas por el gallo, comprobará, no me cabe duda, una de las características del lugar: la hospitalidad.
Lejos de ser anónima, en este caso concreto, me enorgullece decir que tiene nombre y apellidos: Jesús González Castilla. Con Jesús, se podría aplicar una descripción típicamente machadiana, referente a un caballero andaluz de arte y figura hasta la sepultura. Pero lejos de ese don Guido que habréis imaginado, de Jesús, tal y como nos contó, se podría escribir parte de una copla similar, y aún así, apenas le haría justicia, porque, a diferencia del caballerete andaluz, de joven Jesús fue camionero, y de jubilado, maestro cantero y afable conversador.

Que nadie se sorprenda. He escrito bien los adjetivos que, a mi juicio –quienes han vivido esta aventura, dirán si aún lo conservo o hace tiempo que lo perdí- describen a este hombre, sencillo y campechano como pocos: camionero, jubilado, maestro cantero, afable y conversador.
Porque nadie como él, para mostrar y revelar algunos de los secretos –al menos los recientes, que tenerlos, tiene- de éste peculiar templo, que tendría que estar, cuando menos en maqueta, en vídeo o en fotografías, en esas celebradas Edades del Hombre que, en la actualidad, se celebran en una ciudad a la que tengo un apego muy especial: Soria.
Hay que agradecer a Jesús González Castilla, a Manuel Fernández y a otros cuatro vecinos del pueblo, todos jubilados, pero orgullosos de su tierra y preocupados por su patrimonio, el que todo amante del románico, del Arte y de la belleza en general, haga un alto en su camino para contemplar, y sobre todo, disfrutar de esta pequeña maravilla.

Fueron el tesón, cuando no la devoción, y quizás una ligera pero bendita terquedad, los detonantes que consiguieron que estos seis jubilados cambiaran los azadones por el escoplo y el cincel, y poniéndose manos a la obra, lograran revertir el estado de ruina de ésta iglesia de San Andrés, por el saludable aspecto que presenta hoy en día.

En sus muros, en las tejas de su diminuto ábside, en los contrafuertes, en las baldosas de la nave, en sus bancos, en el altar, aparte de esa esencia divina que mora en todo templo, permanece, también, la esencia y el sudor de unos hombres justos y nobles que, a falta de ayudas oficiales, pero sobrados de redaños, han hecho un trabajo tan decente e inmaculado, que seguramente ningún restaurador hubiera podido mejorar.

Cierto que el Diario de Burgos les dedicó una página, bajo el titular Al fin terminó la obra. Pero no he visto a ningún verdadero amante del románico dejar por un momento sus indagaciones, para agradecer, semejante hazaña.
Por eso, no quiero dejar la oportunidad que el presente blog me brinda, para decir, de manera simple pero corazón: gracias. ¡Muchas gracias!.

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